Locarno: M (2018), de Yolande Zauberman

M (Francia – 2018)
Locarno 2018: Concorso Internazionale – Premio Especial del Jurado

Dirección y Guion: Yolande Zauberman / Producción: Charles Gillibert / Coproducción: Yolande Zauberman, Fabrice Bigio / Montaje: Raphaël Lefèvre / Sonido: Sélim Nassib / Duración: 105 minutos.

Un joven camina por la playa mientras entona una canción en yiddish. Inmediatamente se presenta a cámara: “Yo era Menahem Lang, un niño cantante. Fui un chico porno. No sé cómo decirlo en hebreo. Así como en el ejército hay chicas para que los soldados se entretengan, yo fui un chico para que otros hombres se diviertan”. Dos venenos son conjugados en una misma voz y en un mismo cuerpo: las sombras terribles de la tradición ultraortodoxa y el abuso. El registro de la situación escapa a la complicidad estética con el espectador. No hace falta dada la naturaleza del tema. ¿Y qué hace distinto al documental de Yolande Zauberman (colaboradora del cineasta Amos Gitaï) respecto de otras incursiones similares? El alejamiento del morbo sensacionalista y del impacto mediático. El objetivo es ir a la raíz del problema (con anestesia, como cuando se combate una muela, es cierto), volver a la escena y encarar las más rancias prácticas religiosas y sus oscuras maniobras. Sin embargo, el enfoque es novedoso, porque el mismo protagonista asume la tarea desde un lugar de víctima (no victimizado) y en todo caso, para salvar a otros.

En este periplo, la realizadora acompaña como una más, enfocando/desenfocando, pero manteniendo al mismo tiempo una mirada de enrarecimiento y un acercamiento casero capaz de aliviar el pesado lastre de los testimonios. No hay voluntad didáctica ni demonización; sí una búsqueda de entendimiento y una interpelación en el corazón mismo de los rituales más conservadores del judaísmo en la comunidad de Beni Brak, capital de los haredi, la misma caparazón en la que Menahem permaneció y aguantó hasta los veinte años cuando decidió contar su secreto y afrontar su sexualidad. Llamativos y escalofriantes serán entonces aquellos pasajes donde preste su oído a varios miembros hablando de sus creencias y de cómo repercuten en sus vidas cotidianas. Pero más siniestro aún, será enterarnos de la hipocresía reinante, sobre todo en una charla donde el protagonista habla con franqueza a sus padres de los abusos padecidos y estos cuentan una historia turbia que involucra al hermano. Terrible segmento que, aunque despojado de dramatismo, congela la existencia.

Lo anterior es propio de una poética de contrastes donde la extraña alegría y las ganas de vivir de Menahem atenúan los dolorosos discursos. El movimiento catártico que sostiene no le impide perder el cariño por los suyos, lo que acaso constituya en nuestra percepción un síndrome de Estocolmo difícil de asimilar. No obstante, es una parte más de la riqueza y de la ambigüedad de un documental que elude los lugares comunes y no resigna, más allá de su posición ética, su condición liberadora, tanto temática como formal.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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