Crítica: La vida secreta de las mascotas 2 (2019), de Chris Renaud

La vida secreta de las mascotas 2 / The Secret Life of Pets 2 (Estados Unidos – 2019)

Dirección: Chris Renaud / Co dirección: Jonathan del Val / Guion: Brian Lynch / Producción: Janet Healy, Christopher Meledandri / Voces: Patton Oswalt, Jenny Slate, Harrison Ford, Tiffany Haddish, Kevin Hart, Ellie Kemper / Duración: 86 minutos.

AVENTURAS INTERCALADAS

La vida secreta de las mascotas 2 comienza como su antecesora. Una vista aérea de la ciudad, los colores verdes, anaranjados y ocres de las copas de los árboles, los rayos de sol, el mundo en movimiento y la fuerte sensación de Max de que la vida no puede ser más perfecta. Hasta que alguien irrumpe en la maravillosa rutina. Antes fue el arribo de Duke y la rivalidad entre ambos por la atención de Katie; ahora es la llegada de Liam, hijo de ella y su esposo después de lo que parece una feliz convivencia entre los cuatro. Allí radica la gran diferencia de ambos filmes. Mientras que en el del 2016 se centra en la pelea de los perros sostenida por los grupos diversos de mascotas del vecindario y aquellos que buscan vengarse de los humanos con un despliegue de los dueños en segundo plano, la entrega actual propone una estructura tripartita sin protagonistas exclusivos, más presencia humana y con un funcionamiento paralelo hasta que se amalgaman al final. El inicio de cada relato pone en entredicho a los animales con los espacios, donde participan personajes nuevos, algunos de ellos sólo funcionales a dicho fragmento, en un sistema de cajas chinas hacia un desenlace unificador en sintonía con la apuesta pasada: la escapada de la familia a la granja, la primera aventura de Snowball como superhéroe para salvar a un cachorro de tigre blanco del dueño de un circo y la recuperación del juguete favorito de Max a cargo de Gidget y Chloe.

Si la primera postulaba un incidente que rompía con la vida hogareña así como el amor incondicional entre mascotas y dueños, el último trabajo de Chris Renaud apela por el instinto primigenio que asoma en instancias extremas y las más diversas manifestaciones de lo salvaje, a pesar de la domesticación. Cada una de las narrativas busca ahondar, aunque no sea con mucha profundidad, en características puntuales como la supervivencia y el coraje en ambientes adversos, el rescate del maltrato o la búsqueda de la pertenencia. Tal vez, los ensayos de la perra blanca para adquirir los rasgos más sobresalientes de los gatos sea una de las escenas más interesantes de toda la película, donde salen a relucir las diferencias entre las especies como la fascinación por las pelotas o puntos de luz, las caídas en cuatro patas o los movimientos por los espacios. Por el contrario, los otros dos, sobre todo, la aventura de Snowball y Daisy repiten esquemas conocidos y elaborados previamente.

Esta segunda parte resulta mucho más correcta, menos cómica y, por momentos, monótona hasta el punto de convertir a los personajes ya conocidos en estereotipos exagerados de sí mismos, mientras que los nuevos se limitan a cumplir roles en sus respectivos fragmentos o a interactuar, de manera débil, con el conjunto. Gallardo le enseña a Max a afrontar los recurrentes miedos en pos de experimentar el contacto con la naturaleza, la libertad y el quiebre con la rutina urbana; el conejo que en la primera era sanguinario, acá se atemoriza al enfrentarse con lobos y un mono pero después se jacta del trabajo en conjunto con la perrita o Chloe que despierta con violencia a la dueña hasta vomitarle una bola de pelos. Una secuela que busca jugar con la forma, con la temporalidad y el pasaje entre historias pero que carece de chispa desde la individuación, el nexo entre los personajes y el desarrollo de cada aventura en particular. Un combo que se lanza hacia los instintos más arraigados pero que parece olvidarlos en el producto final.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

60%
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