Nuestro puntaje

6/10

Lumpen (Argentina – 2013)

Dirección: Luis Ziembrowski/ Guion: Luis Ziembrowsky, Iosi Havilio / Fotografía: Segundo Cerrato / Montaje: Andrés Tambornino / Sonido: Sebastián González, Lucía Iglesias, Marcos Zoppi / Música: Cristian Dergarabedian / Intérpretes: Sergio Boris, Diego Velázquez, Alan Daicz, Analía Couceyro, Daniel Valenzuela, María Inés Aldaburu, Gabo Correa, Rubén Noceda, Tamara Garzón, Oscar Alegre / Duración: 87 minutos.

LENTE REVELADOR

Fiesta infantil. La música suena fuerte, los chicos soplan sus silbatos, bailan, corren, gritan. El desplazamiento de la cámara se asemeja a la mirada de un hombre que recorre todo el lugar sin hacer hincapié en nada pero que, de repente, fija la vista en un punto perdido. En ese momento el sonido ambiente se pierde y sólo quedan los movimientos y gestos de la gente que, incluso, parecen ser más lentos. Pero la “magia” acaba cuando un invitado, que aparece de forma inesperada, pincha un globo; esa explosión trae consigo la realidad y un estado de alerta que varias veces se desvanece. Lumpen es la primera película que escribe y dirige el actor Luis Ziembrowski, cuyo coguionista es Iosi Havilio.

Bruno (Sergio Boris) es un fotógrafo desanimado de la vida que se ve obligado a realizar otros trabajos para persistir. Vive en un suburbio, en una esquina cerrada con su hijo adolescente, Damián, (Alan Daicz) y con su nueva pareja Ruth (Analía Couceyro). Pero el abatimiento de Bruno se transforma en paranoia a partir de la nueva e inquietante relación entre Damián y su vecino Cartucho (Diego Velázquez), un boxeador aficionado. Este vínculo, regido por silencios y acciones a escondidas – sólo perceptibles por las grabaciones con la cámara que hace Damián- habilita nuevas sensaciones en el protagonista: en principio tiene cierta curiosidad hacia el vecino, más tarde es “solidario” con él y acaba por enfrentarlo, incluso, aborrecerlo. Esta operación se desarrolla en paralelo con su hijo: se presenta como un padre indiferente, luego preocupado hasta el punto de intentar acercarse a su hijo y protegerlo. En efecto, es a través de Cartucho que se ponen en juego muchas de las aristas de los personajes y del propio filme.

La construcción del relato está regida por una serie de entrecruzamientos: en primer lugar la tensión que recorre el filme, reforzada a través de los silencios y, en especial, la mirada. Por ejemplo, en una escena Bruno está en la calle y mira por la ventana como Ruth explica a una anciana en silla de ruedas su clase de expresión corporal. Cuando Ruth se percata de que es observada, calla y se aleja. La misma escena se repite varios minutos más tarde pero esta vez es Damián quien mira por la ventana a su padre. Los silencios funcionan como generadores de nuevos espacios, de ambigüedades y están al servicio de un clima de posible revuelta, ya sea desde el impulso de la anciana en silla de ruedas quien toma una posición tanto política como social o a partir de los remiseros, y sus negocios turbios, que salen a los tiros por el barrio para lograr lo que se proponen. En el centro de esta dualidad está Bruno, que no toma partido por nada y escapa de cualquier decisión.

En segundo lugar cobra un papel preponderante la idea de revelar, puesta en juego desde diferentes ángulos. ¿Qué es lo que busca develar Bruno con sus fotografías que apenas muestra pero siempre sugiere? ¿Qué quiere revelar Damián con las filmaciones? ¿O será una búsqueda personal, de identidad que termina violada? Estas preguntas se pueden articular con la noción de fragmento. Como la fiesta de cumpleaños del principio, hay un todo disponible para los personajes pero es rechazado; sólo se elige un recorte donde se fija la mirada y es allí, en ese punto de atención, donde la parte refleja el todo del personaje.

Por último, es importante destacar la conexión entre el relato y el espectador. Lumpen se mueve dentro de este universo de lo fragmentario, ambiguo y marginal en detrimento de un trabajo delimitado y compacto. Por tal motivo, el diálogo con el espectador no está dado sino que hay que reconstruirlo a partir de esas miradas, silencios, gestos y frases. Se requiere de un espectador activo y dispuesto a implementar otros rasgos perceptivos.

Por Brenda Caletti
redaccion@cineramaplus.com.ar

 

Nuestro puntaje

6/10

Lumpen (Argentina – 2013)

Dirección: Luis Ziembrowski/ Guion: Luis Ziembrowsky, Iosi Havilio / Fotografía: Segundo Cerrato / Montaje: Andrés Tambornino / Sonido: Sebastián González, Lucía Iglesias, Marcos Zoppi / Música: Cristian Dergarabedian / Intérpretes: Sergio Boris, Diego Velázquez, Alan Daicz, Analía Couceyro, Daniel Valenzuela, María Inés Aldaburu, Gabo Correa, Rubén Noceda, Tamara Garzón, Oscar Alegre / Duración: 87 minutos.

LENTE REVELADOR

Fiesta infantil. La música suena fuerte, los chicos soplan sus silbatos, bailan, corren, gritan. El desplazamiento de la cámara se asemeja a la mirada de un hombre que recorre todo el lugar sin hacer hincapié en nada pero que, de repente, fija la vista en un punto perdido. En ese momento el sonido ambiente se pierde y sólo quedan los movimientos y gestos de la gente que, incluso, parecen ser más lentos. Pero la “magia” acaba cuando un invitado, que aparece de forma inesperada, pincha un globo; esa explosión trae consigo la realidad y un estado de alerta que varias veces se desvanece. Lumpen es la primera película que escribe y dirige el actor Luis Ziembrowski, cuyo coguionista es Iosi Havilio.

Bruno (Sergio Boris) es un fotógrafo desanimado de la vida que se ve obligado a realizar otros trabajos para persistir. Vive en un suburbio, en una esquina cerrada con su hijo adolescente, Damián, (Alan Daicz) y con su nueva pareja Ruth (Analía Couceyro). Pero el abatimiento de Bruno se transforma en paranoia a partir de la nueva e inquietante relación entre Damián y su vecino Cartucho (Diego Velázquez), un boxeador aficionado. Este vínculo, regido por silencios y acciones a escondidas – sólo perceptibles por las grabaciones con la cámara que hace Damián- habilita nuevas sensaciones en el protagonista: en principio tiene cierta curiosidad hacia el vecino, más tarde es “solidario” con él y acaba por enfrentarlo, incluso, aborrecerlo. Esta operación se desarrolla en paralelo con su hijo: se presenta como un padre indiferente, luego preocupado hasta el punto de intentar acercarse a su hijo y protegerlo. En efecto, es a través de Cartucho que se ponen en juego muchas de las aristas de los personajes y del propio filme.

La construcción del relato está regida por una serie de entrecruzamientos: en primer lugar la tensión que recorre el filme, reforzada a través de los silencios y, en especial, la mirada. Por ejemplo, en una escena Bruno está en la calle y mira por la ventana como Ruth explica a una anciana en silla de ruedas su clase de expresión corporal. Cuando Ruth se percata de que es observada, calla y se aleja. La misma escena se repite varios minutos más tarde pero esta vez es Damián quien mira por la ventana a su padre. Los silencios funcionan como generadores de nuevos espacios, de ambigüedades y están al servicio de un clima de posible revuelta, ya sea desde el impulso de la anciana en silla de ruedas quien toma una posición tanto política como social o a partir de los remiseros, y sus negocios turbios, que salen a los tiros por el barrio para lograr lo que se proponen. En el centro de esta dualidad está Bruno, que no toma partido por nada y escapa de cualquier decisión.

En segundo lugar cobra un papel preponderante la idea de revelar, puesta en juego desde diferentes ángulos. ¿Qué es lo que busca develar Bruno con sus fotografías que apenas muestra pero siempre sugiere? ¿Qué quiere revelar Damián con las filmaciones? ¿O será una búsqueda personal, de identidad que termina violada? Estas preguntas se pueden articular con la noción de fragmento. Como la fiesta de cumpleaños del principio, hay un todo disponible para los personajes pero es rechazado; sólo se elige un recorte donde se fija la mirada y es allí, en ese punto de atención, donde la parte refleja el todo del personaje.

Por último, es importante destacar la conexión entre el relato y el espectador. Lumpen se mueve dentro de este universo de lo fragmentario, ambiguo y marginal en detrimento de un trabajo delimitado y compacto. Por tal motivo, el diálogo con el espectador no está dado sino que hay que reconstruirlo a partir de esas miradas, silencios, gestos y frases. Se requiere de un espectador activo y dispuesto a implementar otros rasgos perceptivos.

Por Brenda Caletti
redaccion@cineramaplus.com.ar

 

Crítica: Lumpen (2013), de Luis Ziembrowski

Nuestro puntaje

6/10

Lumpen (Argentina – 2013)

Dirección: Luis Ziembrowski/ Guion: Luis Ziembrowsky, Iosi Havilio / Fotografía: Segundo Cerrato / Montaje: Andrés Tambornino / Sonido: Sebastián González, Lucía Iglesias, Marcos Zoppi / Música: Cristian Dergarabedian / Intérpretes: Sergio Boris, Diego Velázquez, Alan Daicz, Analía Couceyro, Daniel Valenzuela, María Inés Aldaburu, Gabo Correa, Rubén Noceda, Tamara Garzón, Oscar Alegre / Duración: 87 minutos.

LENTE REVELADOR

Fiesta infantil. La música suena fuerte, los chicos soplan sus silbatos, bailan, corren, gritan. El desplazamiento de la cámara se asemeja a la mirada de un hombre que recorre todo el lugar sin hacer hincapié en nada pero que, de repente, fija la vista en un punto perdido. En ese momento el sonido ambiente se pierde y sólo quedan los movimientos y gestos de la gente que, incluso, parecen ser más lentos. Pero la “magia” acaba cuando un invitado, que aparece de forma inesperada, pincha un globo; esa explosión trae consigo la realidad y un estado de alerta que varias veces se desvanece. Lumpen es la primera película que escribe y dirige el actor Luis Ziembrowski, cuyo coguionista es Iosi Havilio.

Bruno (Sergio Boris) es un fotógrafo desanimado de la vida que se ve obligado a realizar otros trabajos para persistir. Vive en un suburbio, en una esquina cerrada con su hijo adolescente, Damián, (Alan Daicz) y con su nueva pareja Ruth (Analía Couceyro). Pero el abatimiento de Bruno se transforma en paranoia a partir de la nueva e inquietante relación entre Damián y su vecino Cartucho (Diego Velázquez), un boxeador aficionado. Este vínculo, regido por silencios y acciones a escondidas – sólo perceptibles por las grabaciones con la cámara que hace Damián- habilita nuevas sensaciones en el protagonista: en principio tiene cierta curiosidad hacia el vecino, más tarde es “solidario” con él y acaba por enfrentarlo, incluso, aborrecerlo. Esta operación se desarrolla en paralelo con su hijo: se presenta como un padre indiferente, luego preocupado hasta el punto de intentar acercarse a su hijo y protegerlo. En efecto, es a través de Cartucho que se ponen en juego muchas de las aristas de los personajes y del propio filme.

La construcción del relato está regida por una serie de entrecruzamientos: en primer lugar la tensión que recorre el filme, reforzada a través de los silencios y, en especial, la mirada. Por ejemplo, en una escena Bruno está en la calle y mira por la ventana como Ruth explica a una anciana en silla de ruedas su clase de expresión corporal. Cuando Ruth se percata de que es observada, calla y se aleja. La misma escena se repite varios minutos más tarde pero esta vez es Damián quien mira por la ventana a su padre. Los silencios funcionan como generadores de nuevos espacios, de ambigüedades y están al servicio de un clima de posible revuelta, ya sea desde el impulso de la anciana en silla de ruedas quien toma una posición tanto política como social o a partir de los remiseros, y sus negocios turbios, que salen a los tiros por el barrio para lograr lo que se proponen. En el centro de esta dualidad está Bruno, que no toma partido por nada y escapa de cualquier decisión.

En segundo lugar cobra un papel preponderante la idea de revelar, puesta en juego desde diferentes ángulos. ¿Qué es lo que busca develar Bruno con sus fotografías que apenas muestra pero siempre sugiere? ¿Qué quiere revelar Damián con las filmaciones? ¿O será una búsqueda personal, de identidad que termina violada? Estas preguntas se pueden articular con la noción de fragmento. Como la fiesta de cumpleaños del principio, hay un todo disponible para los personajes pero es rechazado; sólo se elige un recorte donde se fija la mirada y es allí, en ese punto de atención, donde la parte refleja el todo del personaje.

Por último, es importante destacar la conexión entre el relato y el espectador. Lumpen se mueve dentro de este universo de lo fragmentario, ambiguo y marginal en detrimento de un trabajo delimitado y compacto. Por tal motivo, el diálogo con el espectador no está dado sino que hay que reconstruirlo a partir de esas miradas, silencios, gestos y frases. Se requiere de un espectador activo y dispuesto a implementar otros rasgos perceptivos.

Por Brenda Caletti
redaccion@cineramaplus.com.ar

 

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