Crítica: El arte de la guerra (2013), de Wong Kar Wai

Nuestro puntaje

8/10

El arte de la guerra / Yi dai zong shi (Hong Kong / China – 2013)

Dirección: Wong Kar Wai / Guión: Wong Kar Wai, Zou Jingzhi, Xu Haofeng / Fotografía: Philippe Le Sourd / Montaje: William Chang / Música: Nathaniel Méchaly, Shigeru Umebayashi / Intérpretes: Tony Leung,  Ziyi Zhang, Chen Chang / Duración: 123 minutos.

PELEANDO POR AMOR

Wong Kar Wai (Happy Together, Con ánimo de amar) se toma su tiempo entre cada película. Y eso se nota en lo que filma.

Prefiero considerar al director hongkonés un autor antes que una marca de estilo. Sus cintas claramente pueden ser reconocidas sin leer sus créditos. Pero lo que las emparenta no sólo tiene que ver con la superficie textual (su estética visual) y los procedimientos cinematográficos a los que recurre con insistencia sino también con una forma de ver la vida, una cosmovisión de mundo (eso que llamamos ideología) que tiñe cualquier tema que filme. Una idea del amor de la que no reniega ni se avergüenza.

El arte de la guerra cuenta la historia del Gran Maestro de la Orden de las Artes Marciales Baosen en busca de su sucesor. Es 1936 y China es ocupada por Japón. Cada escuela de Artes Marciales pretende imponerse e imponer su postulante. La disputa entre el arrogante joven “adoptado” por el Gran Maestro, su verdadera hija Gong Er y el extraño Ip Man (que será tiempo después el mentor de Bruce Lee) reflejará las peleas y las alianzas que la Historia (política y social) tensará durante esos 8 años.

Kar Wai no se detiene en desarrollar la narración siguiendo puntualmente los hechos sino que construye elipsis y continuidades que forman retazos o trazan una narración fragmentada que requiere la atención del espectador para, más que aprender como de un manual, captar los lazos que el filme quiere hacer aflorar.

Nuevamente, pero en este caso tras la fachada de una película de artes marciales, son el amor imposible y el deseo que no se puede consumar (por definición) los que tejen las relaciones y patinan las historias de una nostalgia y una melancolía insuperables.

Cada puesta en escena, cada encuadre, cada lucha ralentizada filmada como un ballet, cada objeto en plano detalle, cada roce de una tela, cada gota de lágrima o de sangre que vemos caer, es puro placer que destila la pantalla, una estética que no se realiza en el esteticismo vacuo sino que se engarza en los sentimientos que los protagonistas no pueden dejar salir de sí.

No importan los destinos que se muestran como irrevocables porque apenas son un juego de los dioses para el Occidente, en el Oriente la voluntad de los individuos se amalgama con la naturaleza y nada de lo que suceda le es ajeno a ninguno de los elementos en pugna. Nada más triste que aquello que no quisimos que pudiera ser.

Por Javier Luzi
redaccion@cineramaplus.com.ar

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