Crítica: El motoarrebatador (2018), de Agustín Toscano

El motoarrebatador (Argentina / Uruguay – 2018)

Dirección y Guion: Agustín Toscano / Productores: Georgina Baisch, Natacha Cervi, Hernan Musaluppi, Cecilia Salim / Director de Fotografía: Arauco Hernández Holz / Arte y Vestuario: Gonzalo Delgado Galiana / Montaje: Pablo Barbieri / Sonido: Cato Vildosola / Música: Maxi Prietto / Intérpretes: Sergio Prina, Liliana Juarez, Daniel Elías, Camila Plaate, Pilar Benítez Vibart, Mirella Pascual / Duración: 94 minutos.

No puedo negar que cuando supe del estreno de la segunda película de Agustín Toscano (codirector del inquietante filme “Los dueños”) lo primero que me incomodó, o más bien dicho me sorprendió fue su título: El motoarrebatador ¿Por qué motoarrebatador? Suena tan lejos del coloquial y desagradable mote cotidiano conocido como “motochorro”, que por uso termina más naturalizado que otras formas. Claramente el nombre del filme del director tucumano no tenía nada de ingenuo, y menos de equivocado en su elección.

La palabra “arrebato” va a definirse como una de las formas esenciales en los vínculos de esta historia, presentándola como una modalidad de transacción material y emocional entre los personajes. Estos vínculos están determinados por el arrebato y sus múltiples significaciones.

El diccionario define “arrebato” como: “el impulso repentino e inesperado de hacer cierta cosa”, “furor causado por la vehemencia de alguna pasión, y tal vez la más explícita: “quitar o tomar algo con violencia”.

El filme comienza con un arrebato. Un dúo de motoqueros va a la caza y a la pesca de alguien a quien asaltar, atracar, robar de un tirón, quitar algo con violencia, hoy tan común y tan lejano de aquellas épocas del arte del punguista, del carterista de manos entrenadas del cual se han realizado relatos magistrales como “Pickpocket” de Robert Bresson (1959) o “El rata” de Samuel Fuller (1953).

De este arrebato la víctima será una mujer que sale de un cajero a la que en un segundo le arrancan la cartera que ella no suelta. Mientras la moto avanza y el ladrón puja por su tesoro, el cuerpo de la mujer es arrastrado hasta quedar inconsciente sobre la vereda. Uno de ellos la mira un instante, ese cuerpo inmóvil resuena a tragedia, pero su compañero no piensa perder más tiempo y poner en peligro su libertad. La moto arranca y se aleja por la vereda desierta. Fin del arrebato. Esta es sin duda casi la escena de un western.

Luego de descartar en un basural de desguace el contenido de la cartera los ladrones dividen su recompensa y sus caminos se separan. Miguel, el protagonista, sigue aturdido por la imagen de aquella mujer y las consecuencias del robo, la vida o la muerte y el cuerpo de la víctima abandonado a su suerte.

La historia comienza aquí, en San Miguel de Tucumán con la marca violenta de un delito. Miguel no parece un ladrón de sangre fría, más aún porque somos testigos de su inquietud por conocer la identidad de la damnificada, y aunque no sabemos que hará con exactitud, las escenas sugieren que Miguel pretende reparar la brutalidad de lo sucedido de alguna manera.

Miguel tiene un pequeño hijo, una problemática relación con su padre y su ex mujer, y ante todo no tiene techo propio. La imagen de él durmiendo en el banco de una plaza junto a su moto es un emblema de quien es, un paria. Otra imagen de género, sin duda del jinete en el desierto sin lugar propio y casi sin nombre.

Luego de indagar sobre el paradero de Helena finalmente la encuentra en un hospital y así comienza otro segmento clave de la historia, la que presenta el segundo arrebato en juego: el de la identidad. Miguel se presenta y velozmente es anoticiado de que Helena padece amnesia por el impacto. Su manera de protegerse para no ser descubierto se transforma en otro engaño mayor: se hará pasar por una suerte de sobrino y se instalará en su casa simulando ser su pariente cuando en realidad es un intruso.

Pero el director no lo pone en blanco sobre negro, no define a Miguel como arrebatador/intruso y a Helena como la víctima abusada de manera oclusiva, son eso y a su vez son el opuesto. Miguel la cuida con ahínco cuando Helena vuelve a la casona convaleciente. Detalle que no es menor, la casa no podría ser de ella si esa mujer solo limpia por horas, solo está sugerido pero queda resonando en todo el filme.

Si conectamos el filme “Los dueños” con esta segunda película de Toscano no podemos dejar de ver sus reiteradas preocupaciones: la propiedad privada o la idea de propiedad, quien es dueño de qué y cómo. La posesión es cuestionada como una definición esencial de quienes somos en este planeta y aquí está presentada con una mirada crítica hacia una sociedad que sostiene este paradigma de “pertenencia” que habita lleno de contradicciones, en especial éticas y morales.

La película abre un contrapunto de miradas sobre estos temas todo el tiempo: si la pertenencia es material solamente o no, si lo que cuidamos por ser preservado nos pertenece, si no nos pertenece lo del otro entonces ¿qué es lo de “el otro”? y ¿qué es lo propio? Si la definición de pertenencia no es material como por ejemplo en “la identidad” ¿a donde va a parar la idea de arrebato? ¿El arrebato es el robo de una cosa que no es de nadie o que solamente no es nuestra? Dónde podemos determinar moralmente que empieza lo propio y lo ajeno es la materia del filme y sus diversos cuestionamientos.

No hay respuestas definitivas, la paradoja moral/legal sigue en pie. La sociedad funciona como un gran western de Ford. Por eso nadie sale indemne, todos somos arrebatadores.

Por Victoria Leven
@levenvictoria

85%
  • Nuestro Puntaje
Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail