Crítica: Los ausentes (2016), de Luciana Piantanida

Los ausentes (Argentina – 2016)

Guión y dirección: Luciana Piantanida / Fotografía: Federico Lastra / Música: Gustavo Yomha / Edición: Ezequiel Santiso / Sonido: Abel Tortorelli / Intérpretes: Jimena Anganuzzi, Agustín Rittano, Alberto Suárez, Jorge Prado, Claudia Cantero, Elvira Onetto / Duración: 96 minutos.

AUSENCIA SUSPENDIDA

Un hombre visto de espaldas corre apoyándose más sobre uno de sus lados, otro se aprieta la venda del brazo izquierdo mientras se mantiene alerta a los ruidos externos y una chica fuma lejos de su casa, en un camino de tierra. Los tres personajes están sumidos en la oscuridad conformada por tonos amarillos, anaranjados y marrones, se perciben en espacios sin rasgos distintivos y por recortes; una lógica que se sostiene a lo largo de Los ausentes.

Pero este es sólo uno de los lazos que la directora Luciana Piantanida utiliza en su ópera prima para vincular a los personajes. En realidad, dicha elección responde a un nexo mayor que es la pérdida, el vacío, el abandono y el silencio combinados con un marcado trabajo de la detención temporal y de lo oculto. De esta forma, prevalece el uso de esa gama de colores en oposición a los escasos empleos de la luz, como una manera más de intervenir el estado ausente, como una suerte de sueño/pesadilla frente al insomnio.

Sumado a esto, el trabajo fragmentario de los personajes acentúa más la alienación, en un juego con la idea del espía y lo escondido. Los tres aparecen en múltiples escenas delimitados por la luz, por rendijas y se desenvuelven en lugares “secretos”, como la pequeña casa abandonada, los pasajes para llegar a la iglesia o las escaleras así como sitios comunes, que no pueden identificarse por su singularidad.

A su vez, esta concepción se completa con la repetición de la apertura de ventanas y puertas ya sea porque alguien lo hace o por la misma acción del viento, una mezcla entre aquello que se debe mantener alejado y lo fantasmagórico.

Si bien prima lo no dicho, la enajenación y el detenimiento temporal, por momentos ese despliegue se torna adverso: produce agotamiento, saturación, desaliento y un gran nivel de incertidumbre, como el espía que ya no puede distinguir con claridad aquello que observa.

La llegada del carnaval como situación catalizadora restablece un poco a los personajes (y al espectador) del trance pero aún mantiene su lógica nebulosa, como el hombre que busca desesperado entre la muchedumbre el motor de su deseo. La pesadilla da una pequeña tregua para volverse más poderosa.

Por Brenda Caletti
@117brenn

 

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