Crítica: Llámame por tu nombre (2017), de Luca Guadagnino

Llámame por tu nombre / Call Me by Your Name (Estados Unidos / Italia / Francia / Brasil – 2017)

Dirección: Luca Guadagnino / Guion: James Ivory, basado en la novela homónima de André Aciman / Producción: Emilie Georges, Luca Guadagnino, James Ivory, Marco Morabito, Howard Rosenman, Peter Spears, Rodrigo Teixeira / Fotografía:
Sayombhu Mukdeeprom / Montaje: Walter Fasano / Intérpretes: Armie Hammer, Timothée Chalamet, Michael Stuhlbarg / Duración: 132 minutos.

Verano de 1983, en algún lugar del norte de Italia. Decir esto o el paraíso es más o menos lo mismo. Un profesor arqueólogo vive con su mujer y su hijo de diecisiete años unas vacaciones que simulan atemporalidad. Son franceses y residen allí, entre libros, música y piezas de arte. Parece el hogar perfecto, una consumación del placer intelectual en medio de la naturaleza ideal. Elio se llama el chico y su rutina se ve afectada con la llegada de Oliver, un investigador inglés invitado por los padres. El arribo del extranjero despierta la tensión erótica que, en principio, parece afectar a más de uno. Su  presencia corporal materializa las sucesivas figuras humanas antiguas que desfilan en los créditos iniciales y despierta el deseo. No es una llegada perturbadora como la de Teorema de Pasolini, pero sí suficiente para trabajar la tensión homoerótica sostenida a partir de gestos, caricias y otros acercamientos fetichistas. La progresión en la relación de Elio y Oliver es mostrada desde una exquisitez capaz de no alterar las buenas conciencias en el seno de la industria, y mucho ha tenido que ver seguramente el guión de James Ivory, siempre propenso al cine de calidad. En todo este tramo de búsquedas torpes y desesperadas, el joven Elio es el enamorado que espera algún signo revelador, el que indaga su identidad y la pone a prueba, y quien se percata de una las verdades humanas más crueles: se puede saber de todo intelectualmente hablando, hasta ser un artista, pero ello no implica saber algo siquiera acerca del amor. Este síntoma lo carcome por dentro: él sabe, nos dice, pero no sobre lo que verdaderamente importa. De allí su tormento frente al deseo que siente ante Oliver, una figura que de manera similar a las imágenes humanas griegas que analiza con el profesor, se presenta en ese pueblo edénico como si retara a sus habitantes a desearlo.

El deseo mueve montañas y el estado adánico de Elio se despierta. El acto sexual llega y la película acierta en el camino escogido. Primero, porque no se encierra en explotar la expectativa del culebrón en torno a si el secreto de la pareja es descubierto por los padres. Todo lo contrario: a una naturaleza ideal, le suma unos padres ideales, comprensivos, sensibles e inteligentes ¿Importa si esto es verosímil? No. Importa no caer, en todo caso, en la pacatería de la telenovela barata. Segundo, porque todo el segmento final se concentra en el vínculo de los dos, en sus pactos secretos (de allí el título) y de la inexorable cercanía del fin de la relación. En este tramo de la película los bordes se difuminan, las referencias enciclopédicas y artísticas se borran para concentrarse en la luminosa vitalidad del goce que, como se sabe, es totalmente efímero. Es, también, la hora de explorar el paraíso, de jugar, de bailar y disfrutar del acercamiento corporal, rituales acompañados por la fotografía de Sayombhu Mukdeeprom, colaborador ocasional de Apichatpong Weerasethakul. La espera valió la pena. Luego, lo que resta es el regreso al orden de lo real, reforzado en el extenso plano final con el rostro de Elio, entre el llanto y la risa sardónica mientras suenan los acordes de una canción de Sufjan Stevens.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

70%
  • Nuestro Puntaje
Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail