Crítica: Familia Sumergida (2018), de Maria Alche

Familia Sumergida (Argentina / Brasil / Alemania / Noruega – 2018)

Dirección y Guion: Maria Alche / Fotografía: Helene Louvart / Música: Luciano Azzigotti / Montaje: Livia Serpa / Dirección de Arte: Mariela Rípodas / Producción: Bárbara Francisco / Coproductores: Tatiana Leite, Christoph Friedel, Turid Overseveen / Intérpretes: Mercedes Morán, Esteban Bigliardi, Marcelo Subiotto, Ia Arteta, Laila Maltz, Federico Sack / Duración: 91 minutos.

El cine irrumpe en nuestra vida, la de los espectadores, y le damos el espacio necesario para habitarnos mucho más allá de lo que podemos controlar. La obra se nos aparece y no pide permiso para sumergirnos en su mundo desconocido, su cotidiano extremadamente inquietante, su respirar incómodo de imágenes perturbadoramente bellas y lóbregas a la vez. Sentados en una butaca, atentos y en la penumbra podemos sentir que el discurrir de ese filme puede hasta ser táctil, como una envolvente experiencia física, o un viaje musical pero hecho de una sonoridad desnaturalizada invasiva; donde los planos son un país plagado de objetos que deambulan de lado a lado, y un escenario lleno de cosas muertas se nos hace más vívido que todo lo vivido antes de llegar ahí. Esos minutos los eternizamos pero a la vez la obra nos recuerda que lo que deseamos es efímero, y que también es fugaz lo que más tememos. Esta marca primera, caótica y cinematográfica es la que logra dejar en la piel y en la retina Familia sumergida la brillante ópera prima de María Alché.

Una historia que ya comienza “comenzada” (valga la redundancia), pues llegamos al relato a partir de lo que ya no está, de una muerte y de una ausencia donde el sujeto del duelo ya está fuera de campo y quedan en este mundo sus otros mundos: los de sus objetos y los de sus vínculos.

La protagonista es Marcela, una mujer de mediana edad , hermana de Rina la que ya no está presente. Marcela es ella, siempre en el foco: Marcela en su duelo, Marcela en su singular universo interior, Marcela y sus hijos, Marcela y su esposo, Marcela y sus vivencias cotidianas, esas que se superponen constantemente con las emociones más íntimas del personaje. En este filme sugestivo y femenino, el mundo objetivo y el mundo subjetivo no son posibles de separar, hay uno solo, todo uno y el mismo a la vez. Ese mundo es el de la mirada de Marcela que desarticula todo orden lógico binario: lo real y lo irreal de manera textual no existen por separado. La narrativa disloca la escisión entre lo que llamamos realidad e irrealidad, yuxtaponiendo los planos de ambas percepciones en un estado único en el que acontecen ambas al mismo tiempo como capas superpuestas de una idéntica escena viviente.

Esta distorsión fenomenológica está lograda de manera precisa. Delicadamente elaborada en cada detalle de la puesta propone con cuidada mano artística un trabajo de subjetivación en todo concepto y durante todo relato. El mundo cotidiano acontece con su textura gris y empastada hecha de esas cosas pequeñas de los días, esas cosas que parecen menores pero que invaden todo lo que viven los personajes. Especialmente aquí se nos presentan como un universo sumergido bajo un extrañamiento total, desnaturalizando toda impronta costumbrista clásica.

Eso ha sido logrado por varias aristas, entre ellas un guion adecuado para estas aguas y por otra parte un tratamiento sonoro no naturalista – hasta como si no fuera sincrónico – junto a un tratamiento de la imagen y el encuadre para nada estables, lejos de los modelos más deterministas, sin certezas ni ordenamientos fijos para la mirada del espectador. La cámara en mano durante casi todo el filme respira como si estuviera viva, dejando que en el cuadro entren y salgan objetos o personajes como quien atraviesa nuestros ojos sin asegurarnos ni de donde vienen ni hacia donde van. Las transiciones elípticas de escena a escena acentúan el fuera de campo, la incompletitud y la incertidumbre de la trama y de los efectos producidos por el uso puro del lenguaje.

Desde las ventanas las luces entran como machones blancos y finalmente el sol no es “el gran tranquilizador de los hombres”, porque bajo su luz prístina vemos las más ominosas de las escenas, las más disruptivas acciones en una serie de hipotéticas alucinaciones de la protagonista transitando su living donde todo, absolutamente todo puede suceder. Es un mundo ominoso, ya algunos submundos como el Lyncheano o el Marteliano nos han hecho andar esos caminos insondables donde se nos filtran fantasmas, entre los sonidos deformados y el borde de los encuadres filosos. Estos estados abominables se instalan en cada rincón del filme de Alché y son construidos como estadios que se cuelan por todos lados, donde lo insoportable domina la intimidad del personaje entre corte y corte, entre plano a plano.

Hay escenas enigmáticas que pueden quedar sin explicación lineal y allí subyace su encanto, una de ellas es la que Marcela – con lentes de sol y labios rojos fuego- desfila envuelta en un largo tapado mientras juega frente al espejo narrando un cuento, uno … (¿no importa cual?), que igualmente se repetirá en otro pasaje para volver a tomar sentido. En su primera aparición ese cuento suena lúdico y casi maternal en la narración oral susurrada por Marcela rodeada por los brazos de su hijo y las risas de sus hijas, en cambio en la segunda aparición es otro el corte que nos incomoda con imágenes fantasmáticas.

Una segunda situación, otra vez en el mismo living metamórfico, es una clase de química en la que su hijo y un amigo escuchan a la joven profesora atentamente, mientras el resto de los personajes miran, espían, se cuelan en la escena en donde nunca nadie es dueño total de sí mismo, ni de su espacio, ni de su privacidad. Un detalle de dos manchas, una azul y una roja, ilustran la reacción de dos gotas, una de propileno y otra de colorante. El detalle de la observación se centra en la reacción que ambas tienen entre sí, ya que se atraen inexorablemente, y pareciera que allí podemos armar una conjunción, un encuentro que nos de alguna certeza mayor que la existente entre otros vínculos. “Son dos gotas con distinta presión de vapor que van a buscar juntarse para poder tener una mayor estabilidad” afirma la profesora.

Marcela es el centro de un filme que funciona como un torbellino alrededor de sus ojos. Encarnada por una insuperable Mercedes Morán que le pone en cuerpo sin limites a este personaje íntimo, complejo y profundamente sensorial. Podríamos creer que la tocamos en decenas de planos como si su fuerza actoral y cinematográfica unidas, la dejaran a la luz hecha de gestos sutiles y pocas palabras y así, sin dudarlo, nos atravesara el cuerpo desde la pantalla. Es madre, esposa, hermana y amante si algunas definiciones clásicas le quisiéramos imbricar, pero no es obvia en estos lazos pues no los ilustra de manera nítida, sino que por el contrario nos llena de dudas cuando la vemos relacionarse. Con su marido actúa como si él fuera un extraño, o le fuera ajeno de alguna manera su cuerpo y su estar allí, mientras que conoce a un joven, a quien podríamos llamar “un extraño” con quién se vincula como si ese mundo le fuera más familiar.

Para desarmar esta pequeña obra iniciática hay que abrir la puerta del filme y sumergirnos en su pecera cinematográfica, intensa, llena de deseos, enredada por recuerdos y habitada por fantasmas que nadan como peces, donde la tela de las cortinas que tapan la luz del sol nos envolverán – como una crisálida- para soltarnos 90 minutos después luego de un laberíntico viaje interior.

Familia sumergida nos brinda un relato audaz, a pulso de puro riesgo estético, con una apuesta de gran fuerza narrativa, plena de sensorialidad, con garra emocional y precisa hondura intimista. Auguramos un futuro brillante para una nueva gran figura femenina del cine nacional contemporáneo.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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