Crítica: Bohemian Rhapsody (2018), de Bryan Singer

Bohemian Rhapsody (Reino Unido / Estados Unidos – 2018)

Dirección: Bryan Singer / Guion: Anthony McCarten / Producción: Jim Beach, Graham King / Fotografía: Newton Thomas Sigel / Montaje: John Ottman / Diseño de Producción: Aaron Haye / Intérpretes: Rami Malek, Lucy Boynton, Gwilym Lee, Ben Hardy, Joseph Mazzello, Meneka Das, Aidan Gillen, Priya Blackburn / Duración: 134 minutos.

PERSISTENCIA MÍTICA

La habitación está oscura, aunque se distingue su ojo abierto. Sentado en la cama tose de espaldas al mismo tiempo que la voz del relator saluda a la gente de Filadelfia. El primer plano a la altura de la nariz registra el recorte del bigote y cómo los vellos caen en el lavabo, mientras que la muchedumbre ingresa a los estadios. Los pies inquietos caminan por entre los gatos y los hombres ajustan las pantallas de transmisión en la camioneta de prensa. Las ruedas del auto avanzan con velocidad; las cámaras se posicionan para el evento del siglo: los conciertos simultáneos en Estados Unidos e Inglaterra del 13 de julio de 1985. Se abren los estuches de los instrumentos y del micrófono, éste último con algunos resabios de los excesos, y tocan la puerta del trailer. La doble mirada se unifica para seguir tanto los pasos como los rebotes del hombre que está a punto de hacer historia con su musculosa blanca, jean desgastado y brazalete de tachas. El telón lo separa de la excitación, las dudas y la fuerte necesidad de pertenecer a todos esos inadaptados hasta que se abre dejando al descubierto a una multitud hambrienta de él. La cámara televisiva lo enfoca convirtiéndose en subjetuva para impregnar al otro público, el del cine, de sus propias sensaciones y completar la consagración. Esa noche, Freddie Mercury se vuelve inmortal.

De hecho, el Live Aid funciona como momento bisagra en el filme dirigido por Bryan Singer al comienzo y finalizado por Dexter Fletcher –el primero despedido por “comportamientos no profesionales”, según lo trascendido; el segundo no figura en los créditos–. Por un lado, funciona como el máximo exponente del concepto de familia entendido por la banda, donde los talentos individuales se ponen al servicio de la creación artística, de lo innovador, de la mixtura de géneros, de lo exprimental y del uso de recursos u objetos inesperados. Si bien la prioridad es Queen, también se evidencian las preferencias de la prensa, productores, gente del espectáculo o mánagers por el cantante frente al resto de los integrantes. En consecuencia, el show reivindica el fortalecimiento de los lazos entre ellos, musicales y estilísiticos.

Por otro, subraya las repercusiones del evento solidario en el que la actuación de ellos fue elegida como la mejor de todos los tiempos gracias a una encuesta. En Bohemian Rhapsody se muestra en la recreación de algunos de los temas con una conexión completa con el público, en la ráfaga de llamados para donar dinero y en las miradas cómplices de los cuatro durante el espectáculo. De la misma forma que el inicio con el juego de planos y contraplanos que realzan la figura del frontman con una intensidad fragmentada, en la tensión entre los objetos que se transformaron en símbolos y las acciones cotidianas, entre la idea del hombre y lo divino. Porque, a final de cuentas, Freddie se vuelve eterno tanto para los fanáticos como para los compañeros, la familia y los seres queridos.

Es innegable el trabajo minucioso para representar los diferentes espacios dentro de lo cotidiano como del espectáculo de las décadas del 70 y 80, las grabaciones en estudio de varios hits, las diversas inspiraciones a la hora de componer –como la repetición de los gritos de Galileo de Roger Taylor o las manos en el piano en Somebody to love –, el propio Live Aid y los fragmentos de los videos musicales Bohemian Rhapsody y I want to break free encarnados por los actores, los cuales aportaron mayor verosimilitud al relato. Tal vez hubiera sido interesante profundizar un poco más en la historia personal de Freddie a través de la familia, de su país de origen, del nombre artístico, de sus sensaciones, de la forma de ver el mundo y de experimentar con el aspecto, la ropa y el arte. La doble mirada se unifica para seguir tanto los pasos como los rebotes del hombre que está a punto de hacer historia con su musculosa blanca, jean desgastado y brazalete de tachas. Esa noche, el inadaptado encuentra su lugar de pertenencia.

There’s no time for us
There’s no place for us
What is this thing that builds our dreams
Yet slips away from us

Who wants to live forever?
Who wants to live forever?
There’s no chance for us
It’s all decided for us
This world has only one sweet moment
Set aside for us

Who wants to live forever?
Who wants to live forever?

Who wants to live forever (Brian May)

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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