Crítica: Ainhoa, yo no soy esa (2018), de Carolina Astudillo – FIDBA 2018

Ainhoa, yo no soy esa (España – 2018)
FIDBA 2018: Competencia internacional

Dirección y Guion: Carolina Astudillo Muñoz / Producción: Carolina Astudillo Muñoz, Belén Sánchez / Montaje: Ana Pfaff / Sonido: Jordi Ribas, Isolé División Sonora / Testimonios: Patxi Juanicotena Mata, Esther Carrillo, Lluís Subirós, Dave Roca / Voces: Isabel Cadenas Cañon, Carolina Astudillo Muñoz, Maithë Chansard / Duración: 98 minutos

El documental en primera persona, si bien tiene antecedentes (por lo menos los conocidos por quien escribe) a finales de la década del 70, ha explotado en el comienzo de este siglo. El mayor acceso a métodos de filmación cada vez más baratos ha ayudado sobremanera a este propósito ya que en la mayoría de los casos estos filmes están compuestos por imágenes de archivo y tomas hechas por quien dirige en medidas equiparables. Como bien marca el nombre del subgénero, los temas tratados son los más caros a quien lo realiza: su familia (o algún miembro en particular) o su pueblo/ciudad/país. Sobre el último caso podemos citar Route One USA (1989) en donde Robert Kramer se propone un recorrido posible sobre su  país luego de pasar varios años en Africa. En el caso familiar no podemos obviar Nobody’s Business (1996) que muestra a Alain Berliner reconstruyendo la historia de sus antepasados.

Sin embargo, en el nuevo siglo se ha dado un fenómeno muy particular en América Latina. Cuando los hijos de desaparecidos de las diferentes dictaduras del continente entraron en la juventud, muchos de ellos eligieron el cine como modo de canalizar su dolor y la ausencia. Los rubios (2003, Albertina Carri), Papá Iván (2004, María Inés Roqué), M (2007, Nicolás Prividera) o Diario de uma busca (2010, Flávia Castro), por citar sólo unos pocos, han marcado una tendencia, una genealogía en la que se entronca Ainhoa, yo no soy esa (2018, Carolina Astudillo Muñoz).

En el mismo programa del FIDBA se cita una frase, que aparece en el filme, de Sherrie Levine: “El significado de una imagen no subyace en su origen sino en su destino” que bien podría ser una reformulación de “La unidad del texto no está en su origen, sino en su destino, pero este destino ya no puede seguir siendo personal: el lector es un hombre sin historia, sin biografía, sin psicología, él es tan solo ese alguien que mantiene reunidas en un mismo campo todas las huellas que constituyen el escrito”, texto de Roland Barthes en “El susurro del lenguaje”. A partir de esa frase se construye un relato en donde la imagen de archivo se apropia del presente borrándolo por completo, sólo siendo escuchado. Incluso las pocas entrevistas funcionan como voces en off que más se asemejan a la propia de la directora como reflexiones y no con el carácter informativo de las cabezas parlantes.

El filme es un diario, o más bien muchos diarios, propios y ajenos, que generan la ilusión de que la vida sólo existe si puede documentarse de alguna manera. El cerebro necesita de ese sostén visual para construir el recuerdo. Casi nunca las imágenes corresponden directamente a lo que se habla, pero ese faltante es reemplazado por otras que bien podrían ajustarse, de la misma manera en que la memoria no necesariamente es una verdad sino más bien una reconstrucción a posteriori.

En la primera mitad el filme utiliza el recurso de la imagen especular, del doble, equiparando la vida de la narradora con la de la mujer del título no sólo en cuestiones de lazos familiares o generacionales, sino también en una historia iberoamericana compartida: las dictaduras de Franco y de Pinochet. Entonces esa Europa lejana y próspera se acerca hasta convertirse en un país vecino, que comparte muchos de nuestros males. Este recurso es luego abandonado salvo en esporádicos momentos.

Todo el relato, además, se posiciona desde el feminismo. Sin explicitarlo (¿por qué haría falta?) la idea de sororidad está muy presente e incluso todos los textos citados son de autoras como Virginia Wolf, Frida Kahlo, Susan Sontag y Simone de Beauvoir, entre otras.

Ainhoa se vuelve un arquetipo de su época, de los sueños perdidos y de la derrota. Con una voz urgente, pesada, afectada, la directora delinea una obra en la cual lo político se inscribe en el cuerpo aunque uno no sea consciente de ello y en donde la muerte de una mujer es la muerte de toda una generación, aquí y allá.

Por Martín Miguel Pereira

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