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Crítica: Los perros (2017), de Marcela Said

Los perros (Chile / Francia / Argentina / Alemania /Portugal – 2017)

Guión y dirección: Marcela Said / Fotografía: Georges Lechaptois / Edición: Jean de Certeau / Sonido: Leandro de Loredo / Dirección de arte: Zimon Briceno / Intérpretes: Antonia Zegers, Alfredo Castro, Alfredo Sieveking, Elvis Fuentes, Rafael Spregelburd, Juana Viale / Duración: 100 minutos.

Una máscara atroz en primer plano es la primera imagen del filme. Una sesión de fotos se desarrolla en la escena… “Este país está lleno de monstruos”, es una frase que escucharemos mucho después de este instante y cobrará por eso varios sentidos. Los monstruos imaginarios, los reales.

Mariana (Antonia Zergers) es una mujer (niña) hija de ricos, caprichosa y consentida, casada con un empresario Argentino, Pedro (Rafael Spregelbud) con quien tiene un vinculo mediocre y apático.

La rutina de Mariana es vivir en el tedio y la monotonía, pero entre sus “pocas” actividades toma clases de equitación su nuevo hobbie favorito. Entre sus berretines no están solo los caballos, sino su profesor de equitación “El Coronel” con quien va entablando una relación más cercana en cada encuentro. Aunque se entera de que este hombre ha estado involucrado en las desapariciones de la dictadura Pinochetista, para Mariana eso no es algo “ajeno” a su vida.

La relación con su padre, Francisco, es otro eje vincular central dentro de la trama que se revelará en el filme, junto con Pedro marcan los roles de poder masculino hegemónicos, ubicándose ella en el lugar de la descalificación y la improductividad absoluta, típico de ciertos modelos sociales. Francisco, el gran hombre poderoso, es otra figura clave en ese pasado oscuro de la historia chilena, algo que tal vez Mariana se niega a aceptar. Ese monstruo que puede ser tu propio padre…

Los diálogos que ponen a la luz los estereotípicos cuestionamientos éticos de una clase alta hipócrita son un rasgo distintivo dentro este universo narrativo. La mentira, y el ocultamiento de la historia de vida de ciertos personajes crean una telaraña que esconde la verdadera relación de cada uno con aquellos tiempos ahora innombrables de dictadura. “Ahora, hay que hacerse los demócratas, antes era otra historia…”

Mariana lleva adelante junto con Pedro un tratamiento de fertilidad, y es interesante ver como el doble discurso del deseo maternal (más bien el deber social de ser madre) se contrapone a infinitas indicaciones clínicas que ella desoye de manera indiferente, dejando a la vista otra cara de la falsa moneda. Hacer que quiere ser madre… es lo que corresponde. Pero ¿cuánto puede sostenerse otro engaño?

La relación del Coronel y Mariana es la de dos sujetos casi idénticos, que se miran como quien observa a un espejo y del otro lado, cuando ves al otro solamente te ves vos. Los une a la vez algo servil y tortuoso, con acciones fallidas como son sus almas, perdidas.

Algo que parece menor es que Mariana es fanática de la música romántica más melosa y le da eso un toque singular a esta mujer que genera muy poca empatía como personaje, no por su fallida construcción sino por los filosos y oscuros lados que la componen.

Este es el segundo largometraje de ficción de la directora chilena Marcela Said, donde vuelve  a temas ya abordados desde otros ángulos en algunos de sus documentales (I love Pinochet), esta vez la apuesta se focaliza en la negación como poder absoluto, más grande que cualquiera de todas las atrocidades del mundo.

La película es de tiempos pausados y escenas incómodas, personajes de difícil potencia empática pero de inquietante complejidad. La cámara y la puesta en  escena fluyen de manera silenciosa, omnisciente, no haciendo señales distintivas de una mirada explícita.

Este es un filme de esos que se atreve a volver una vez más sobre un tema revisitado, atina a buscar otros conectores hacia esa historia cruenta aún latente. Y más que dar nuevas respuestas intenta generar alguna nueva reflexión.

Por Victoria Leven
@victorialeven

70%
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