Crítica: Animales fantásticos, Los crímenes de Grindelwald (2018), de David Yates

Animales fantásticos: Los crímenes de Grindelwald / Fantastic Beasts: The Crimes of Grindelwald (Estados Unidos / Reino Unido – 2018)

Dirección : David Yates / Guion: J.K. Rowling / Producción: David Heyman, Steve Kloves, J.K. Rowling, Lionel Wigram / Música Original: James Newton Howard / Fotografía: Philippe Rousselot / Montaje: Mark Day / Diseño de producción: Stuart Craig / Intérpretes: Johnny Depp, Carmen Ejogo, Eddie Redmayne, Katherine Waterston, Dan Fogler, Zoë Kravitz, Kevin Guthrie, Poppy Corby-Tuech / Duración: 134 minutos.

TIEMPOS DE BANDOS

“Va a llegar un momento en el que todos tendremos que elegir un bando. Incluso tú Newt”, le confiesa su hermano mientras lo abraza en los pasillos del Ministerio de Magia británico y le advierte que lo están espiando. Si bien la escena aparenta ser trivial, en verdad anticipa la lógica narrativa de la película, es decir, una construcción fragmentaria donde se combinan micro- relatos, la aparición de numerosos personajes, subtramas no resueltas, nexos con Harry Potter y la idea de un tiempo muggle muy reconocible –el período de entreguerras con matices hacia la Segunda Guerra Mundial–pero pausado. Estos rasgos acentúan su carácter transitorio ya que la puesta en escena y el despliegue de personajes preparan a los espectadores para los siguientes tres filmes que cierran la historia previa a la saga del mago con cicatriz de rayo en la frente.

Tal vez por eso, Animales fantásticos: Los crímenes de Grindelwald se distancia de la antecesora para asemejarse narrativa y visualmente con Harry Potter y la orden del fénix, Harry Potter y el misterio del príncipe y Harry Potter y las Reliquias de la muerte (parte 1 y 2). En principio comparten el empleo de un tono más oscuro a la hora de desarrollar la trama que no sólo enfrenta a los personajes contra sus propios miedos y deseos, sino también los obliga a seleccionar un lado que los define dentro de la comunidad y en medio de una guerra determinante para quienes poseen magia y los que no. Esto no quiere decir que los buenos y malos estén completamente fijados; por el contrario, muchos titubean, dudan, desconfían, se sienten rechazados o diferentes y se inclinan por algún camino gracias al poder persuasivo de los voceros, a un ideal o al miedo.

Otro de los recursos reiterados tiene que ver con la vertiginosidad de ciertas acciones en las búsquedas personales, conquistas de poder o misiones para derrotar al enemigo. David Yates retoma, por ejemplo, el uso del Ministerio de Magia –en este caso, el francés– y al cementerio como lugares característicos de señuelos y de empoderamiento del mal. Al mismo tiempo, la visita de Credence y Nagini a una casa antigua maneja la misma tensión que aquella a la casa de Bathilda Bagshot y el escape de Grindelwald al comienzo mezcla velocidad, con cámara en constante movimiento y cambios de aspecto de los personajes que recuerdan a otras entregas. Estos movimientos bruscos y, por momentos excesivos, ya forman parte del sello del director en el filme anterior.

El guion establece numerosos guiños con los libros de Harry Potter. El más evidente de todos es la aparición de Hogwarts con su música distintiva y el interior, donde a través de flashbacks se lo ve a Albus Dumbledore joven como profesor de Defensa contra las Artes Oscuras enseñando a los alumnos a defenderse de un boggart, una escena que remite al profesor Remus Lupin, aunque en este caso los no-seres no resultan tan atemorizantes como en la saga. El otro objeto importante es el espejo de Oesed, aquel que muestra los deseos más profundos de quien lo mira, que explica desde la intimidad del mismísimo director el vínculo con el villano. Hay una serie de elementos conectores más fugaces como la varita de sauco, la poción multijugos, la piedra filosofal, el trasladador, entre otros, y dos semejanzas entre los Señores Oscuros: por un lado, la mascota que lo acompaña (aunque la tire por el carruaje) y, por otro, la confesión de Newt al director hacia el final, es decir, que Grindelwald desprecia o descarta lo simple. Esa frase se vincula con el repudio de Voldemort hacia el amor y a los sacrificios por los seres amados.

En esta oportunidad, título y relato no terminan de concordar porque los animales fantásticos quedan relegados a un segundo plano, aunque la cámara se detenga en los efectos visuales del estudio del magizoologista, en el circo o en un esporádico encuentro con alguno de ellos. Inclusive se desaprovecha la revelación de Nagini como maledictus, es decir, una mujer condenada a convertirse en serpiente por una maldición sanguínea hasta el momento en que permanecerá como reptil por siempre. Mientras que la figura de Grindelwald crece, a pesar de no ser un villano tan desbordante y de que los crímenes prometidos no sean más que muertes caprichosas para escapar de la cárcel, ocupar una casa o empezar a delimitar el círculo de aliados. De todas maneras, resulta indiscutible la necesidad de tomar partido. ¿Sabrá cada uno escoger la decisión correcta?

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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