A propósito de los documentales en Competencia del pasado FIDBA

NECESIDAD Y URGENCIA

Recientemente ha concluido una nueva edición de FIDBA, un festival que año tras año se consolida. A partir de una revisión general de la Competencia Internacional mi propósito no es reiterar la excelente cobertura realizada en el sitio, sino dar cuenta de dos consecuencias que se desprenden de la elección de las películas en juego. La primera es que el género documental goza de excelente salud, algo fácilmente comprobable por la diversidad de enfoques y miradas. La segunda ya atañe a una decisión ideológica y pertinente de quienes programan, atravesados por el presente que nos toca en la región con el avance de los embates neoliberales. El criterio general que se infiere es que hoy, más que nunca, los documentales pueden verse como decretos de necesidad y urgencia frente a políticas nefastas, actos de resistencia y concientización para preservar identidades y derechos. Si se quiere, en ese imperativo ético (y más allá de los regodeos estéticos), hay un colectivo involucrado que abarca tanto a realizadores, programadores y público. Y un festival como FIDBA asumió esa responsabilidad.

Por ello, no es casualidad que dos películas brasileras se hayan destacado especialmente. Tanto Baronesa de Juliana Antunes, como El proceso, historia de un golpe de María Augusta Ramos hablan de dos experiencias (una individual y otra colectiva) hermanadas no solo por el país del que provienen (emblema del azote de la derecha por estos días), sino por la intención de hacer visible la violencia con la que operan las corporaciones políticas. En un caso, multiplicando la pobreza. La cámara de Antunes observa el rostro y el cuerpo de sus mujeres para ofrecerlos como una cartografía que pueda leerse por sí misma, donde podamos descubrir los signos de deterioro social, afectivo y humano. Ramos se interna en el circo parlamentario como mosca en la pared a fin de transmitir la podredumbre política capaz de voltear las instituciones gubernamentales de un plumazo. Y lo hace con la habilidad necesaria como para incorporar todas las voces intervinientes. A través de un hábil montaje, la realizadora nos pasea por diversas exposiciones, gestos, actitudes (incluidos golpes bajos patéticos de la fiscal) y discusiones que confirman una vez más la brecha ideológica que se agiganta entre los habitantes, promovida y potenciada por la perversidad de los medios de comunicación y las corporaciones. Este registro del acontecimiento en todas sus aristas da cuenta de un proyecto ambicioso que sale muy bien parado, pero además, confirma la naturaleza urgente del documental como testimonio de una época de crisis, abierta a un abismo cuyo horizonte incierto abruma por los reiterados actos visibles en Latinoamérica.

Pero la coyuntura se extiende al viejo continente y La grieta de Irene Yagüe Herrero y Alberto García Ortiz lo demuestran a calzón quitado. “Soy todo lo libre que me permiten los mercados” no es solo un epígrafe decorativo sino que se hace carne en dos mujeres resistiendo al desalojo en un barrio madrileño de Valverde y su situación es la de miles de personas en el mundo asfixiadas por el capitalismo salvaje y las maniobras inescrupulosas. En el año 2013 el ayuntamiento y la comunidad de Madrid venden a fondos buitres más de 4000 pisos de vivienda pública destinados a familias con bajos ingresos. La cámara se instala en uno de esos tantos departamentos y acompaña la resistencia de las mujeres involucradas. Las intenciones éticas están por encima de las estéticas, por eso los realizadores no dudan en registrar desalojos, protestas y eventos como se pueda, aun con los riesgos de una desprolijidad cuyo valor está por encima de la pretensión de belleza. Y en ese seguimiento de la desesperación, donde cada día en una vivienda vale oro, se acumulan otras voces que se suman para hacerles frente a los otros, a los garcas que están del otro lado del escritorio. Es notable al respecto la secuencia en la que los manifestantes irrumpen en una especie de congreso sobre ventas y emprendimientos para escracharlos. El contraste entre los rostros implacablemente falsos de los hombres de traje y los gritos de repudio es tan efectivo como las terribles imágenes finales de la película de María Augusta Ramos donde las caras de la desazón chocan frente a los abrazos falsos y las lágrimas de cocodrilo de los senadores golpistas.

Lo individual es un camino transitado frecuentemente por el género. En ese recorrido, donde las fronteras entre lo público y lo privado aparecen pulverizadas, una multiplicidad de gestos contemporáneos apuestan por desempolvar archivos y ofrecerlos a la humanidad. El resultado, en el peor de los casos, puede desembocar en la autoindulgencia, en un narcisismo sospechoso. En otro sentido, funciona como un potente mecanismo de proyección a través del cual una identidad establece el puente al funcionamiento del cuerpo social y cultural. Los felices de Sabrina Farji pone en escena a una mujer (la actriz y humorista Victoria Grigera Dupuy) cuya genealogía está rota. Tal como confiesa, sus padres han sido víctimas de dos formas de terrorismo, la biológica y la de Estado. Ante este terrible panorama, el documental es una exploración descentrada acerca de lo que queda luego de experiencias traumáticas, de las sombras de la represión, pero también un acto de resistencia a través de la perseverancia y del humor. De modo tal que la felicidad consiste en hacer lo que se puede con aquellos que están para ayudar (en este caso se hace referencia a los cuidados paliativos).

Of The Voice de Bernard Weber también asistimos a un marco clínico. Se trata de personas en busca de buenas vibraciones a partir de estudios y experimentos con la voz humana. Weber selecciona cuatro casos donde se muestran diversas técnicas y ejercicios para mejorar los modos de expresión a través del canto, el habla, la imitación de instrumentos y reuniones donde se improvisan actuaciones libremente. Lo curioso es la manera en que caemos en la boca del huracán. Al principio sorprende el carácter inusual e inédito del tema elegido, pero una vez dentro es imposible abandonar gracias a la pericia del director y a un montaje seductor.

Y si de curiosidad y ritos hablamos, The Gift de Przemyslaw Kaminski se presenta como otro objeto extrañamente encantador. Se trata de un hombre perdido entre dos mares, alguien que transita por la vida a mitad de camino. Debe elegir si obedece a sus instintos como hipnotizador, mentalista, u obedecer al mandato religioso católico. En esa incertidumbre también se incorpora el espacio familiar. Lo interesante es que nunca el caso es mostrado bajo parámetros de linealidad argumental sino que el mismo carácter fragmentario del documental logra una visible intensidad, sobre todo en las escenas de las prácticas sanadoras.

Experiencias terapéuticas, catárticas y movilizadoras representan ese foco de persistencia en tiempos donde las identidades son atacadas sistemáticamente.

Algo parecido ocurre también en Ainhoa. Yo no soy esa de Carolina Astudillo Muñoz. La frase inicial de Frida Kahlo (“Mis temas son mis sensaciones, mis estados de ánimo, mis reacciones ante la vida”) ejerce una constante resonancia a lo largo del documental donde fotos y archivos fílmicos caseros restituyen una identidad. Todo el material se vuelve significativo y la vida registrada de alguien ausente es un puente que conduce a dos ideas centrales: se filma para la posteridad y se traza una genealogía entre mujeres para construir un espacio vedado de expresión (ante la lógica patriarcal, las convenciones sociales y las restricciones dictatoriales). Al mismo tiempo, y siguiendo la lógica del título, mirar las imágenes del pasado supone enfrentarse con extrañamiento a un espejo que no siempre devuelve claridad. “En esta película Isabel leerá tus diarios” dice la voz en off de la amiga chilena que se enfrenta a los materiales de esa otra mujer a la que evoca. Y con ello vuelve a plantear el gran desafío de gran parte del género en estas últimas décadas: cómo hacer público lo privado y que a su vez eso pueda ser interesante.

Si la película de Muñoz permite hablar del otro como una forma de exorcizar la tristeza, Mouth Harp in Minor Key: Hamid Naficy in/on Exile de Maryam Sepehri le cede la voz a Hamid Naficy, un historiador de cine que reside desde hace años en EE.UU., exiliado a causa de la Revolución Islámica. Más allá de la elocuencia de quien habla y del interés de su discurso íntimo, la experiencia individual es un móvil que conduce al sentimiento colectivo de miles de personas bajo la misma situación. Por supuesto que la directora no glorifica la tierra americana ni mucho menos, en todo caso queda claro que la censura implica sufrimiento. Se puede ser académico, tener éxito, pero la sensación de vivir de prestado y el desarraigo son cicatrices que se abren inmediatamente desde que el sujeto comienza a hablar. En este mundo quebrado, su voz trasciende lo personal.

Estas aperturas, dispersiones e hibridaciones discursivas que envuelven al documental en la actualidad acortan cada vez más las distancias entre el observador y lo observado, como si hoy más que nunca hubiese que consolidar un contacto fundado en la intimidad, una especie de pacto sagrado. La mirada de Marcos Magliavacca y Nahuel Lahora en 1996 Lucía y los cadáveres en la playa parece corresponderse con las amigas que eligen seguir en un viaje a Mar del Plata. Una de las jóvenes habla de las cosas que encuentra y junta en la calle, lo que asoma como metonimia del trabajo de un documentalista, capaz de preguntarse con múltiples medios qué es esa realidad que se registra y cuál es el mejor modo de hacerlo. En dicho ejercicio no cuenta la cuestión estética a la manera de una cadena de la cual hay que amarrarse. Las imágenes pueden desenfocarse, el empleo del tiempo no tiene por qué ser trascendente y todo está abierto al azar. Por eso, las experiencias de quienes registran y son registrados se funden en ese principio de indeterminación.

También puede pensarse lo anterior en Self Portrait: Sphinx In 47 Km de Zhang Menggi, pero un sentido inverso al de <1996 Lucía y los cadáveres en la playa. Aquí la cámara toma distancia, evalúa el grado de acercamiento y de exploración en relación a lo que observa. Por eso, el tratamiento con el tiempo es diferente: frente a la inmediatez y el corte predominan los planos generales, profundos, que parecen suspender toda idea de rapidez. Todo parece congelarse en las pequeñas historias de una aldea china donde el tren de carga del vértigo capitalista occidental no pasa.

Y si de indeterminaciones e hibridaciones hablamos, Trinta Lumes de Diana Toucedo confirma que los límites entre el documental y la ficción ya forman parte de una ilusión que, tal vez, ni deba discutirse (otro rasgo de actualidad genérica). Aldeas llenas de muertos conviviendo con los vivos en algún lugar de la Península Ibérica ofrecen un material apto para activar leyendas ancestrales, relatos orales y presencias espectrales. A diferencia de un filme como El proceso, historia de un golpe, Toucedo parte de una concepción arbitraria del montaje. A medida que se suceden las imágenes oníricas y se mezclan con lo cotidiano, hay una interrogación implícita sobre el valor del corte como principio constructivo. En efecto, ¿qué es lo que lo determina?, interrogante que podría extenderse a gran parte de la producción en el presente donde la omnipresencia de medios tecnológicos facilitan horas y horas de filmación.

En conclusión, y tal como se infiere de lo anterior, FIDBA continúa siendo una plataforma que excede el carácter de un muestrario de documentales. Por el contrario, traza un mapa variado y comprometido del género acorde a los tiempos que corren. Y eso es más que saludable. Es también un acto de resistencia.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail