Crítica: Midsommar (2019), de Ari Aster

Midsommar (Estados Unidos – 2019)

Dirección y guión: Ari Aster / Música: The Haxan Cloak / Fotografía: Pawel Pogorzelski / Montaje: Lucian Johnston / Productor: Patrik Andersson, Lars Knudsen / Intérpretes: Jack Reynor, Will Poulter, Florence Pugh, William Jackson Harper, Ellora Torchia / Duración: 140 minutos.

Es un poco inevitable que este segundo filme de Ari Aster tenga una relación comparativa con Hereditary, su ópera prima. Pero salvo por cierta problemática que el director reitera en ambas a la hora de la construcción de su forma argumental y su evolución narrativa, hay varias diferencias que podríamos repensar focalizando la mirada en este nuevo proyecto que avanza en la edificación de la carrera de este joven y caprichoso director.

El relato parte de la vida de Dani, una joven abrumada por los conflictos de su familia disfuncional que vive aferrada al vinculo con su novio Christian, un lazo afectivo sostenido por dependencia y al mismo tiempo por su propia decadencia, una decadencia que atraviesa toda la extensión del filme y es casi su leit motiv. A partir de la trágica muerte de toda la familia de Dani se precipita el disparador de relato, su novio – estudiante de antropología – y su grupo de amigos universitarios preparan un viaje a un paraje campestre en Suecia, donde una comunidad los espera para la fiesta del solsticio. Y en ese viaje entre investigativo y lisérgico se va a insertar Dani, con toda la carga de su inestabilidad emocional y su potencial dramático para generar más conflicto que el ya reinante en el lugar de destino.

Este viaje a un pueblo nórdico que festeja rituales paganos cada 90 años, no es solamente una excusa para desplazar a estos adolescentes a un lugar exótico donde consumen alucinógenos de la campiña sueca. Este páramo siniestro con un andamiaje visual seudo naif, es la pesadilla perfecta (al menos así lo imaginará Ari Aster) para hundirlos en un nuevo infierno (diferente al de Hereditary) pero igualmente lleno de sectas satánicas, sacrificios humanos, rituales perversos y un desfile de neurosis macabras varias.

Hay un tópico que elige el director para plantear su universo de progresivo extrañamiento sensorial y sicológico, el terror a plena luz del día, “la pesadilla bajo el sol de medianoche” . El sol, funciona como perturbadora luz continua como estado de un malestar inevitable. Un personaje pregunta que hora es, tiempo después de haber llegado al lugar, cuando el grupo está echado en el pasto floral y envueltos por la luz plena del día, “Son las nueve de la noche” contesta Christian y la convicción de que eso es infernal se nos instala al instante. La idea de un relato, que se presenta como un oscuro cuento de hadas sostenida por la estética del terror diurno es sugestiva e inquietante. Nada va a ocultarlo la sombra, ni la noche, los secretos serán a pleno día y el descanso estará acechado por la luz y su extraño malestar. Eso propone este recurso aunque finalmente no esté tan explorado como promete.

El relato, en términos argumentales, avanza hacia donde parecía proponerse, los jóvenes que llegan a la gran joda de los “9 dias locos” en una fantasiosa vida en comuna, se encuentran frente a la inevitable revelación: están enclavados en el nicho de una secta siniestra que viste de blanco, se adorna con flores y exhibe sus rostros pálidos como si fueran demonios pero disfrazados de ángeles. Es importante el juego para crear esta idea de ángeles-demonios trabajado a partir de la la paleta cromática de la película que es el abanico de una cuidada gama de blancos, colores pasteles y la claridad del sol que los envuelve en su andar. Pero en contrapunto a esa panorámica de un grupo níveos campesinos se llevan a cabo los más perversos rituales, entre las flores y el sol, un festival de la muerte. Bastante gore por momentos.

Aster es un joven de amplia capacidad para hurgar sobre las posibles maneras de filmar, y aunque se redogea en exceso de su capacidad expresiva en lo que refiere a la construcción visual, puede lograr en muchos pasajes una libertad formal bastante personal. Parece “alguien con una cámara” que va por ahí buscando, desbordándose un poco, fallando bastante, a veces previsible, a veces audaz. En su juego de aciertos y desaciertos, se lo ve tentando por la forma, buscando dominarla o dejarse llevar por ella. Encuentra a veces la alquimia ideal cuando el sonido y la imagen se relacionan con cierta tensión estética y esa búsqueda es sin duda lo más disfrutable de sus filmes. En cambio sus certezas narrativas, argumentales o visuales, son su lado débil. Ahí, cuando deja de buscar, pierde todo tipo de riesgo.

Si hay un punto en común con Herditary es que en la estructura del guion ambos van decayendo narrativamente. Los principios de ambos filmes son mejores que sus progresiones, en el primer caso por caótica y en Midsommar por previsible, ambas se aplanan.

Un punto a favor en su ópera prima era la presencia de Toni Colette, que con su locura expresiva y su fuerza actoral le daba carácter y atractivo a las escenas más difíciles. No puedo decir lo mismo de Florence Pugh, Dani la protagonista, una actriz de moda que no resiste los primeros planos sin mostrar sus mohines.

Aster está en construcción. Tal vez su andar es fallido aún, pero quien dice que los filmes imperfectos no merezcan la pena ser disfrutados con toda su belleza y sus falencias.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

70%
  • Nuestro Puntaje
Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail