Crítica: Manchester junto al mar (2016), de Kenneth Lonergan

Manchester junto al mar / Manchester by the sea (Estados Unidos – 2016)

Guion y dirección: Kenneth Lonergan / Fotografía: Jody Lee Lipes / Música: Lesley Barber / Edición: Jennifer Lame / Diseño de producción: Ruth De Jong / Intérpretes: Casey Affleck, Michelle Williams, Kyle Chandler, Lucas Hedges / Duración: 137 minutos.

LA DESAZÓN SUPREMA

Hay una dimensión individual que atraviesa la película de Lonergan y que está contenida en el profundo dolor que se imprime en el rostro y el cansino movimiento del protagonista excelentemente interpretado por Casey Affleck, un ser en estado lacónico, suspendido en el tiempo y estancado como el lugar en el que le toca vivir. La principal paradoja es la del que debe impregnar de vida a un sujeto sin vida, y en cuya coraza corporal se cuela el dolor por todos los costados. La historia es pesada, sin embargo, en un momento donde el golpe bajo cotiza en bolsa y se apela al efectismo como principal moneda, el director acertadamente opta por una estructura fragmentada que no descuida la atención sobre el derrotero argumental y, al mismo tiempo, facilita que todo esto no se transforme en algo insoportable de ver.

En Manchester junto al mar ocurre un terrible accidente, de esos que no admiten reparación y solo hacen posible una existencia de espectro viviente. Tales son los movimientos de Affleck con sus manos en los bolsillos, a menos que un rapto de violencia aflore como antídoto ante la desesperación. Su familia ha quedado disgregada y un nuevo desafío surge con la virtual adopción del sobrino, hecho que hubiera funcionado a la perfección para ese tipo de historias de redención lumínica y de superación a la que apuestan frecuentemente los estudios, pero que aquí permanece lejos de tal decisión. El hecho en cuestión será la excusa para otra historia donde se expone un dilema ético (como decía Piglia: un cuento siempre cuenta dos historias) en el que queda expuesto el sobrehumano esfuerzo del personaje por desligarse de la responsabilidad más allá del profundo deseo. En esa disyuntiva se construye el pilar del filme, puntuado por la operística música que oficia a modo de réquiem. Y es una desazón que se difumina y que cada personaje canaliza como puede, como si formaran parte de un mismo juego. Por eso es notable también la intervención de Michelle Williams  como la ex mujer del protagonista. Si bien la lógica del filme es masculina (no en un sentido misógino, sino como un código de protección frente a la adversidad y las contingencias de un espacio alejado del progreso y del sueño americano), las mujeres tienen sus conflictos y una de las grandes escenas del filme la protagoniza esta chica, en una conmovedora entrega de dolor atravesado (nótese todo el diálogo con Lee, su ex marido).

Los motivos del accidente no constituyen un dato menor. Y aquí se habilita la otra dimensión de la película, la colectiva. Más allá del drama emocional, está el otro drama, que es el que cobija a quienes quedan afuera del sueño neoliberal, un derrumbe social que atraviesa la historia. Sin gritar discursos y con matices aportados por las mismas imágenes naturales (ay, esa nieve abrumadora), existe un núcleo familiar partido en pedazos cuyas raíces hay que buscarla en un espacio alejado, olvidado, con personajes laterales neuróticos (nótese al respecto la secuencia inicial) que forman parte de lo que ya hoy se ha transformado en una etiqueta: la América profunda. El mejor escape, el mejor sueño, es navegar, uno de los pocos instantes de legítima y real felicidad de la película.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

80%
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