Crítica: Por siempre amigos (2016), de Ira Sachs

Por siempre amigos / Little Men (Estados Unidos / Grecia – 2016)

Dirección: Ira Sachs / Guion: Ira Sachs, Mauricio Zacharias / Fotografía: Óscar Durán / Edición: Mollie Goldstein, Affonso Gonçalves / Música: Dickon Hinchliffe / Intérpretes: Theo Taplitz, Michael Barbieri, Greg Kinnear, Jennifer Ehle, Paulina García, Talia Balsam, Alfred Molina / Duración: 85 minutos.

FORTALEZAS EN TAMAÑO MÁS PEQUEÑO

Si bien uno va en monopatín y el otro usa rollers, Tony y Jake coinciden en la manera de recorrer las calles de Brooklyn: apropiándose de ellas, descubriendo no sólo qué les pueden ofrecer durante el día o la noche, sino también a sí mismos, en esa amistad repentina, casual y llena de complicidad.

Porque ambos chicos se conocen durante la mudanza de la familia Jardine, luego del fallecimiento del abuelo de Jake y comienzan a simpatizar cuando Tony ve un dibujo perdido en el baúl del auto.

El director Ira Sachs compone un fuerte lazo entre los casi adolescentes basado en la transparencia, la confianza, la admiración, cierta ingenuidad, la diferencia, entre otros, y produce un trabajo cuidado y de gran potencia.

De hecho, la mayor riqueza de Por siempre amigos (Little men en su versión original) radica en Jake y Tony, en la construcción de sus personajes que eclipsan, podría decirse, a los adultos. Incluso, Tony (Michael Barbieri) es el más interesante de ambos puesto que muestra diversos tonos, gestos, facetas, que lo vuelven rico, atrapante e imprevisible.

La película les plantea a los chicos situaciones variadas y amplias, desde un día en la escuela, las caminatas por el barrio, la primera salida a bailar hasta cuestiones más íntimas y delicadas como la conformación de las familias que, en ambos casos, se sostienen gracias a la mujer (Tony debido a que su padre vive en África y Jake porque el suyo es actor con papeles poco o muy mal pagos).

En consecuencia, Jake y Tony se afianzan a lo largo del filme como personajes fuertes, maduros, conscientes de sí mismos y de sus diferencias, mientras que los adultos se exhiben más cercanos a la vulnerabilidad, a lo terrenal, a la posibilidad de error o a la toma de decisiones demasiado complejas, que afectan a todo el entorno. Nadie dijo que crecer era fácil, Sachs, sin duda, lo demuestra.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

 

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