Crítica: Dulces sueños (2016), de Marco Bellocchio

Dulces sueños / Fai bei sogni (Italia – 2016)

Dirección: Marco Bellocchio / Guion: Valia Santella, Edoardo Albinati y Marco Bellocchio, basado en la novela de Massimo Gramellini / Fotografía: Daniel Cirpì / Música: Carlo Crivelli / Edición: Francesca Calvelli / Intérpretes: Valerio Mastandrea, Bérénice Bejo, Fabrizio Gifuni, Guido Caprino, Linda Messerklinger, Ferdinando Vetere y Barbara Ronchi / Duración: 132 minutos.

1 + 1 = ¿1?

“Perdí a mi madre cuando era un niño. Ahora soy cinco años mayor que ella. Eso me impresiona”.  La revelación del adulto da cuenta, casi por primera vez, de su propia vulnerabilidad y lo convierte, por un instante, en el niño de nueve años que quedó sin madre. Entonces, los 43 años actuales se vuelven una especie de carga. ¿Qué pasó aquella noche? ¿Por qué ella no se despidió?

Los estados contrastivos, opuestos, exagerados, distantes por los que atraviesa el protagonista son permanentes, imprevistos y diversos; un relato construido por el director italiano Marco Bellocchio (basado en la novela homónima de Massimo Gramellini) repleto de paralelismos, alternancias temporales y, sobre todo, un tratamiento demasiado exhaustivo de Massimo expuesto en la multiplicidad de temas, motivos y características que lo definen pero que, al mismo tiempo, buscan abarcarlo todo sin dejar lugar a la duda o a la incertidumbre. Porque, a final de cuentas, la única vacilación que recorre Dulces sueños es cómo murió la madre; mientras que la supuesta búsqueda interior de Massimo está atada a la negación, en primera instancia, y luego a una necesidad más material –la venta de la casa de la infancia– y física –el ataque de pánico –.

De esta forma, madre e hijo parecerían imbricarse en una sola configuración para luego fragmentarse y adquirir independencia; una autonomía que se confronta en tres aspectos: la religión como primera ruptura y puesta en cuestionamiento del vínculo entre ambos, el paralelismo maternal entre su madre y Elisa, la médica de guardia que aparece pocos minutos para ayudarlo con el ataque de pánico, cuyo detonante pareciera ser la caja de fósforos que perteneció a su madre; por último, la música italiana como nexo indiscutido entre ambos, cuyo primer ejemplo está al inicio del filme, cuando bailan un twist. Ese momento de complicidad queda grabado en el niño de tal forma que, incluso ya adulto, se prohíbe intentarlo de nuevo, como lo demuestra alejándose de la fiesta electrónica de la joven con la que sale; una muralla que se replantea hacia el final. De hecho, sólo en la adultez se escucha una canción de Cyndi  Lauper. Mientras que los fragmentos de Belfagor, el fantasma del Louvre actúan a partir de él, como método de defensa tanto del mundo como de su propio interior sensible.

El uso replicado de estos lazos en la mayoría de los subtemas y motivos para retratar al protagonista y el abuso de su tratamiento exhaustivo repercuten en el factor sorpresa espectatorial planteado por los saltos temporales, al punto de transformarse en un recurso agobiante. Massimo está abordado tan en profundidad que se lo sobrecarga, se adicionan escenas como la reunión del diario o la visita a la casa del amigo para retomar el vínculo con la madre en una repetición más de lo ya visto o se busca alejarlo completamente como sucede con la llamada del millonario que le pide escribir su biografía que carece de sentido.

Dulces sueños, en definitiva, no hace más que volver de manera directa, sugerida o mediada a aquella despedida silenciosa para el niño, el último momento en que ambos fueron uno mismo.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

50%
  • Nuestro Puntaje

Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail