Crítica: Taranto (2021), de Víctor Cruz – 22 BAFICI

Taranto (Argentina – 2021)
22 BAFICI: Competencia Argentina

Dirección y Guion: Víctor Cruz / Producción: Anita Rizzi, Gabriel Díaz Córdova, Laura del Carmen Gutiérrez / Fotografía: Matteo Vieille, Víctor Cruz / Montaje: Marcos Pastor, Víctor Cruz / Sonido: Francisco Seoane, Biagio Gurrieri / Música original: Francisco Seoane / Intervienen: Alessandro Marescotti, Vincenzo Fornaro, Anna Svelto, Fabio Matachiera, Umberto Attolino / Duración: 63 minutos.

Dirigida por el documentalista Víctor Cruz (¡Que vivas 100 años!) el filme Taranto, en referencia a la ciudad mediterránea del sur de Italia, testimonia y denuncia la contaminación ambiental que provoca la acería ILVA, resultando no sólo un desastre ecológico, sino sobre todo sanitario y social que ya ha causado una larga lista de víctimas. Al conseguir el cierre parcial de la fábrica los habitantes confrontan a los trabajadores, la mayor parte de ellos golondrinas, por el cierre definitivo de una fuente de trabajo, pero al mismo tiempo, una fuente de contaminación que sólo ha generado muerte y destrucción.

EL MONSTRUO DE TARANTO

Un polvo negro se esparce sobre los techos y el suelo cubriendo incluso las lápidas del cementerio de la ciudad de Taranto. Estas partículas de polvo mineral, nos explica un vecino, vienen de ILVA, la fábrica de acero, cuyas chimeneas humeantes no han dejado de emitir gases tóxicos durante más de sesenta años. El barrio de Tamburi, en el que viven unas 18.000 personas ha sufrido los peores embates de la contaminación. El polvo mineral lo cubre todo. Y ha logrado meterse dentro de los hogares de los habitantes del lugar. El suelo está contaminado, el viento esparce el polvo de mineral por todo el barrio, pero el agua también ha sufrido el envenenamiento con derrames de una sustancia oleosa y alquitranada que fue alojándose en el fondo del mar. La fauna marina, y en especial, los mejillones, han sido contaminados por la dioxina, y sin embargo los siguen vendiendo en puestos callejeros y restaurantes.

Otro vecino del barrio de Tamburi nos lleva a una casa de departamentos vacía, en la que todos y cada uno de los vecinos que vivían allí hace unos pocos años, algunos amigos entrañables, han muerto de tumores cancerígenos, incluso niños que han sufrido de asma, tumores y leucemia. Un agricultor, dueño de tierras y ganado, nos cuenta que sus ovejas mueren envenenadas, que su suelo no sirve para el pastoreo, y que por eso mismo ha decidido plantar cannabis, para de algún modo hacer algo alternativo y para no tener que abandonar el lugar en el que nació. Afirma que “cuando uno se reinventa empieza a dar miedo”.

La situación se ha tornado tan desesperante para los pobladores y trabajadores de la ciudad, que ambos bandos se debaten entre dos consignas tortuosas, dos infiernos con distintas caras, hambre o cáncer. Más allá de este interminable debate, trabajo y enfermedad o desocupación y hambre, el punto más relevante a destacar es que trabajo y salud deberían ir de la mano, ambos son derechos del trabajador que deben ser garantizados, así lo indica la constitución italiana.

Pareciera no haber otra alternativa que la apertura definitiva de la planta, empujada por la codicia empresarial y la complicidad de las autoridades estatales y de los funcionarios públicos que conforman un entramado de corrupción. Luego de sobornar a los funcionarios para mantener la fábrica siderúrgica con sus puertas abiertas y funcionando a toda máquina, ellos se desentienden de la necesidad de cumplir con las normativas de seguridad e higiene ambiental. Lo mismo ocurre con la implementación de una serie de medidas sanitarias y ecológicas prometidas pero nunca puestas en práctica, a través de las nuevas tecnología de saneamiento podrían disminuir el impacto de la contaminación.

Uno de los vecinos recuerda que en los años 45 y 50 la gente venía de todas partes a respirar aire puro y a bañarse en sus aguas transparentes. Taranto era un lugar privilegiado para el turismo. Hoy, el progreso, la industria y las consecuencias nefastas de sus emisiones tóxicas y sus residuos venenosos han convertido aquel lugar paradisíaco en un páramo desolado y desierto. Los niños no pueden jugar en los jardines, y cuando sopla el viento norte que esparce el polvillo´, los habitantes deben permanecer puertas adentro. El documental pone al descubierto, a través de las voces de los testigos de la catástrofe, la lenta y silenciosa masacre llevada a cabo por el monstruo, así le llaman a la fábrica, y por la codicia de los empresarios que privilegian la ganancia y el capital a la preservación y el cuidado de la vida humana.

Por Gabriela Mársico
@GabrielaMarsico

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