Crítica: Telma, el cine y el soldado (2022), de Brenda Taubin

Telma, el cine y el soldado (Argentina – 2022)

Dirección: Brenda Taubin / Guion: Brenda Taubin, Mariano Pozzi / Producción: Carolina M. Fernández, Jorge Leandro Colás / Fotografía: Aylén López / Edición: Karina Expósito / Diseño de Arte: Noelia Volpe / Sonido: Carlos Olmedo / Música: Francisco Seoane / Intérpretes: Telma D’andrea, Liliana Vázquez, Ernesto Antonio Gulla, Alicia Rubio, Elena Sosa / Duración: 79 minutos.

Hay un principio ético que anima a las películas que produce Salamanca y dirigen jóvenes cineastas, a saber, que el cine es un arte que no debería distanciarse de la gente. Y hay algo más, es también una forma de hacer visible a las personas, sin gritos ni histeria, al margen de debates sobre etiquetas, tradición y otras cuestiones que solo atañen a aquellos que viven y miran desde estructuras de cristal. Por ello, cuando se mira Telma, el cine y el soldado, se respira afecto, respeto y cuidado. No representa un dato menor en tiempos donde la sordidez cotiza como criptomoneda o se asiste a películas que parecen reiterar siempre el mismo libreto (salvo honrosas excepciones).

Lo anterior es posible por dos vías. Yo llamaría a una humanista. El disparador del documental de Brenda Taubin lo constituye un grupo de mujeres. Una de ellas se llama Telma y tiene 77 años. Todas las dificultades que tiene para caminar son inversamente proporcionales a su afán por divertirse y compartir sus pasiones con las otras chicas, entre ellas, su cuñada, “un regalo del cielo”, quien vive arriba y pasa gran parte de sus días con ella. Pero además, Telma, tiene a Lili, su hija quien a los quince años, escribió una carta a los soldados en Malvinas y uno de ellos le respondió.

Con estos hilos, Taubin va armando un cuadro de vínculos, testimonios y gags que ofrecen pequeñas historias íntimas, siempre condicionadas con otras más traumáticas, esbozadas con archivos, pero que no interfieren en ese gesto donde prevalece la vida y las ganas de saber qué ha ocurrido con ese muchacho apodado el Tano, a quien buscarán en modo detectivesco. De este modo, se abre un arco de expectativas, siempre sostenido por el registro de la comedia. Algunos han visto esto como un procedimiento similar al de Maite Alberdi en El agente topo, sin embargo, la naturaleza de este aparente anciano simpático estaba contaminada por un pasado bastante oscuro que la película chilena no se encarga de explicitar.

A la cuota de humanismo referida anteriormente, le sumaría la otra vía, el otro rasgo permanente de los proyectos de Salamanca y es la experiencia familiar del rodaje, incluida en oportunidades como parte de la representación. Asistentes, directores y directoras, actores y actrices, forman parte de una comunidad cuyo corolario es el día de la función en sala, la otra experiencia sagrada en tanto y en cuanto permite corroborar un carácter festivo y popular, el horizonte de llegada, pero a la vez, el punto de partida para que personas como uno ingresen al panteón de la eternidad que el cine construye, ya no un lugar de fantasmas, soledades y duelos varios, sino un convite en el que cierta idea de felicidad es posible.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail