Crítica: Good Luck (2017), de Ben Russell

Buena suerte / Good Luck (Francia / Alemania – 2017)
MDQFEST32: Competencia Internacional

Dirección, guion: Ben Russell / Montaje: Ben Russell, Maja Tennstedt / Sonido: Jakov Munizaba / Producción: Janja Kralj, Guillaume Cailleau / Duración: 143 minutos

Luego de un hermoso epígrafe de Henri Michaux, Miserable Miracle, un plano fijo se concentra sobre un paisaje mientras suena una música de orquesta. Lo que creemos ver inmediatamente modifica la percepción a partir de un desplazamiento de cámara hacia atrás para asistir a una especie de procesión de músicos con instrumentos de viento y percusión. Inmediatamente, uno de ellos se planta y cuenta cómo ese lugar ha quedado en ruinas. Se trata de un prólogo que crea un marco e instala una lógica: la representación de la realidad elegida nunca seguirá los caminos convencionales. En todo caso, el realizador se integrará a la misma, sin perder pisada. Good Luck  se lee mientras transcurren los títulos sobre un blanco y negro seductor, y esa es la muletilla que utilizan los trabajadores cuando descienden al abismo en el que se desenvuelven.

Dentro de lo que podría denominarse como docuficción, la película de Russell traza a partir de una obsesiva y poderosa observación el mundo de los mineros en dos lugares alejados (Serbia y Surinam). Lejos de asumir un discurso meramente informativo, la preocupación es de índole formal, es decir, se trata de configurar una experiencia donde la cámara acompañe como un cuerpo más las sensaciones y los actos de este trabajo en dos contextos diferentes en cuanto a las condiciones de producción. Desde las primeras escenas se advierte una planificación (que a veces deviene en problema): al filmar la caminata de espaldas de dos hombres, otros se le suman a mitad de camino como obedeciendo las órdenes del director.  De todos modos, este primer tramo tiene una fuerza expresiva que se agiganta en pantalla y se transforma en una experiencia sensorial más que atendible siempre y cuando se participe de la atmósfera de encierro que construyen los planos cerrados y el desafío técnico de filmar en condiciones extremas.

Russell (como en sus anteriores filmes) es un caminante que sigue de cerca a los sujetos que retrata y que interpela. Al mismo tiempo, ofrece primeros planos intercalados a cámara, en blanco y negro, cuya duración manejarán ellos mismos. Hay que decir que el resultado general se resiente por una decisión poco entendible en cuanto a la estructura partida en dos segmentos muy desparejos. El primero seduce en sus aspectos visuales y sonoros. Los planos secuencia dentro de la mina arman un cuadro claustrofóbico potente y la cámara explora, se entromete, toma distancia. Hay pasajes en los que la edición apunta al género de terror, y en medio de la oscuridad reinante no queda otra que aguzar el oído. Ya en el segundo tramo pasamos a la claridad de una localidad de Surinam a una ilegal mina de oro, con un registro más convencional, en un tiempo que se percibe como real pero menos fascinante. El hilo que une a los dos ámbitos es el modo en que hombres enfrentan la adversidad laboral y de la naturaleza misma, sin embargo, surge una cuestión: ¿es una película sobre el trabajo o el trabajo sobre una forma posible de abordar una problemática real? En esa tensión se juega gran parte de la aceptación o del rechazo que pueda provocar Good Luck, a mitad de camino entre la pose formalista y el discurso testimonial. El parsimonioso transcurrir de las imágenes y la excesiva duración pueden espantar a unos cuantos.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

60%
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