Crítica: Yo niña (2018), de Natural Arpajou

Yo niña (Argentina – 2018)
MDQFest33: Competencia Argentina

Dirección, Guion: Natural Arpajou / Producción: Alejandro Israel / Fotografía: Pablo Parra / Montaje: Juan Pablo Docampo / Dirección de Arte: Marina Raggio / Sonido: Martín Grignaschi / Intérpretes: Esteban Lamothe, Andrea Carballo, Huenu Paz Paredes / Duración: 85 minutos.

APROPIARSE DE UNO MISMO

En un cielo celeste limpio, las diferentes alturas de las copas de los árboles se superponen en un tramado de tonos verdes, filtraciones de luz y sombras. Frente a tal vida pujante, la tierra aparece oscura y un tanto reseca en la gama de los marrones con diversas texturas como polvo, fragmentos de cortezas, suelo, ramas y los gruesos troncos que sostienen a los gigantes de arriba. En medio de ambas pulsiones, la pequeña Armonía suplica a través del walkie-talkie que la vayan a buscar reforzándose con un artefacto que intenta captar alguna señal. El pedido es acongojado, hacia el cielo y cargado de deseo, como si aquello familiar no se tratara más que de un mundo aparente a la espera de lo “verdadero”, un rito convertido en refugio para transitar los múltiples universos y el camino interior.

Para plasmar dicha complejidad, Natural Arpajou aborda dos grandes aspectos que se entrecruzan a lo largo del filme resignificándose en cada aparición. El primero tiene que ver con las construcciones ideológicas de los conceptos de naturaleza y ciudad de Julia y Pablo, padres de la niña. Según ellos, se tratan de dos espacios incompatibles, opuestos y generadores de cualidades definitorias de la sociedad. Mientras que la naturaleza se asocia con lo puro, con la convivencia, con lo primigenio, con los valores, con lo esencial, en fin, con la vida, la urbe encarna el mal, la podredumbre, el consumo desmedido, la alienación, el individualismo, lo destructivo, la barbarie, lo prefabricado, la cosificación, entre otros. La escena que grafica este pensamiento es aquella en la que uno de los compañeros de curso la lleva a la iglesia y le tira agua bendita simulando el bautismo, como si de esa manera le quitara el pecado de lo diferente y le brindara el don de encajar en un mundo regido por leyes de toda clase e imposiciones del deber ser. Más allá de crecer bajo dichas nociones, Armonía también las cuestiona. Por ejemplo, cuando le dice a Julia que quiere aprender las vocales que se enseñan en la escuela y no sólo aquellas que ella le instruyó o cuando la tía le regala una Barbie, la madre lo critica y ella la llama borracha. De hecho, el recorrido con la muñeca en una suerte de amor/odio plasma las contradicciones internas de la protagonista, quien siente que no termina de pertenecer a ningún sitio.

La otra cuestión se refiere a la identidad y al sentimiento de pertenencia. La pequeña jamás dice mamá o papá, sino que los llama por los nombres subrayando un alejamiento del vínculo. Julia en una oportunidad le pide que le diga mamá pero ella se rehúsa, mientras que todos los estados de ánimo ameritan a los intentos de contacto con otra realidad, con ese cielo radiante que se mantiene en silencio. Esa misma distancia se presenta en dos ocasiones más: por un lado, en el título Yo niña, como si la protagonista hablara en tercera persona de las sensaciones que transita otra persona pero que pasan por su punto de vista indefectiblemente; por otro, de la apropiación de los nombres. Ella es Armonía y responde a él pero cuando debe ser Nora en la escuela no se identifica, como si en la ciudad se tratara de una invitada que nunca termina de adaptarse a su funcionamiento o leyes, aunque tenga las facultades para hacerlo. Pero la misma pertenencia en la vida al aire libre se ve agitada hacia el final, donde todos los sostenes parecen quebrarse y sólo resta esperar alguna señal.

Si bien la película se construye de forma sólida a través de un tono interesante con matices humorísticos y un espectacular trabajo de Huenu Paz Paredes, propone demasiados cambios abruptos en poco tiempo, sin que los espectadores o, incluso, los personajes terminen de procesarlos y actuar acorde a ellos. Entonces, se convierten en una seguidilla de acciones complejas, crueles o irónicas por momentos, atrayentes pero que se suceden sin profundizarse en su totalidad.

Las pulsiones se enfrentan en el bosque mientras ella, equipada con su walkie-talkie y artefacto, busca captar alguna frecuencia para hacer oír el mensaje: la necesidad de aprender a apropiarse de sus sentimientos, experiencias y nociones sobre la vida y el mundo, en sí, adueñarse de su propia esencia.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

65%
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