Crítica: La quietud (2018), de Pablo Trapero

La quietud (Argentina / Francia – 2018)

Dirección: Pablo Trapero / Guion: Pablo Trapero, colaboración de Alberto Rojas Apel / Producción: Axel Kuschevatzky, Pablo Trapero / Montaje: Alejandro Brodersohn, Pablo Trapero / Intérpretes: Martina Gusman, Bérénice Bejo, Edgar Ramírez, Joaquín Furriel, Graciela Borges, Isidoro Tolcachir / Duración: 117 minutos.

PLENITUD FEMENINA

Como si se tratara de una silueta vislumbrada en un espejo empañado tras una ducha caliente, la primera imagen de la película emerge etérea, ligera y sutil. De a poco lo difuso cobra nitidez y revela a Mía al volante bañada por los rayos dorados, amarillos y naranjas del atardecer. La cámara, antes imperceptible, se transforma en la mirada de la mujer contemplando el campo inabarcable, los árboles, los caballos y los reflejos del sol sobre el lago acompañados por una melodía francesa cargada de erotismo. El cuadro se abre descubriendo la mansión alargada roja y blanca: majestuosa, imponente y guardiana de numerosos secretos. Una vez más, la lente se adueña de la pantalla con un marcado zigzag por los pasillos de la casa colmados de objetos de valor hasta que ésta se detiene delante de la puerta cerrada, donde los gritos de los dueños disipan el clima de ensueño. Después de tanto sopor, parece que la estancia comienza a despertarse.

Si bien difieren las construcciones narrativas, las búsquedas estéticas y hasta los momentos temporales, La quietud y Desearás al hombre de tu hermana concuerdan en el tratamiento de tres cuestiones. La más notoria tiene que ver con el retrato de un universo puramente femenino gobernado por una madre manipuladora y vigorosa que demuestra con claridad la preferencia por una de las hijas; incluso, los filmes coinciden en que sea aquella que no vive en el país y viaja por una circunstancia específica, y dos hermanas cuyo vínculo encuentra un momento de tensión en mayor o menor grado que afecta al resto de los personajes. Para el desarrollo de las personalidades del tridente y de su empoderamiento se vuelven vitales los roles secundarios masculinos ya sean las parejas de las jóvenes o novios y amigos familiares así como también los padres que no aparecen en escena o lo hacen por poco tiempo.

En segundo lugar, el protagonismo de caserones soberbios y casi irreales con numerosas habitaciones y espacios significativos –la piscina en uno y los cuartos de las hermanas o padres en el otro–, el contacto con el terreno, los caballos, la naturaleza y un acopio de muebles y objetos de valor. Es decir, un mundo alejado del movimiento urbano pero que explota la abundancia económica, la posición social, la exhuberancia y hasta la excentricidad. Como bien remarcó Pablo Trapero en la conferencia de prensa se tiende a la idea de exilio plasmada en las dos huidas familiares a París y en los videos caseros que refuerzan aquellos buenos viejos tiempos como en personajes que no se sabe de dónde son –Vicent o el acento de Eugenia–, en la ubicación incierta de la estancia aunque no muy lejos de la ciudad y el aeropuerto, en los trabajadores del campo que casi no se ven realizando sus tareas y, por sobre todo, en la manera silenciosa de habitar el lugar, como si cada uno le pidiera permiso a los elementos, rincones y secretos para pertenecer.

Por último, en la preponderancia de la sexualidad como rasgo distintivo familiar. En este punto, los filmes son disimiles. Mientras que Diego Kaplan trabaja tres posturas encarnadas en cada mujer como el goce sin tapujos, la autorepresión y el sexo como herramienta de domino femenino per se; la última obra de Trapero la adopta como algo natural y libre. De allí que Mía y Eugenia experimenten sin vergüenza el disfrute y los orgasmos por separado o en conjunto como un juego de niñas escondidas en el placard o ya de adultas en la misma cama seduciéndose con las fantasías de aquellos momentos dorados. La sensualidad del filme coquetea tanto con el parecido físico como con los intentos de simbiosis que ellas mismas generan gracias al tatuaje de los dos peces y la pulsera de plata en la mano derecho, la ropa –sobre todo en las remeras y bombachones que utilizan–, lo no dicho y el anhelo incesante de felicidad hacia la otra. Esta misma lógica se replica en la incondicionalidad del amor que cada padre siente por una de ellas y en el límite fino entre el cariño y el Edipo, por ejemplo.

La quietud, como bien indica el título, se construye desde esa silueta empañada que, poco a poco, alcanza claridad y rompe con aquello omitido, oculto, con el pasado, con los gritos del principio, la opulencia y esa forma de no habitar la estancia. El aparente sosiego se diluye gracias al ACV del dueño, el regreso de Eugenia, los recuerdos, las mentiras, los papeles, las investgaciones y ciertos personajes que saben más de lo que dicen. La fascinación por ese mundo cerrado y sin alteraciones se resignifica hacia el final dejando tras de él un pesado legado y el surgimiento de un nuevo amor incondicional con la misma melodía francesa. Algunos vicios parecen difíciles de cambiar.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

80%
  • Nuestro Puntaje
Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail