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Crítica: El Aprendiz (2016), de Tomás De Leone

El aprendiz  (Argentina – 2016)

Dirección: Tomás De Leone / Guion: Tomás De Leone, Jordán Orlando / Fotografía: Eric Elizondo / Edición: Iair Michel Attias / Intérpretes: Nahuel Viale, Esteban Bigliardi, Malena Sánchez, Mónica Lairana y Germán De Silva / Duración: 80 minutos.

DISOLVER EL ESPIRAL

-¿Qué es lo que hacés? –le pregunta Mercedes.

– Soy el aprendiz –responde Pablo.

-¿Y qué es lo que viene después?

No hay respuesta o bien la hay: una mirada y luego el silencio. No es que Pablo no sepa lo que quiere –está decidido a tener su propio restaurante y ahorra para ello–, sino que esta suspensión en el aire forma parte de la lógica planteada por Tomás de Leone en la  película ganadora como mejor largometraje argentino de la última edición del Festival de Mar del Plata. Se trata del trabajo de lo interno, de lo sugerido, de lo no dicho, de lo minimalista, del detalle, de los gestos para delinear la búsqueda identitaria del protagonista y de una construcción fragmentaria y por reminiscencias, más que por diálogos.

Poco importa la causa de las borracheras de la madre y el cambio de roles que ese estado genera, o la razón por la cual el “concha” se junta con Parodi y la banda en el mismo auto para robar y/o repartir el escaso botín. La clave está, por el contrario, en cómo entrega los cigarrillos –prendiéndolos él y luego ofreciéndolos al otro–, en la bolsita con dinero guardada para comprar su futuro restaurante, en los partidos de fútbol como motivos recurrentes o en el espiral que dibuja uno de los chicos sobre la ventana trasera del vehículo al inicio del film.

Estos aspectos son lo que se ponen en juego de manera constante y sutil en El aprendiz, aunque parezcan mantenerse inmutables, por ejemplo, las frases repetidas de la banda, el mismo auto como una suerte de búnker, la soledad y la violencia latente enmarcadas en dos formas de exhibición: una cámara en mano, que se mueve con urgencia e ímpetu como ocurre en la noche que van a robar o planos más largos y detenidos que dan cuenta de la cotidianidad y de un tiempo más estático.

Dicha oscilación es la que atraviesa Pablo en su propio cuerpo, en las escasas liberaciones en la cocina del hotel y la que expone como ser dual; una dicotomía que carcome el interior, pero se percibe bastante tenue en el exterior y que parece replicar una y otra vez ese espiral trazado en la ventana del auto por uno de los chicos de la banda. Entonces, ¿Qué es lo que viene después? Nada más difícil que ser fiel a uno mismo.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

 

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