Crítica: Estrella roja (2021), de Sofía Bordenave – MDQFF36

Estrella roja (Argentina – 2021)
Mar del Plata 2021: Competencia Argentina

Dirección y Guion: Sofía Bordenave / Producción: Manuel Rapoport, Eva Cáceres / Fotografía: Manuel Rapoport / Montaje: Martín Sappia / Sonido: Atilio Sánchez / Música original: Antú Honik, Camila Lorenzo / Intervienen: Katya Vidre, Karl Mars, Nikita Muruzin, Marija Brdanovic, Li Ermolina / Duración: 73 minutos.

Sofía Bordenave (La suave noche) realiza un ensayo documental, utilizando la técnica del collage, basándose en parte en la novela homónima de Aleksandr Bogdánov. Se vale además de los testimonios, a través de distintos narradores rusos, de Katya, Nikita y Karl, para introducirnos dentro de los vericuetos menos transitados de la ciudad de San Petersburgo, y de los entresijos menos visitados de la historia rusa para mostrarnos los restos y fragmentos, es decir, eso que quedó de aquella Rusia fosilizada luego de cumplidos los cien años de la revolución.

El futuro ya llegó…

Katya, una mujer de edad avanzada, será la narradora que nos introducirá en el primer relato de la revolución rusa. Katya, frente a cámara, en el Campo de Marte, donde se encuentran sepultados los restos de los caídos durante la Revolución de Febrero, asegura que fueron las obreras que trabajaban en los talleres textiles las primeras en declararse en huelga y en empezar el levantamiento de febrero. Recordemos que la huelga había sido declarada para reclamar el fin de la guerra, del régimen zarista y del hambre, y poner fin a las jornadas de 13 horas. Katya enfatiza que fue ese levantamiento el que tuvo más peso durante el proceso revolucionario. Ya que la revolución de octubre es consecuencia del levantamiento de febrero. El relato será retomado como una posta por dos adolescentes, Nikita y Karl, que con cámara en mano recorrerán aquella zona fantasma de Rusia, dentro de la ciudad de San Petersburgo, llamada Leningrado durante el período soviético, y Petrogrado en la época zarista, cuyos edificios se encuentran deshabitados. Se llaman a sí mismos roofers, es decir, merodeadores de cúpulas y techos. Al modo de arqueólogos harán un relevamiento de aquellos edificios que alguna vez pertenecieron a la nobleza y que luego de la revolución pasaron a ser ocupados por el pueblo. Rescatan piezas arqueológicas, tales como material propagandístico de aquella época, posters y panfletos, así como también objetos perdidos, y material gráfico, dibujos y revistas.

Todo lo sólido se desvanece en el aire…

León Trotsky en sus escritos sobre literatura y arte revolucionario dijo que “había más ciencia verdadera en el Manifiesto del Partido Comunista que en bibliotecas enteras sobre la filosofía de la historia”. Quizás, estuviera aludiendo no precisamente a la comunidad científica de entonces, sino en particular al movimiento tan popular en aquellos años llamado cosmismo, al que calificaba de romanticismo soso. Y en parte es este cosmismo al que pertenecía Bogdánov, el que dio origen a la novela de ciencia ficción en donde pone de manifiesto ciertas ideas utópicas como los viajes a otros planetas, entre ellos, Marte, al que refiere la estrella roja del título de la novela, y a preconizar la revolución socialista en el mismo planeta. Pero Bogdánov va incluso más lejos,  y abraza la idea de inmortalidad o resurrección de los muertos, además de la de rejuvenecimiento a través de ciertas prácticas médicas como la transfusión de sangre, en las que el mismo Bogdánov participaba al estar al frente del Instituto de Hematología y Transfusiones, y que le provocarían finalmente la muerte. No todos eran delirios utópicos o más bien, distópicos, ya que algunas de esas ideas prosperaron, pensemos en la carrera espacial, y en los viajes intergalácticos, en la que Rusia siempre le llevó la delantera a los Estados Unidos, aunque estos últimos se hayan empeñado durante años en hacernos creer lo contrario.

El mismo Trotsky justificaba su animosidad ante los cosmistas aludiendo a la huida que proponían de los problemas terrestres, por cierto, graves, para refugiarse en las esferas interestelares, y sobre todo, en algo que despreciaba, el misticismo. ¿Y la tierra? No es que Trotsky renegara del estudio de la astronomía y la cosmogonía, pero lo que priorizaba era el interés por la historia de la humanidad que es lo que hay que conocer en primer lugar antes de saltar al más allá…

Soviets a Marte

Si tenemos en cuenta que Bogdánov, entre sus múltiples facetas, fue el creador de lo que dio en llamarse la Proletkult, esa organización de la cultura proletaria de la que formaron parte nada menos que Sergei Eisenstein, Máximo Gorki, y Anatoli Lunacharsky, no es para tomarlo a la ligera, y mucho menos cuando después de tantas idas y vueltas, Lenin termina expulsándolo del movimiento en 1909, una vez que Bogdánov se encontraba exilado en París.

Si bien el documental resulta interesante, entre otras cosas, porque no se propone una reconstrucción histórica, es poco riguroso con los hechos y demasiado poético para serlo, pone al descubierto la falta de interés por los mismos rusos, en este caso, por sus autoridades, en la conmemoración del centenario de la revolución, que según lo que muestra la directora ha pasado “con más pena que gloria” en el 2017 y nada menos que rememorada en “museos”. Por eso, el hecho de que el filme ponga al descubierto o se demore en mostrarnos esos fragmentos o restos de lo que fue y lo que quedó de aquella cultura revolucionaria resulta iluminador. Como si ese rescate de ruinas que llevan a cabo los jóvenes, Nikita y Karl, fuera todo lo que quedara a la vista de lo que ha dejado la revolución. (Humorada aparte, su mamá le puso Karl porque Karl se apellidaba Mars, como se dice Marte en inglés, y desde niño tenía que aclarar que le faltaba la K, porque en alfabeto cirílico Marx se escribe «Маркс», con ka).

Resulta revelador que tanto Karl como Nikita, que se ocupan de rescatar a los que viven en las calles, asistan a una anciana que apenas tiene la fuerza necesaria para levantarse de la cama. Como si esa escena de atmósfera lúgubre inmersa en melancolía, fuera apenas un atisbo, un destello que nos permite ver un fragmento de la historia ida, y recuperada en esa anciana que a duras penas puede ponerse de pie gracias a un joven, Karl, que la sostiene y la lleva del brazo y los dos se ponen a caminar, como si ese solo gesto remedara algo del espíritu perdido de aquello que no pudo ser, que se abortó antes de tiempo, justo antes de que pudiera asentarse y florecer…

Por Gabriela Mársico
@GabrielaMarsico

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