Crítica: Gonjiam, Hospital Maldito (2018), de Jeong Beom-sik

Gonjiam: Hospital Maldito / Gon-ji-am (Corea del Sur – 2018)

Dirección: Jeong Beom-sik / Guion: Jeong Beom-sik, Park Sang-min / Producción: Kim Won-guk / Fotografía: Yoon Byung-Ho / Intérpretes: Lee Seung-Wook, Mun Ye-Won, Oh Ah Yeon, Park Ji Hyun, Wi Ha-joon / Duración: 95 minutos.

Mientras The Blair Witch Project, madre de Actividad Paranormal, Rec y todos los found footage que fueron apareciendo, se sirvió del primitivo Internet de los años 90 para publicitarse mediante un anuncio de desaparición falso que contaba con información detallada de la bruja propiamente dicha, Gonjiam: Hospital Maldito hace un movimiento para nada nuevo pero sí inverso en cuanto a su producción. Ubicado en el interior de un bosque tan lúgubre como el del filme estadounidense, el manicomio surcoreano no es en absoluto apócrifo sino que realmente existe. Es faro de turistas y cazafantasmas curiosos así también sitio elegido para suicidas intrépidos y sujetos adictos al crimen y perversiones de cualquier índole. Lo que hace el director y realizador entonces Jeong Beom-sik es poner a jugar el folclore que gira alrededor del psiquiátrico abandonado con las inquietudes de un equipo comandado por un ambicioso youtuber que aspira a monetizar un millón de visitas durante una ambiciosa transmisión en vivo. Un folclore que funciona apenas como propulsor para la aventura de éste stream-footage que en lugar de meterse en explicaciones lógicas apunta directo a lo físico con el susto fácil como arma que no decepciona. Al final, pura cáscara que permite imaginar al director en una noche de insomnio divagando por foros y páginas web, anotando pequeños esbozos de cada una de las teorías y leyendas existentes.

La actualización que viene a traer Gonjiam: Hospital Maldito está determinada más por el nuevo público hiperconectado y sobrestimulado a múltiples pantallas que por el género de terror en sí que es bastante clásico y nada tiene de asiático. Los primeros veinte minutos son una exhibición absoluta del armamento tecnológico que el grupo usará. Luego de presentar el equipo: tres mujeres y tres varones, el líder del clan y el único que no ingresa al inmueble, ya que alguien tiene que hacer de sala de monitoreo durante la transmisión en vivo, reparte Go Pro como si fuesen caramelos y pone a volar un drone porque sí, porque puede. Adentro, la claustrofobia causada por los angulares juega un papel determinante en la manera en que encierra los rostros horrorizados de estos ghost hunters modernos. Lo mismo provocan las subjetivas con las que recorremos junto a los protagonistas los pasillos y los salones derruidos. Pero los puntos de vista no se agotan allí. La expedición también se visualiza a través del canal de YouTube que maneja el cabeza del equipo y desde algunas cámaras de seguridad colocadas en las esquinas de las habitaciones. Esto instala un atractivo salto de pantalla a pantalla que, de un momento a otro, cuando lo sobrenatural emerge en toda su forma para castigar a los graciosos que emulan su poderío a modo de broma (léase: objetos inanimados que desobedecen la gravedad, espectros malsanos que titilan desde la profundidad de campo, seres carniceros que salpican de hemoglobina las paredes), irán apagándose y perdiendo señal en un triunfo total del glitch como elemento propio del horror 2.0.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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