Crítica: El vicio de la esperanza (2018), de Edoardo De Angelis – Semana Del Cine Italiano

El vicio de la esperanza / Il vizio della speranza (Italia – 2018)

Dirección: Edoardo De Angelis / Guion: Umberto Contarello, Edoardo De Angelis / Producción: Edoardo De Angelis, Attilio De Razza, Pierpaolo Verga / Música: Enzo Avitabile / Fotografía: Ferran Paredes / Montaje: Chiara Griziotti / Intérpretes: Pina Turco, Massimiliano Rossi, Marina Confalone, Cristina Donadio, Marcello Romolo, Jane Bobkova, Demi Licata, Yvonne Zidiouemba / Duración: 95 minutos.

PULSIÓN PRIMIGENIA

¿Cuáles son los parámetros que rigen la maternidad? ¿Cuántas formas existen para ejercerla? ¿En dónde mayor legitimidad: en las personas gestantes o en quienes se encargan de la crianza? ¿Desempeña algún papel el instinto maternal? ¿Cómo influye el encuentro entre mujeres? ¿De qué manera actúa el deseo? Edoardo De Angelis se vale de estos disparadores para abordar sin juicios de valor el negocio de la adopción y una multiplicidad de perspectivas posibles en el vínculo entre hijas y madres como una niña con malformaciones en las piernas rechazada por los compradores, la jefa de la actividad que encarna a una suerte de Vito Corleone cargada de joyas, con bastón, un timbre de voz parecido, la misma forma de arrastrar las palabras y hasta con cierta semejanza en la parte inferior del rostro o la madre de la protagonista que se queda dormida dentro de la bañadera –se percibe que tuvo cáncer de mama– y es arropada por ella cada vez que regresa a la casa. Un despliegue que se mueve dentro de un universo puramente femenino –hasta la pitbull es hembra– con la excepción de Carlo Pengue, un hombre solitario que se encargaba de una calesita y les sacaba fotos a los chicos dentro de ella y en el marco de un pueblo anestesiado en ilusiones, sentimientos y esperanza pero plagado de basura y soledad. El agua como punto de contacto, supervivencia y comercio pero también como lluvia permanente parece una de las pocas formas de salida en una rutina suspendida, mecánica y sin el brillo de la novedad.

Por tal motivo, ese elemento adquiere una connotación casi mágica y con fuerte impronta mitológica. Bajo una tormenta, María traslada junto a perro –así lo llama– a las embarazadas en bote hacia una casa alejada para tener a los bebés y les entrega un sobre de papel madera con el dinero prometido pero también busca a la cuarta que desapareció. Se la puede pensar como una resignificación de Caronte, quien transportaba en su barcaza a los difuntos de un lado a otro del río después del pago de una moneda y, en ocasiones, de favoritismo personal. Ella es la más idónea en la labor, según la propia jefa, y se mueve como una sombra por los diferentes lugares sin hacer más preguntas que las necesarias y regresa a la casa con los primeros rayos del alba. El líquido también apela al útero en una simbiosis íntima y orgánica entre el feto y el cuerpo de la madre, donde ambos comparten sensaciones, alimento, protección, fluidos, estados de ánimo.

La música acentúa dicho carácter gracias a la combinación de rito ancestral y ser femenino pulsante. La armonía y fuerza de las voces intensifica la idea de red, de hermandad, incluso, en las diferencias. A pesar del titubeo, María es aceptada en el encuentro donde parecen celebrar la vida, más allá de que no tenga el mismo color de piel, no ejerza la prostitución y conozca a algunas de ellas por su trabajo. Si bien la convivencia resulta breve, el canto se repite en varios momentos de El vicio de la esperanza para despertar a la protagonista del letargo y reconstruir un lazo con el cuerpo, con las emociones, con los anhelos, con los recuerdos, con la libertad y la infancia. De hecho, el vestuario –el abrigo holgado con capucha tejido en tonos celestes y un mameluco– junto al clima de tormentas y neblina, los espacios deteriorados y oscuros, las tomas asfixiantes dentro de la casa de María y el desconocimiento del interior de la casa donde son llevadas las embarazadas a parir acrecientan la idea de pueblo fantasma, olvidado y carente de esperanza que sólo recibe luz mediante un cartel de neón rojo-anaranjado en el puerto.

En un momento, Zi Mari, quien dirige la empresa ilegal, comenta que el exceso de libertad no sirve porque uno no sabe qué hacer con ella y, por lo tanto, necesita estructuras y normas para vivir. Esa frase refleja algunos fallos de la construcción narrativa y del desarrollo de los personajes en la película. Si bien resulta considerable el despliegue de puntos de vista respecto a la maternidad se descuida el otro tema central, es decir, el tráfico de bebés, los acuerdos con las mujeres, los métodos de higiene y salud, los sentimientos de ellas, la expansión de la red, entre otros. No se profundiza ninguno de esos aspectos, sino que quedan como menciones al pasar, mientras que todos aceptan sin más el presente, como si fuera otra actividad de la vida diaria. Tal vez, el breve quiebre de la protagonista junto a la perra apunta a derribar la despersonalización y la obediencia absoluta pero queda un poco desdibujada, sobre todo, en medio de la relación con la jefa, Pengue, la niña y su familia y con ciertos estereotipos de lo que debe ser la independencia.

Hacia el final, el escaso arrebato y la mitología parecen darle lugar a una mixtura entre religión y contemporaneidad con la promesa del híbrido y del goce del instante. Una tensión entre la amplitud de miradas y los modelos en los que se afirma Zi Mari que pretende crear un camino de autodescubrimiento y del lazo primigenio entre naturaleza, cuerpo y vida. Uno de los múltiples senderos posibles para intentar responder a los interrogantes y echar luz sobre de uno de los temas más vigentes y abarcativos de los últimos años.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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