Crítica: Acusada (2018), de Gonzalo Tobal

Acusada (Argentina / México – 2018)

Dirección: Gonzalo Tobal / Guion: Ulises Porra, Gonzalo Tobal / Producción: Leticia Cristi, Benjamín Doménech, Santiago Gallelli, Axel Kuschevatzky, Matías Mosteirín, Matias Roveda, Hugo Sigman / Fotografía: Fernando Lockett / Montaje:
Alejandro Carrillo Penovi / Intérpretes: Lali Espósito, Leonardo Sbaraglia, Inés Estévez, Daniel Fanego, Gerardo Romano, Gael García Bernal, Martina Campos, Ana Garibaldi, Margarita Molfino / Duración: 108 minutos

AGOBIO DUAL

Una suerte de ying y yang. La transformación permanente de los hábitos y de las suposiciones que acechan en los diferentes círculos sociales como la noticia de un puma suelto por el barrio, hecho del cual todos opinan pero que sólo quien observa con detenimiento puede comprobar. Ese contraste aparece ya en las primeras escenas gracias a la doble mirada construida por Gonzalo Tobal que atraviesa toda la película: por un lado, la exhibición de una joven quebrada emocionalmente, que se mueve y habla con parquedad, ausente en sus propios pensamientos y en aquello que parece ocultar, incluso, en la cotidianidad de la casa o jugando a los videojuegos con el hermano menor; por otro, una opinión pública agitada, dividida entre la inocencia y culpabilidad de Dolores y la sesión fotográfica en el jardín que busca instalar la idea de una familia unida, común y fortalecida en un momento tan particular como es la previa del juicio.

Lo distintivo de la esfera privada y pública se distorsiona en numerosas ocasiones gracias al crescendo de la tensión opresiva trabajada por el director. Porque el hogar Dreier está sumido bajo el control del padre, quien no deja salir a su hija sin acompañante, establece las funciones de cada uno o realiza interrogatorios a quien ingrese al domicilio. Dicha autoridad es replicada en el exterior por el abogado, que determinada cómo debe contestar la imputada en la corte o qué palabras usar, y por los asesores de prensa e imagen con los que cuenta la familia, encargados de las entrevistas, de las posturas, del  vestuario y lo estilístico. En ese universo asfixiante y pautado, la protagonista logra dos instantes de libertad: cuando se corta el pelo y durante el reportaje televisivo, ambos duramente criticados por el entorno pero los únicos donde sugiere su propia voz.

El abordaje angustioso por el que transitan los personajes encuentra semejanzas con Tres anuncios por un crimen de Martin McDonagh. Principalmente porque los dos directores centran el relato en el desarrollo de los diferentes actores sociales anclado en el presente pero con fuertes lazos hacia un pasado confuso, violento, fragmentado e incompleto en el cual asesinaron a dos adolescentes. A partir de esto despliegan los diferentes roles y decisiones tomadas por los individuos en los homicidios y durante los tiempos transcurridos para que cada espectador disponga de los elementos pertinentes y realice su propio análisis, en lugar de generar juicios de valor.

En segundo lugar, ambos filmes subrayan la condena de la mirada social. Mildred no sólo debe luchar contra la desidia policial por la violación y muerte de su hija, sino también frente al imaginario colectivo de estima y devoción hacia los efectivos, la caída en desgracia de su imagen en el pueblo y hasta con cierto machismo, mientras que Dolores carga  con los prejuicios de algunas ex amigas comunes, vecinos del barrio, el impacto mediático del caso y, por ende, gran cantidad de teorías desde los propios medios y de la opinión pública.

Por último, el manejo sofocante de la tensión sostenido por secretos que se develan con el correr del metraje en el lazo con ese pasado impreciso. Pero en este punto, Acusada presenta varios inconvenientes que entorpecen dichos descubrimientos volviéndolos vagos. Tobal trabaja con un tiempo pausado, focalizado en el detalle y hacia el final propone una serie de gestos, miradas y datos tan seguidos y con tan poco abordaje para responder a las omisiones que  pierden efecto y resultan poco claros, como si el nerviosismo se hubiera devorado el tratamiento anterior y sólo importara incorporar los secretos prometidos que cuestionen el relato, generen ambigüedades o contribuyan con la sentencia. Lo mismo ocurre con el rol de la madre completamente relegado por el vínculo entre padre e hija, que encuentra cierta resignificación de Luis hacia las últimas escenas, mientras que Inés interviene en un momento crucial y su participación parece forzada y hasta extraña.

El ying y el yang del comienzo resurge en su máxima expresión y hasta con condimentos un tanto exagerados para probar su teoría: la transformación nunca resultó tan palpable, incluso, con la mirada perdida en el horizonte y los mismos movimientos estudiados.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

60%
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