Crítica: Una segunda oportunidad (2014), de Susanne Bier

Una segunda oportunidad / En chance til (Dinamarca – 2014)

Dirección: Susanne Bier / Guion: Anders Thomas Jensen / Producción: Sisse Graum Jørgensen / Música: Johan Söderqvist / Fotografía: Michael Snyman / Montaje: Pernille Bech Christensen / Intérpretes: Nikolaj Coster-Waldau, Ulrich Thomsen, Maria Bonnevie, Nikolaj Lie Kaas, Lykke May Andersen / Duración: 105 minutos.

LA EXTRAÑEZA DEL ESTEREOTIPO

En un primer acercamiento de Una segunda oportunidad (En chance til), una de las cuestiones que priman parecería ser el aspecto moral. ¿Hasta dónde se construyen los límites? ¿A partir de qué acciones las líneas divisorias se vuelven determinantes? ¿Quién tiene la autoridad para acreditarlo? Estas posiciones se refuerzan con el trazado de estereotipos en los personajes: ambos policías como entidades inquebrantables y justicieras; una esposa feliz por su reciente maternidad, luego de varias dificultades para quedar embarazada y una pareja de drogadictos donde, por un lado, el hombre es un golpeador y, por el otro, la mujer debe someterse a él y al descuido de su pequeño bebé para evitar recibir golpes.

Incluso, dentro de esas determinaciones se pueden explorar otros rasgos que refuerzan los estereotipos: Andreas no sólo es un policía recto, sino que, pareciera tener la vida perfecta: después de tanto intentarlo disfruta junto a su esposa Anna del bebé y de su tiempo en el hogar. Por el contrario, Tristán y Sanne viven en un pequeño departamento revuelto, casi sin muebles, donde lo único que abunda son las huellas de la droga – tanto en objetos del espacio como en los propios cuerpos – y de la violencia, mientras que el bebé siempre está entre bultos de ropa en el baño cubierto por sus propios desechos.

Pero en una segunda aproximación se produce un corrimiento desde aquello que simulaba ser el centro y lo que la directora danesa Susanne Bier propone como eje. En consecuencia, ya no se trata de la moralidad comprendida como la diferenciación entre lo bueno y malo ni tampoco el borde entre esas fronteras. Más bien, la propuesta se enfoca en la ambigüedad dentro de lo moral y en sus matices. Por tal motivo, aquellos prototipos tan delineados al comienzo empiezan a desdibujarse, a habilitar otros rasgos más ocultos o sugeridos que se van decapando a lo largo de la trama y que juegan con la construcción de las identidades.

De esta forma, si bien Andreas desempeña de forma correcta su labor, también realiza una acción que lo condiciona como policía y como hombre; Simón, su compañero, se ve afectado por el divorcio y la poca comunicación con su hijo y se inclina por la bebida; Anna exhibe sus trastornos; Sanne no sabe cómo escapar a esa vida miserable ni cómo hacerse cargo de su hijo mientras Tristán hace cualquier cosa para evitar una nueva condena.

La introducción de lo ambiguo está ligada a la incorporación del efecto dramático – activado por un hecho límite – que si bien por momentos se subraya, por otros se vuelve frío y distante. Si bien es cierto que Una segunda oportunidad funciona dentro de este universo con una fuerte impronta de lo oculto y su descubrimiento asociado a una tensión del drama, el efecto que provoca la película es el contrario: se sitúa más bien como un eco que se diluye después de su primera forma, que se repliega sobre su base pero cada vez con menos energía. La extrañeza frente a esos posibles y el interés inicial despierto por la complejidad y la develación termina por convertirse en algo repetido, agotado; los matices se cubren de sus propios descartes en el furor de una revelación desgastante y aislada de unos estereotipos ahora desconocidos entre sí.

Por Brenda Caletti
redaccion@cineramaplus.com.ar

 

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