Crítica: Calabria (2016), de Pierre-François Sauter

Calabria (Suiza – 2016)
FIDBA 2017: Mejor película de la Competencia Internacional

Guión y dirección: Pierre-François Sauter / Fotografía: Joakim Chardonnens y Pierre-François Sauter / Edición: Anja Bombelli / Sonido: Patrick Becker y Masaki Hatsui / Intérpretes: José Russo Baiâo y Jovan Nicolic / Duración: 117 minutos.

Calabria podría ser una ficción, un relato hiperrealista con los condimentos necesarios de una minitrama en formato de road movie. El hallazgo inicial y definitorio es que no estamos frente a una construcción ficcional sino frente a un discurso de corte documental con todo el pliegue narrativo de la ficción que conocemos de antaño.

La historia nos narra el viaje de dos empleados (inmigrantes habitantes de Suiza) que viajan desde una casa fúnebre en su país de residencia hacia el sur de Italia para repatriar los restos de otro inmigrante, un italiano fallecido en esas tierras extranjeras. El mandato es volver a llevar esos restos de vida a su germen natal, a su cuna de identidad donde alguien esperará la llegada del cuerpo para lo que suponemos será el ritual de la despedida.

Una larga secuencia inicial nos propone recorrer todas las actividades alrededor del cuerpo sin vida, haciéndonos testigos de toda la fajina que se realiza para preparar el ataúd, el cuerpo y sus vestiduras, los detalles de los detalles, todo el preámbulo del largo viaje que viene por delante.

Jovan y José son los dos trabajadores se constituyen como protagonistas del filme, ellos y la omnisciente presencia de la muerte durante todo el viaje. Un inmigrante ha muerto y ellos son los otros dos que lo escoltan. En ese punto se juega la similitud de mundos entre los vivos y el muerto, más las preguntas que los mismos choferes se hacen sobre a quien transportan y sobre sus propias vidas.

La mayor parte del relato discurre dentro de la cabina del auto con José y Jovan al frente del viaje debatiéndose sobre temas de la vida y sus nimiedades, a la vez que reflexionan sobre sus creencias religiosas o morales, sus miradas opuestas sobre el mundo, sus deseos y anhelos, sus pasiones y sus contradicciones. Uno es inmigrante gitano de origen balcánico, el otro es portugués y así ambos dejan ver sus marcas de origen claramente diferentes en sus formas y percepciones subjetivas del discurrir de sus vidas.

Jovan es amante de Paco de Lucía, de la música y del baile pasión que despliega en una escena de hotel donde canta con su guitarra canciones de su mundo gitano. José es un hombre más terrenal, hiper pragmático lejos de la fantasía de la música y los enamoramientos del canto. El contraste entre ambos mantiene una dinámica fluida, estamos siempre muy cerca de ellos y podemos apreciar el armado de este vínculo, de esos que son casi circunstanciales y que se nos presentan en la vida sin aviso.

Sus diálogos colman los minutos en pantalla, y el humor cotidiano marca pinceladas sobre temas como la muerte, la familia, el amor y el desarraigo. La muerte es el tema, sin duda, más vivo en la trama vincular de estos personajes. La observación minuciosa de sus rostros y acciones nos impone una cámara instalada entre ellos registrando cada detalle de este viaje peculiar.

El final genera un intenso golpe de efecto documental, pues si dudábamos de la realidad determinante del filme ahora se nos impone con toda su simpleza, pues tal vez en una ficción el cierre hubiera sido estridente y pomposo mostrando parientes emocionados que reciben al fallecido en un acto monumental. En cambio la aridez de la realidad es otra, y el final de los finales dura lo que dura la vida, tan solo un instante.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

80%
  • Nuestro Puntaje
Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail