MDQ31: Nunca vas a estar solo (2016), de Alex Anwandter

Nunca vas a estar solo, de Alex Anwandter (Chile – 2016)
Festivales: Berlín (Panorama; Teddy Award: Premio Especial del Jurado), Guadalajara, Seattle (Mejor Película Iberoamericana), Karlovy Vary (Another View), Mostra Fire, Tel Aviv LGBT Film Festival (Mejor filme narrativo).

Dirección y Guion: Alex Anwandter / Producción: Isabel Orellana Guarello / Fotografía: Matías Illanes / Edición: Felipe Gálvez, Alex Anwandter / Dirección de Arte: Andrea Contreras / Intérpretes: Sergio Hernández, Andrew Bargsted, Gabriela Hernández, Astrid Roldán, Edgardo Bruna, Antonia Zegers / Duración: 80 minutos

El filme de Anwandter fue premiado en el último Festival de Berlín en el que participó dentro de la sección Panorama. Esto puede decir mucho o poco. En el caso de Berlín nunca hay garantía de que los galardones se correspondan con los merecimientos, sin embargo las muestras paralelas a la competencia oficial suelen contener el material más valioso y atendible. Al mismo tiempo, es una buena plataforma para el cine latinoamericano dentro del cual las producciones chilenas se posicionan con mucha fuerza.

Nunca vas a estar solo narra una historia fuerte, de alto impacto emocional, aunque los desbordes sentimentales están contenidos y la procesión va por dentro. Está centrada en la relación de un padre y un hijo gay. Después de que éste es salvajemente golpeado por un grupo de jóvenes homofóbicos, Juan,  agente retirado de una fábrica de maniquíes, luchará entre pagar los gastos de su hijo o intentar ser socio de la empresa. Andwanter trabaja el vínculo familiar alternadamente y transfiriendo las actividades de cada uno a su personalidad. El padre es frío y estático como los maniquíes con los que ha convivido toda su vida en contraposición al deseo del hijo, manifestado en sus encierros para travestirse y cantar algunos boleros. Los actos privados instauran una brecha insalvable sostenida en el secreto y en la vergüenza por no ser aceptados como tales. Hay una doble imposibilidad que la película entrelaza: la social y la económica. A ambos personajes se los come el sistema y no pueden dar “el gran salto” que los saque de sus máscaras de resignación (el padre) y de contención sexual (el hijo). La mirada sobre un Chile que no se conoce es la principal virtud de la película; la ciudad nunca pasa de una mirada gris, somnolienta, producto de una realidad opresada por la rutina y las dificultades diarias. El país aparenta estar recluido en esos interiores oscuros y exteriores de amenaza latente. Cuando el director abandona este horizonte, vuelve sobre el montaje alternado y subraya demasiado. Por ejemplo, inmediatamente a la escena del ataque aparece la fábrica con los maniquíes en perfecto estado para marcar el obvio contraste con el cuerpo ultrajado de Pablo.

También la hipocresía social contribuye a encubrir. Félix, el chico que tiene relaciones con Juan, será partícipe luego de la brutal golpiza. Tal vez sea éste el punto más estimulante en la medida en que marca el sentimiento colectivo de un país donde el clasismo es evidente y por ende detrás viene una cadena de gestos discriminatorios o conductas reprimidas que están a la orden del día. La violencia, más allá de lo explícito, se manifiesta psicológica y verbalmente.  El padre, que reitera el discurso homofóbico social, dice que su labor consiste en evitar que los maniquíes salgan fallados, metonimia de la condición sexual de Pablo, al cual nunca aceptaría como gay. De todos modos, la historia toma un giro atendible desde el momento en que la filiación paterna y la necesidad económica se unen ambiguamente para que el padre inicie una cruzada en busca de justicia. Hay que pagar las cirugías y como consecuencia, hay que enfrentar a un aparato burocrático letal. ¿Qué lo motiva a conseguir ese propósito? La respuesta no nos es dada y constituye un signo inteligente porque Juan, si bien empieza a explorar el mundo de su hijo, nunca termina por aceptarlo. Lo que sí tiene en claro es que debe pedir plata, siempre con la misma campera marrón que señala su estancamiento y mansedumbre en un sistema que, entre otros inconvenientes, aniquila la jubilación de los trabajadores a raíz del manejo de empresas privadas. Todo el último tramo se juega en dos postales significativas: el cuerpo de Pablo  castigado en la clínica y el del padre, cansado ante un cuerpo político y social que no responde: no hay dinero para solventar los gastos y no hay cárcel para los agresores (la homofobia no se condena). Lo que queda es un infierno cotidiano de cortinas rojas y de boleros distantes puertas adentro mientras afuera se sigue negando. En esta dirección, Anwandter parece querer despertarnos. Y no está mal.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

 

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