Crítica: Mommy (2014), de Xavier Dolan

Mommy (Canadá / Francia – 2014)

Dirección, guion y edición: Xavier Dolan / Fotografía: André Turpín / Música: NOIA / Intérpretes: Anne Dorval, Suzanne Clement, Antoine Olivier Pilon, Alexandre Goyette, Patrick Huard / Duración: 139 minutos

EL ESTILO DEL AFECTO

La fascinación por la observación de detalles es una de las prácticas frecuentes del realizador canadiense Xavier Dolan. Posar la mirada y detenerse a contemplar ciertos recovecos ocultos a la vista de la mayoría de los mortales es, tal vez, el secreto que devela su particular forma de hacer cine. Intenso observador de gestos, tics y mañas, sabe recrear en la ficción, escenas típicas de la cotidianeidad (mayormente urbana) que rescata del incesante fluir de tiempo cronológico, para darle vida a sus historias de personajes sensibles que sufren.

Aquellos que vieron sus cuatro largometrajes anteriores (Yo maté a mi madre, Los amores imaginarios, Laurence Anyways y Tom at the farm) no se sorprenden cuando, por ejemplo, de manera inesperada, el tiempo se suspende en una sensual caminata acompasada por la música de Dalida, o cuando la cámara se ubica en ángulos distintos al punto de vista habitual, para detenerse a fotografiar la confesión de un secreto, o las huellas faciales de una nueva decepción amorosa. Tampoco lo hacen si la película se toma su tiempo para mostrar escenas nocturnas de fiestas privadas en las que los personajes tienen sus cinco minutos de libertad, o si la composición de los planos descubre una organización planificada de colores que combinan el vestuario con la escenografía.

Con estos rasgos estilísticos, y una batería de otros tantos (la sonorización de los movimientos de cámara, los encuadres con aire sobre la cabeza de los personajes de espalda a cámara, la escenificación surrealista de los sueños, etc) se crea una atmosfera de fantasía cinematográfica que sólo puede remitir a una cosa: la representación audiovisual de una mirada personal acerca del mundo. Fashionista, arrogante y superficial son algunos de los motes con los que algunos críticos prefieren describirlo. Otros, menos ortodoxos, escogen descubrir en el cine de Dolan un nuevo concepto, que al estar en pleno desarrollo productivo, muta y se resignifica con cada nuevo filme. Como cineasta en formación la obra del canadiense no ha dejado de entregar pequeñas piezas de un arte que prometía, y no defraudó.

Mommy, su quinta película como realizador, llega como continuación de su saga retórica, pero también como expresión de un proceso de evolución narrativa centrada en el drama afectivo de tres personajes que necesitan afecto y contacto vincular. Como ya es costumbre, no es casual que la nómina de actores sea tripartita. Son los triángulos la forma geométrica que simbolizan la perfección, la Santa Trinidad y la manera de Dolan de contar historias, quien ubica a sus personajes en cada extremo de la figura triangular de manera que todos puedan vincularse y repelerse con la misma tensión (e intención).

En esta oportunidad, el melodrama como género se corporiza en la historia de Diane “Die” Deprés (Anne Dorval), una viuda que debe mantener a Steve (Antoine-Olivier Pilon), su hijo adolescente que posee síndrome de hiperactividad y falta de atención. El núcleo es muy sencillo y es justo ahí, en esta simpleza argumentativa, que radica la belleza de la narración cinematográfica, la cual se dedica a contar en imágenes y sonidos, el derrotero circular de una mujer que lucha para sobrevivir.

Por reiterada conducta inapropiada y por haber quemado el rostro de un compañero, Steve es expulsado del centro de internación donde reside. Entonces, Die es citada para resolver la situación, teniendo en cuenta que en el Quebec de Mommy, existe una ley que habilita a los padres de chicos incontrolables, a dejarlos a disposición del Estado para su rehabilitación. ¿Podrá Die abandonar a su único hijo? Tal vez, Die, no sea la madre perfecta, pero acaso, ¿Quién lo es?

Con el interrogante latente, Steve regresa a la casa familiar. Mientras tanto, del otro lado de la vereda, vive Kyla (Suzanne Clément), una mujer introvertida que en su tartamudeo expresa más de lo que le cuesta poder pronunciar una frase completa con claridad. De esta forma, las tres piezas del triángulo están expuestas. Ahora sólo falta que la magia suceda y sus caminos comiencen a entrelazarse.

Algunos aspectos formales

Propulsados por la lucha como motor de acción (y reacción), los personajes parecen expulsar todas sus miserias, unos a los otros, a modo de exorcismo. Evento que los encuentra cada vez más unidos y liberados que nunca. Las distancias entre ellos se acortan, la felicidad no debe estar muy alejada de esta situación de aparente bienestar. Sus interiores florecen, ellos respiran, laten, viven. Pero, saben que esta realidad es una ilusión, y que sus rutinas volverán a apresarlos en la soledad y la desesperación.

Sin embargo, antes que la burbuja idílica se quiebre, hay un momento de plena convergencia de estas tres fuerzas-personajes: en la cocina de Die, justo antes de cenar, ella prepara la comida mientras fuma. Le convida a Kyla, quien acepta. Y justo ahí, en ese instante es cuando aparece Steve desde el fuera de campo, al mismo tiempo que comienza a sonar On ne change pas (No cambiamos) de Céline Dion. Por un lado, el título del tema reclama una realidad oculta (luego del éxtasis volverá la lucha), y por el otro, obliga a que Die explique el motivo de esa música en su cocina: el difunto padre de Steve les dejó un CD con un compilado de temas, del que éste forma parte.

Entonces, ellos tres bailan, cantan, y se amalgaman en un ritual liberador que los aleja del presente, en una escena que regala sincronismo técnico (el montaje coincide con el ritmo del tema musical) y argumentativo (es el único momento que los tres personajes juntos entran completos en un mismo plano representando su momentánea conexión espiritual). Una forma de recordar sin flashback.

Dolan, recupera este intrincado sentimiento humano que mezcla la angustia con el bienestar espontáneo (pero efímero), y lo convierte en cinematográfico cuando decide realizar Mommy en un formato que le pertenece a la fotografía: el encuadre del retrato, aquel primitivo género fotográfico que Nadar inauguró en el S.XIX. Inspirado por el ratio 1:1 (aspect ratio), el formato del filme habla de la decisión de contar una historia únicamente sostenida por las herramientas que brinda el lenguaje audiovisual, que transforma cada plano de la película en un instante pictórico.

Entonces, al momento de presentar a los personajes y, luego, de mostrarlos en acción, cada uno de ellos quedará encuadrado de forma plástica centrando la tensión visual en sus rostros. Apresados entre dos grandes barras negras verticales, los personajes claustrofóbicos respiran un aire viciado y agobiante, pero que lejos de ser vetusto, se presenta con la clásica paleta “amarillo Dolan” que el realizador sabe imprimir en sus películas. Estéticos y diseñados al detalle, realizan su peripecia en el espacio que el formato les permite.

Así como una de las decisiones técnicas más importantes fue la elección del ratio, también lo fue la banda sonora y soundtrack. Con una selección que responde no sólo a necesidades estéticas, la música de Mommy además de hablar de la historia y sus personajes, ejerce una función puramente técnica: la música no proviene de la película sino que está en la película. De la misma manera en que el formato es intervenido en dos oportunidades por los personajes del filme (Steve anda en patineta y con sus dos manos abre las barras verticales de 1:1 a 16:9, y cuando comienza el viaje en auto, antes de que Die comience a imaginarse el futuro en un excelente flashforward), la música se presenta también como diegética cuando se analiza que los temas están en posesión del mundo propio de la película. Es decir, tanto el formato como la música forman parte del universo único de Mommy.

Sin nunca descuidar el aspecto estético que caracteriza la tupida filmografía de Xavier Dolan, el cineasta se observa en un punto de maduración artística la cual venía demostrando a partir de su tercer filme, Tom at the farm. Ya casi sin la necesidad de tener que realizar cameos, a modo de huella estilística, el desarrollo de su obra se encamina hacia la profundización del drama como género accesible para dotarlo de su marca personal. Con el don de poder expresar la cotidianeidad, pero a través del ojo del cine, cada imagen de su puesta en escena habla de un trabajo intelectual que combina sensibilidad con talento.

Por Paula Caffaro
@paula_caffaro

 

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