Crítica: Esa mujer (2018), de Jia Zhangke

Esa mujer / Ash is purest White / Jiang hu er nv (China – 2018)
Cannes 2018: Competencia Internacional
MDQFest33: Panorama – Autores

Dirección y Guion: Jia Zhangke / Producción: Shozo Ichiyama / Fotografía: Eric Gautier / Montaje: Matthieu Laclau, Lin Xudong / Dirección de Arte: Liu Weixin / Música: Lim Giong / Intérpretes: Zhao Tao, Liao Fan, Xu Zheng, Casper Liang / Duración: 141 minutos.

Zhangke es un director capaz de tomar un género tan paradigmático como el cine de gángsteres para el universo masculino y convertirlo en la historia de una mujer que arrasa con toda la fuerza dramática un mundo hecho de hombres. Obviamente constituyendo un universo moral en la feminidad que lejos está de cualquier panfleto de género. El eje de estos mundos posibles de Zhangke giran en torno a una mujer y en especial a su actriz fetiche, la bella y la enorme Zhao Tao.

Hay una particular manera de crear el trazado histórico en este filme que discurre en su tiempo diegético a lo largo de 18 años. Pero ese tiempo es también el tiempo real en el que la película fue filmada, casi 20 años de realidad generando entonces dos tiempos que se unen en uno solo, la ficción absorbe el tiempo de la realidad y permite captar como el mundo cambia, muta, se transforma.

La historia de China es la historia del cine de Zhangke, su narración es un espejo rugoso donde podemos ver las problemáticas del avance abrumador de la industrialización, la urbanización, el proletariado y los movimientos socio políticos que eso implica describiendo así a la abrumadora China actual. Este espejo del mundo también funciona como un doble relato en relación a la trama vincular que es la trama emocional del filme, un moderno de melodrama de corte intelectual para terminar de sumar capas a esta narración en la que se cruzan varias diagonales de género. Léase intelectual como aquello que se inscribe en la narración con una fuerte reflexiva puesta tanto en su arquitectura narrativa como en sus diálogos, y la elaborada construcción multidimensional de sus personajes. Por ende no infiero por la idea de intelectual a una impostura narrativa sino a una enorme capacidad de genuina elaboración discursiva.

La historia se sitúa en el año 2001, donde nuestra protagonista la joven Qiao es la enamorada del cabecilla de la mafia local, Bin. Viven en ese mundo de dinero fácil, bailes, tragos y pactos de negocios turbios. Pero nada nos parece sancionable pues se nos muestra sin una mirada moralizadora. Un día Bin y Qiao son atacados por una pandilla, y estando él al borde de la muerte es salvado por nuestra heroína que dispara sin vacilaciones para rescatarlo. La consecuencia de ese acto de amor es la prisión para la joven, que por varios años vive en el encierro. Tras cumplir su condena va en busca de Bin de quién jamás ha tenido noticias.

Evidenciar como sigue el relato argumental traiciona un poco el espíritu de la película. La construcción del personaje de Qiao es un lujo de caracterización. El espectador está en manos de Zhao Tao, pues vive a través de su rostro cómo la vida misma pasa, la atraviesa, y la vemos transformarse, pasando de ser una joven fuerte de la mafia a perfilar en una mujer ascética y dura, castigada por la soledad y el desamor.

Los diálogos entre ella y Bin encierran una complejidad emocional apabullante, así como los momentos de Qiao con otro hombre al que conoce fugazmente pero con el que en pocas líneas se genera un subtexto profundo y existencial. La pluma filosófica de Zhangke es digna de un estudio minucioso y atento pues es al mismo tiempo tan abstracto como humano.

Todo este mundo íntimo está sumergido en ese contexto social de transformación permanente, un proceso de destrucción y deterioro sobre aspectos claves de la sociedad China dejando a la vista como funciona la paradojal meta del progreso que pone en situaciones críticas a muchos sectores de la sociedad, especialmente al mundo del proletariado. Por eso este relato comienza en el 2001 y culmina en el 2018 atravesando un gran arco histórico de la vida capitalista oriental.

No es accidental ni caprichoso que Zhangke haya sido premiado en grandes Festival como Venecia, Berlín (donde fue descubierto antes de ser uno de los primeros ganadores del BAFICI) y Cannes por varias de sus magistrales películas. En este caso con Ash is purest White (acá conocida con el sencillo nombre de Esa mujer) compitiendo por la Palma de Oro deja claro que su cine excede las rúbricas tradicionales, las normas previsibles y especialmente cualquier banalidad de las modas.

Este es un gran filme de un gran cineasta, parte esencial de la historia del cine oriental. Esta es otra de sus huellas, una marca más de la historia de su patria tan compleja y tormentosa, brillante y poderosa como su cine.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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