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Crítica: Tormentero (2017), de Rubén Imaz

Tormentero (México / Colombia / República Dominicana – 2017)
MDQFEST32: Competencia latinoamericana

Dirección: Rubén Imaz / Guion: Fernando del Razo, Rubén Imaz / Fotografía: Gerardo Barroso Alcalá / Montaje: Israel Cárdenas, Rubén Imaz / Sonido: José Miguel Enríquez / Música: Galo Durán, Camilo Plaza Giraldo / Producción: Julio Bárcenas, Rubén Imaz, Gerylee Polanco Uribe, Oscar Ruiz Navia, Laura Amelia Guzmán, Israel Cárdenas / Intérpretes: José Carlos Ruiz, Gabino Rodríguez, Mónica Jiménez, Rosa Márquez, Waldo Facco, Nelly Valencia, Ausencio Valencia, Leo Verdejo / Duración: 80 minutos.

La trama de esta historia y su personaje protagónico están inspirados en un hecho real. Aquella historia fue la de un veterano pescador que descubrió en una de las costas de México un yacimiento de petróleo. Podríamos imaginar que sería la historia de una suerte de héroe o de un hombre que se hace rico, pero lejos de esa literaria fantasía se impuso la realidad. Las mega empresas que se instalaron a explotar el yacimiento transformaron ese paraíso en una suerte de horrible páramo industrial. A nuestro descubridor ni lo premiaron ni lo condecoraron, apenas hay hoy una humilde lápida casi invisible en el cementerio de aquellos pagos. Dicen que envejeció alcohólico, solo y fue enloqueciendo poco a poco hasta morir.

El cuarto filme de Rubén Imaz toma este material como disparador y arma un mundo de capas ficcionales sobre un fragmento de la vida de este personaje, ahora llamado “Don Rome”, ya envuelto en la vejez, el alcohol y haciendo un espejo en la idea de la pérdida de la cordura con la permanente situación de estar sumergido en un extraño mundo superpuesto al tangible, al real, que es el universo de los sueños. Pero la vida onírica no es solo la vía para la consumación feliz y consagrada de nuestras frustraciones, fracasos y deseos truncos, sino que aquí es ante todo una pesadilla.

Inexplicables los pasajes de un espacio/tiempo a otro lo que empuja es lo “ausente”, y el deseo que aún palpita entre tanta muerte. Hijos que aparecen y desparecen, personas que parecen vivas pero no podríamos saber cuán reales o irreales son, o si tan solo habitan en el alma de Don Rome.

Y la naturaleza hace su trabajo dual, es bella y generosa como en esos cielos pintados y esos horizontes de agua y aire, donde vemos una caseta al pie de un muelle que se repite a lo largo de todo el filme. A lo lejos y a contrapunto de la imagen, de lo natural como puro, se imponen las torres que extraen petróleo e intoxican las aguas claras donde las ostras más deseadas de comer pueden ser un veneno mortal.

Y después la naturaleza como espacio en el hogar, allá en la casa, al fondo. Un juntadero de basura, desechos, cosas que se pudren, que es ese costado de vida y muerte que tiene lo natural: la putrefacción como parte del proceso de las cosas.

La imagen de un gran árbol de cocos en el medio de la soledad del lugar, sobre el basural y el silencio de las borracheras, deja caer sus cocos maduros haciendo un sonido a golpe seco que aturde. Caen preparados para florecer o para pudrirse en el olvido.

El sueño, el deseo, la muerte y el olvido son los temas que esta película aborda con audacia y sin piedad.

Por Victoria Leven
@victorialeven

70%
  • Nuestro Puntaje
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