Crítica: Miragem (2019), de Eryk Rocha

Miragem / Breve Miragem de Sol (Brasil / Argentina – 2019)
Debido a la crisis sanitaria este filme se estrena simultáneamente en Cine.Ar TV y Cine.AR Play (Gratis durante una semana).

Director: Eryk Rocha / Guion: Fábio Andrade, Eryk Rocha, Julia Ariani / Producción: Eryk Rocha, Edgard Tenembaum, Diego Dubcovsky, Walter Salles / Fotografía: Miguel Vassy / Montaje: Renato Vallone / Sonido: Edson Secco / Música Original: Ava Rocha, Negro Léo, Kiko Dinucci / Dirección de Arte: Ana Paula Cardoso / Intérpretes: Fabricio Boliveira, Bárbara Colen, Cadu N. Jay, Inés Estevez, Luis Ziembrowski / Duración: 95 minutos.

Existen pocas cosas tan cinematográficas como la noche de una gran ciudad en movimiento. Velocidad, oscuridad y luz artificial. Elementos que arman una imagen hipnótica, propia de una experiencia, a esta altura de los tiempos, trasnacional. El sol cae, las luminarias se encienden y todas las metrópolis, en algo, se empiezan a parecer. En el nuevo largometraje de Eryk Rocha, hay un paisaje que se reconoce universal: autopistas ligeramente alumbradas, edificios que se erigen como paredones y un ronquido sostenido que se escucha desde cualquier punto del mapa. La Río de Janeiro de Breve miragem de sol nada tiene que ver con la postal balnearia y turística que todos conocemos. El registro que el realizador hace de las calles cariocas son imágenes vivas, salvajes, que buscan captarlas con todo el espíritu trepidante que llevan dentro. A esa veta documental, interesante por su sentido sociológico y por la intención de examinar una geografía en constante cambio, se le agrega una ficción minimalista pero útil para dirigir el punto de vista. La ciudad entonces la percibimos desde la mirada Paulo, un hombre recientemente divorciado que comienza a conducir un taxi para así poder pagar la manutención de su hijo al que se ve obligado a acariciar agrandando y deslizando sus fotos en la pantalla fría de su smartphone.

Mientras escribía el guion de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), el concepto que movilizaba a Paul Schrader era el del automóvil como “un ataúd de metal”, “símbolo de la soledad humana”. En Paulo (Fabrício Boliveira), el vehículo se vuelve extensión más de su cuerpo. Lo usa para trabajar, para descansar y hasta para tener sexo. Pero lo que en Travis era vagabundeo motorizado, acá es una necesidad de primer orden: conseguir dinero para vivir y no perder la tenencia de Mateus. Esto lo obliga a lidiar con algunos pasajeros que pierden de vista que conducir un taxi durante la noche es un laburo como cualquier otro, por más desincronizado que esté del resto. Paulo vuelve a su departamento cuando los demás van a trabajar. Trata de dormir cuando el ruido urbano es más intenso que nunca. “Duermo y parece que no descanso” le comenta Katrina (Bárbara Colen), amante del conductor y única persona con la que se le permite al protagonista compartir los escasos momentos de felicidad que hay en toda la película.

Rocha va a retratar la rutina nocturna del taxista a través de un uso cada vez más opresivo del primer plano. Se va a ir acercando al rostro de Paulo hasta terminar exprimiéndole en dos o tres ocasiones algunas lágrimas que alcanzan a transmitir todo un malestar de bronca e impotencia. El llanto es reacción a las contingencias económicas y a la distancia que lo separa de su hijo, dos caras de una misma moneda. Pero también es reacción al universo al que debe introducirse cada noche en la que agarra el volante. En este sentido, la relación que se arma entre el adentro y el afuera es permeable. A través de la radio y los mensajes de voz que recibe a su celular por parte de sus colegas, el mundo externo invade violentamente el interior del taxi con comentarios sobre el estado del tráfico, accidentes, delitos, muertes y hasta la advertencia de un huracán categoría 1. La cartografía de Río de Janeiro se amplía en una especie de espectro infinito que hiperestimula al individuo a una velocidad abismal. Los límites físicos desaparecen, los sonidos son difícilmente localizables mientras que la violencia adquiere un carácter omnipresente como algo que puede surgir en cualquier momento y lugar. Por eso, rara vez la cámara va abandonar el vehículo. Cuando Paulo obliga a que un grupo de jóvenes borrachos se bajen del auto, situación que termina con un forcejeo en la vereda, vemos todo desde la zona segura del asiento. La asfixia del encierro se convierte en cautela. Breve miragem de sol se vive como un thriller inconcluso, en completo estado de alerta. Uno cree estar ante una persecución al oír sirenas de policías aturdiendo fuera de campo y una imagen oscura, enterrada, que no consigue revelar los cuerpos en la sombra. Se respira la sensación de que algo malo está por suceder cuando es la fatiga, el insomnio y la precarización laboral que golpea al protagonista sin tocarlo, lo que ya está ocurriendo.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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