Crítica: Espíritu sagrado (2021), de Chema García Ibarra – MDQFF36

Espíritu sagrado (España / Francia / Turquía – 2021)
Locarno 2021: Competencia Internacional – Mención Especial
Mar del Plata 2021: Competencia Internacional

Dirección: Chema García Ibarra / Producción: Miguel Molina, Leire Apellaniz, Marina Perales Marhuenda, Xavier Rocher, Enes Erbay / Fotografía: Ion de Sosa / Montaje: Ana Pfaff / Sonido: Marianne Roussy, Laure Arto / Intérpretes: Nacho Fernández, Llum Arques, Rocío Ibáñez, Joanna Valverde / Duración: 97 minutos.

Cada cual pinta su aldea como quiere. García Ibarra se planta frente a su comunidad de Elche desde una distancia suficiente como para introducir una cuota de humor con recursos que no se fundan necesariamente en el gag. Hablamos de ironías, rupturas de expectativas y la suspensión de emociones dentro de una lógica de viñetas cuyo estatismo invita a compartir la fría mirada hacia los personajes, parte de un colectivo que incluye supersticiones, creencias en extraterrestres, prejuicios y algunas desgracias importantes.

Un hecho de carácter policial en torno a la desaparición de una niña corre paralelo a una logia dedicada a la ufología. Entre esos dos mundos está José Manuel, dueño de un bar y de un secreto. La exploración de ese universo matizado bajo la particular óptica del joven director puede parecer similar a ciertos gestos del cine de Aki Kaurismaki (en el mejor de los casos) o de algunas poses del indie americano, sobre todo en el modo en que iguala a todas las criaturas desde una posición que no siempre resulta efectiva y cómoda, acusando cierto dejo despectivo por ese mundo que se va oscureciendo a medida que avanza la película.

El registro bordea zonas que van desde la comedia absurda hasta la tragedia social, incluso con una impronta documental que se resiste a mover la cámara, porque es la frontalidad misma de cada plano la razón expresiva de un humor asordinado, además de los diálogos desopilantes de señoras espantadas “por la gente del Este que roba órganos” o de niñas que hablan de las “ventajas de ser minusválido”. El talento que el director mostró en sus cortometrajes precedentes se confirma en dos momentos magníficos, de una planificación visual que salen de lo convencional y adquieren fuerza cinematográfica. En uno de ellos, José Manuel y su sobrina vuelan en un parque de diversiones con una particular versión flamenca de Zombie de The Cranberries; en otro, un pato inflable se levanta mientras un grupo comando ingresa a un edificio. Esta última imagen sintetiza bien las intenciones de García Ibarra, siempre en esa cornisa donde se camina entre la tragedia y la comedia.

Sin embargo, da la sensación de que el mecanismo se torna reiterativo y esto atenta contra la propuesta general (a esta altura, una sumatoria de sketchs simpáticos).

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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