Crítica: Sin dejar huella (2018), de Erick Zonca

Sin dejar huella / Fleuve noir (Francia / Bélgica – 2018)

Dirección: Erick Zonca / Guion: Érick Zonca y Lou de Fanget Signolet / Fotografía: Paolo Carnera / Música: Rémi Boubal / Intérpretes: Vincent Cassel, Romain Duris, Sandrine Kiberlain, Élodie Bouchez y Charles Berling / Duración: 113 minutos.

El cine de género siempre nos convoca a las salas, y vamos en busca de su universo de indicios reconocibles que es parte de su encanto o familiaridad, en tanto y en cuanto la previsibilidad no sea excesiva y caigamos en la obviedad más absoluta.

El noir, policial negro o cine negro, es un subgénero muy querido en nuestra pantalla nacional desde hace muchas décadas atrás. Tenemos historia de grandes policiales negros realizados por gigantes de nuestro cine, y como buenos amantes fieles hemos seguido los pasos del “noir” francés y su sello particular.

Esta nueva propuesta de Erick Zonca director responsable de una filmografía algo discontinua pero con algunos títulos dignos de interés nos trae una adaptación cinematográfica de la novela negra homónima del escritor israelí Dror Mishani. No solo un suceso de ventas sino que hasta aplaudida por el mismo maestro de las letras policiales: Hening Mankell.

La trama teje un misterio de desaparición, alguien, un joven adolescente se hace humo del día a la noche en el marco de una familia tipo (digamos eso por ahora) y cuyo caso cae en las manos del comandante Visconti (nuestro querido Vincet Cassel) que como buen policía del cine negro está quebrado, sucio y no para de beber whisky. El traje que le queda varios talles más grande confirma su imagen, la de verse fuera de sí mismo, como en un cuerpo prestado, tal vez el de algún otro detective de la historia del cine negro.

Visconti busca al adolescente desparecido como quien quiere recuperar algo propio, ya que él es padre de un a un hijo adolescente perdido en la venta de drogas y la vida marginal. Valga un guiño en la similitud de nombres Denis que es el joven desaparecido, y Dany su hijo. Pero ahí no terminan los espejos, típica figura del noir, la simbología del espejo del que bien hizo Welles algo explícito en La Dama de Shangai es un punto esencial para este subgénero. Toda la trama psicológica de base suele abrir este juego: el que debería representar lo bueno se ve espejado en lo malo, y no solo se ve espejado esa oscuridad sino que casi siempre la desea.

Visconti desea encontrar al joven ausente y proyecta eso más lejos aún cuando desea a la madre del desaparecido la que despliega una imagen engañosa de fémina oprimida que lo atrae como una infernal mujer fatal. Desear a la mujer engañosa es como volver a desear su ex esposa a la que recuerda justamente por su abandono y su traición. Un espejo de engaños sin salida.

La configuración de la investigación policial se construye entre un profesor de literatura de Denis, la madre sufriente y el padre casi ausente, la hermana discapacitada todo un código cifrado de secretos inexpresables y la oscura y miserable novela familiar que se traza entre ellos. La búsqueda infatigable de Visconti que lo muestra cada vez más derruido, más desgreñado, más inmoral y más confundido se nos hace morosa, como empantanada en un clima algo maniqueo y con ciertas obviedades subrayadas con innecesario énfasis en la dirección de actores, particularmente en Cassel y en el profesor (Romain Duris) sobre afectados en muchas escenas que le quitan las sutilezas y grises a sus personajes.

Desconozco cuanto se aleja la adaptación del texto original, pero si hay algo que contiene más intensidad y menos exageraciones son los últimos treinta minutos del filme donde se ponen en juego varios giros dramáticos, un poco más picantes que el resto de la propuesta. Enredado y patológico el acto final deja algo intenso en la boca, algunas claras notas de sabor a filme noir.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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