Crítica: Los tiburones (2019), de Lucía Garibaldi

Los tiburones (Uruguay / Argentina – 2019)
Reestreno a través de la plataforma plataforma Puentes de Cine

Dirección y Guion: Lucía Garibaldi / Producción: Isabel Garcia, Pancho Magnou / Coproductora: Melanie Schapiro / Música original: Miguel Recalde, Fabrizio Rossi / Fotografía: Germán Nocella / Montaje: Sebastián Schjaer / Dirección de arte: Nicole Davrieux, Victoria Firgueredo / Intérpretes: Romina Bentancur, Federico Morosini, Fabián Arenillas, Antonella Aquistapache, Valeria Lois / Duración: 80 minutos.

Ópera prima de la realizadora Lucía Garibaldi, galardonada en Cine en Construcción 2018 (San Sebastián), Bafici 2019 (Premio del Jurado), y Sundance (Mejor Dirección); este filme de iniciación, coming of age, aborda el despertar sexual de una adolescente en medio de la naturaleza agreste, un balneario en temporada baja de Piriápolis, enmarcada por la presencia siempre acechante, pero nunca comprobada, de tiburones…

TIBURÓN

La adolescente de 14 años, Rosina, (Romina Bentacurt) muestra, durante toda la narración, la misma falta de expresividad del pez, moviéndose con sigilo, distancia, silencio, y un fuerte sentido predatorio, que se traducirá en todas sus acciones para lograr su objetivo, más bien su objeto de deseo.

El objeto de deseo de Rosina se llama Joselo (Federico Morosini), un chico que trabaja junto a su padre (Fabián Arenillas) haciendo tareas de jardinería y de mantenimiento de casas quintas. Rosina, al igual que el tiburón, comienza, subrepticiamente, a rodear en círculos a su presa, Joselo, pero de un modo u otro, su presa, siempre consigue librarse de su acoso.

Por ese motivo, Rosina, recurrirá primero al rapto de su perra Ramona, como castigo, y al mismo tiempo, la utilizará como cebo, para atraerlo a su terreno, sin embargo, sus intentos predatorios, quedarán siempre insatisfechos. Joselo comprende o intuye lo que Rosina persigue, pero la desalienta en reiteradas ocasiones haciéndole notar que es muy chica para lograr sus fines, es decir, para tener un intercambio sexual.

En la protagonista, por otra parte, no existe ninguna instancia de coqueteo o insinuación amorosa para lograr la atención del objeto de su deseo. Rosina se vale de tretas, como quedarse con su mochila para revisar sus pertenencias, o espiarlo y seguirlo para conocer sus movimientos. En cuestiones de amor, como toda adolescente, es torpe, pero a diferencia del resto, no enamora, manipula, no urde encuentros amorosos, persigue y acosa, en última instancia, al igual que un predador, tramará un plan de ataque y captura…

La directora pareciera fascinada con la idea de transgredir y de no ser políticamente correcta. Pero la creación de Rosina, lejos está de la transgresión, y de la incorrección política. Es un personaje, más bien, desangelado, por la falta de experiencia actoral de la protagonista. Una especie de niña zombi que dista de ser un personaje heroico o feminista. Lo que siente la protagonista está lejos, muy lejos del amor o de la pasión, es más bien una obsesión enfermiza, que al no ser correspondida, hiere su narcisismo, llevándola por el camino del revanchismo brutalmente infantil. Un personaje, en definitiva, que se encuentra demasiado cerca de la maldad, y de la manipulación psicopática con la que resulta muy difícil sentir ningún tipo de empatía.

Por Gabriela Mársico
@GabrielaMarsico

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