Crítica: Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (2019), de José Luis Torres Leiva

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Chile / Argentina / Alemania – 2019)
Estreno en la plataforma Puentes de Cine.

Dirección y Guion: José Luis Torres Leiva / Producción: Catalina Vergara / Fotografía: Cristian Soto / Montaje: Andrea Chignoli, José Luis Torres Leiva / Intérpretes: Amparo Noguera, Julieta Figueroa, Nona Fernández, Ignacio Agüero, Edgardo Castro, Belén Herrara / Duración: 88 minutos.

Un plano cerrado. Un beso, la caricia de dos mujeres. Lo primero es el afecto y hay que salvar eso, rescatarlo, capturarlo, sobre todo para enfrentar lo que viene y que ya anuncia el verso de Cesare Pavese en el título. Se puede estar un bar, hacer un karaoke con un tema de Virus, pero lo importante es la mirada, ese vínculo primordial en la comunicación de dos cuerpos que se saben sin necesidad de hablarse. Luego, los planos se abren. Una de ellas llora y un hombre se acerca. Es una forma de recuperarse en medio del dolor y se trata de una buena decisión para no repetir el regodeo a través del detalle, visible en tantas películas de temática similar. Además, que un hombre aparezca con un dejo de ternura y no represente una amenaza, hasta parece un pequeño milagro en el presente.

Una cuestión central pasa por cómo captar el tiempo durante una enfermedad, sin embargo, lejos se encuentra esto de una voluntad por supeditar la historia a un conflicto central. Para ello, aparecen momentos encapsulados, intensamente poéticos, producto de un registro cuya búsqueda se materializa en la percepción misma de un tiempo agónico. Y allí entran en juego los gestos de acompañamiento (muy diferentes a las intenciones de ahogar al otro con una almohada en clave europea). Del mismo modo que Ana permanece al lado de María sin abrumar, nosotros podemos aceptar el desafío de residir en esa intimidad con la paciencia que se requiere y así evitar la tentación del ruido gratuito o de la pirotecnia verbal. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos invita a la caricia.

Ciertas digresiones donde una de las protagonistas acaso sueñe despierta se transforma en un bálsamo, el de la ficción, capaz de neutralizar el dilema interior. Hay un ritmo, una cadencia donde se invocan versos que pueden ser decodificados a través de imágenes, como si compartieran un mismo corazón. Es el cine que susurra, el de una cámara que alterna cuerpos y partes de cuerpos. Unas para mirarse, otras para sentirlas. Y sostener las miradas es la forma de diálogo propuesta. De vez en cuando se escucha Te amo, perdona, y es la punta del iceberg en una situación en la que se lidia con el miedo (incluso un miedo que no solo es corporal, sino que viene de antes, de la dictadura).

La secuencia final con la canción que reza “En el amor todo es empezar”, bailada por unas chicas jóvenes hay un respiro, una esperanza política y corporal, un modo de comunión que habilita un nuevo comienzo o una posible continuidad.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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