Crítica: Van Gogh, en la puerta de la eternidad

Van Gogh: en la puerta de la eternidad / At Eternity’s Gate (Irlanda / Suiza / Reino Unido / Francia / Estados Unidos – 2018)

Dirección: Julian Schnabel / Guion: Jean-Claude Carrière, Julian Schnabel, Louise Kugelberg / Producción: Jon Kilik / Música: Tatiana Lisovkaia / Fotografía: Benoît Delhomme / Montaje: Louise Kugelberg, Julian Schnabel / Diseño de Producción: Stéphane Cressend / Intérpretes: Willem Dafoe, Rupert Friend, Oscar Isaac, Mads Mikkelsen, Mathieu Amalric, Emmanuelle Seigner, Niels Arestrup, Anne Consigny, Amira Casar / Duración: 111 minutos.

ETERNIDAD LIGERA

Se sienta con la mirada perdida en un horizonte inabarcable de amarillos, verdes, naranjas, azules y celestes. Corre entre los pastizales para sentir la brisa y aspirar ese ambiente casi mágico. Se acuesta en el suelo con los ojos cerrados, sube la mano y deja caer, de a poco, la tierra sobre la cara como una forma de apropiarse de la naturaleza, de las sensaciones y completar la experiencia sobre el lienzo. Eso busca emular Julian Schnabel con la cámara, volverlo su instrumento artístico. Primero desde la subjetiva expone unos paisajes maravillosos con la promesa de un recorrido exhaustivo entre la vegetación, alguna cascada, las copas de los árboles o la textura de los troncos y los resquicios más solitarios. Luego, exhibe varios recursos como vaivenes o tomas fijas en primer plano de los rostros, el movimiento permanente o en mano, la caminata como motivo temporal o el juego entre luces y sombras. Todos ellos pretenden no sólo rendirle culto a Vincent van Gogh, sino también amalgamarse con sus tormentos y estados febriles. Sin embargo, no hacen más que evidenciar que el tema actúa como mera excusa y la prioridad es mostrar cierto virtuosismo y punto de vista personal.

Existe un fuerte contraste en la puesta en escena. Mientras explora con detenimiento la belleza natural, detalles, florecimientos, contraste de colores, variaciones climáticas y lo inconmensurable del espacio frente a los humanos como los campos o esa suerte de iglesia /monumento en ruinas donde Paul Gauguin le confiesa su partida de Arles, se contiene en los interiores como el bar, la habitación o el psiquiátrico con planos más cerrados –asfixiantes por momentos– o zoom in en tonos más oscuros, como si la presencia de otras personas oprimiera el cuadro o lo volviera incómodo, al igual que los gestos o miradas que los personajes le devuelven. El vínculo entre hermanos también resulta distante, correcto, en lugar de protector y amoroso. Además, el uso de la música y los fundidos a negro con cortes repentinos tampoco le otorgan un carácter orgánico ni ritmo; por el contrario, se presentan como quiebres caprichosos e intentos vanos de dramatismo que no terminan de explotar y entorpecen el despliegue visual.

Ocurre algo similar en la construcción narrativa de Van Gogh: en la puerta de la eternidad. Al comienzo surge la necesidad de explayar el contexto artístico para argumentar el recorte del relato y los recursos técnicos, es decir, el impulso de una comunidad, de nuevas miradas, concepciones, técnicas y modos de producción, mercado y exhibición ante un público fragmentado e ideas efervescentes. Sin embargo, esa búsqueda se torna inconsistente y peca de ambiciosa. En principio por la falta de armonía entre un inicio con más desarrollo, rico en lo visual y pausado –tal vez en exceso– y un final abrupto valiéndose del fuera de campo como si no pudiera sostener sus elecciones. En sintonía con esto, Schnabel condensa datos y cartas con teorías e impresiones. Apuesta, por ejemplo, por el homicidio como causa de muerte legítima –por ahora sólo una posibilidad– pero no acompaña su decisión desde lo visual con escenas difusas, fragmentadas y distantes. También un realce, a veces, arbitrario del nexo de admiración entre ambos pintores y un despliegue bastante tenue de la pelea en Arles que los distancia. Un Gauguin contradictorio que busca libertad sin ataduras comerciales pero que termina rindiéndose a ellas cuando su reputación queda establecida o cierta reivindicación con el pedido de una obra o la carta de los créditos, donde detalla el encanto del holandés por el amarillo y destaca su manera de ver el mundo.

Por último, un vínculo forzado o excesivo con el término eternidad abordado desde la trascendencia, es decir, de la perennidad de la belleza, juventud y estilo por sobre el contenido en sí y la analogía un tanto desatinada entre el artista y Jesús ya que ambos fueron desconocidos e incomprendidos en su época, por cierta forma de ver el mundo y, tal vez, una creencia o admiración posterior. De esta forma, el director termina por imponer su perspectiva y búsqueda por sobre la vida de van Gogh, quien queda reducido a un buscador de belleza, a un niño atormentado que pierde la consciencia de sí, a alguien criticado por sus obras, colores, mirada y métodos carente de peso en su propia historia. Un artista abandonado hasta por quien pretende rendirle tributo.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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