Crítica: Madalena (2021), de Madiano Marcheti – Festival de Lima

Madalena (Brasil – 2021)
25 Festival de Lima PUCP: Competencia Oficial
IFFR 2021 (Rotterdam): Tiger Competition – Premiere Mundial

Dirección: Madiano Marcheti / Guion: Madiano Marcheti, Thiago Gallego, Thiago Ortman, Tiago Coelho / Producción: Clélia Bessa, Joel Pizzini, Sérgio Pedrosa, Marcos Pieri, Beatriz Martins / Fotografía: Guilherme Tostes, Tiago Rios / Montaje: Lia Kulakauskas / Sonido: Ana Luiza Penna / Intérpretes: Natália Mazarim, Rafael de Bona, Pamella Yule, Chloe Milan, Mariane Cáceres, Nádja Mitidiero, Joana Castro, Edilton Ramos, María Leite, Antonio Salvador, Lucas Miralles / Duración: 85 minutos.

Lo primero es el espacio. La naturaleza rural se abre ante los ojos con la luminosidad del día. Antes de que algún atisbo de humanidad (y por ende de crueldad) aparezca, el lugar parece incontaminado, virgen.  Apenas tres planos en una secuencia progresiva ofrecen la idea de un orden, una armonía sonora y visual, que será interrumpida por la aparición de un cadáver en medio de los campos de soya. No es una irrupción violenta. Con buen tino, el realizador conserva una distancia prudencial para evitar el morbo innecesario y promover con la lejanía focal la incertidumbre sobre ese cuerpo. Porque de lo que habla (sin gritar) la película Madalena es del tormento que viven las personas transexuales asesinadas impunemente, pero también de lo que genera la muerte en los afectos y en otros seres accidentalmente involucrados, y qué hacer con ello. Hay personajes en esta historia que nada tienen que ver, no se conocen siquiera, pero están atravesados por ese cuerpo, ya sea por lazos de amistad o por azar. El tema roza lo político/social y también lo individual.

Sin embargo, la lógica no es policial ni apunta a construir una trama cuya intriga busque resolverse. Es una decisión que evita las convenciones dramáticas y se funda, tal vez, en que en la realidad nadie investiga sobre estas muertes, olvidadas, despojadas por las instituciones más conservadoras. De allí el constante tono otoñal, donde lo que prima es la voluntad por captar momentos fugaces de felicidad bucólica como una forma de afrontar el duelo (los amigos y las amigas de la víctima) o el desconcierto y la perplejidad de quien no sabe cómo reaccionar ante el hallazgo (el trabajador que descubre el cuerpo). La muerte detiene el tiempo aún más en un espacio donde el tiempo ya está detenido por razones históricas, culturales, políticas y sociales (un pueblo al oeste de Brasil). Algunas líneas de diálogo dan cuenta de que no pasa nada, de que todo es igual. Ese es el destino de quienes habitan allí, cuya supervivencia es a base de la rutina laboral, donde cualquier comportamiento que transgreda ese esquema corre peligro de muerte, sobre todo si se refiere a elecciones sexuales diferentes al imaginario patriarcal. El único consuelo, al menos, es avistar en el cielo platillos voladores, antes que emigrar a otras ciudades donde la persecución y la discriminación pueden ser peores.

Renunciar al típico mecanismo de resolución detectivesca, decíamos, es un modo de conectar la situación con datos contextuales. Hacia el final una estadística confirma la decisión. Pero también tiene su costo. Hacia la mitad ya entendimos que la procesión va por dentro, que los personajes deben lidiar con el dolor, se nos regala una bellísima secuencia bucólica (el único espacio de libertad y goce, de comunidad frente a la indiferencia), pero inevitablemente se advierte cierta dispersión, una especie de gesto irresoluto, como si la película hubiese terminado a los diez minutos. Por supuesto, esto no quita fuerza a las imágenes mejor logradas, a una intensidad contenida en cada rostro y a la necesidad de tomar conciencia ante un flagelo social, pero reitera uno de los problemas más visibles en gran parte del cine contemporáneo, la arbitrariedad de la extensión y la tensión entre plasmar una idea y la resignación estético/narrativa.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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