Crítica: Los niños de Dios (2021), de Martín Farina

Los niños de Dios (Argentina – 2021)
Estreno a través de MUBI
22 BAFICI: Familias

Dirección, Guion, Fotografía, Montaje: Martín Farina / Producción: Mercedes Arias, Martín Farina / Sonido: Gabriel Santamaría / Música original: Juanito el Cantor, Jorge Barilari, La Nube Mágica / Intervienen: Francisco Cruzans, Sol Cruzans, Silvia Markus / Duración: 69 minutos.

La última película de Martín Farina es un objeto misterioso como fascinante. Pasarán unos cuantos minutos para que apenas sepamos dónde estamos, aunque es bueno perderse en el cine, de igual modo que nos extraviamos en una ciudad. Apenas comenzada la exploración, el tono queda impregnado con un relato en off mientras transcurren imágenes desenfocadas de un cuerpo que se arrastra. Son los primeros signos de una fragmentación que parece resistirse a dar vida a un relato uniforme. Una historia, la que funciona como marco, está vinculada con un caso famoso que repercutió en la opinión pública a fines de los años sesenta, la llamada “Famila Internacional” o la “secta de los niños de dios”, un grupo de prostitución religiosa que fue desarticulado judicialmente. No obstante, a Farina no le interesa cubrir el hecho mediáticamente sino a partir de retazos que van armando el referente. Lo importante es el impacto que tuvo en un núcleo familiar y sobre todo en Fran y Sol, quienes fueron criados a la luz de tales prácticas. Lejos del sensacionalismo, la película materializa las subjetividades de los protagonistas, y lo hace desde la propia subjetividad del director, esto es, ofreciendo un rompecabezas estético donde vuelve a confirmarse su pericia y su sensibilidad para crear atmósferas, del mismo modo que la capacidad fotográfica de un ojo/cámara dispuesto a penetrar la intimidad, a involucrarse, porque si hay un precepto documental en Farina es que nada se consigue sin el compromiso de la simbiosis con los objetos y las personas representadas.

A medida que vamos adivinando, juntando piezas, no podemos obviar ese pulso característico del cine del joven realizador ni el naturalismo de sus imágenes, generalmente dotadas de una apabullante claridad cuya sensación inmediata conduce a la ilusión de que toquemos esos cuerpos que filma. Es una cercanía por momentos extrema, como si se escrutara la realidad. Es una mirada con marca personal (si se me permite el término futbolero), pero que en ningún momento deja afuera al espectador, aunque sea desde un lugar de rechazo. No se puede ser indiferente porque la película misma es subyugante, lírica, extraña y con un halo que roza, incluso, lo sobrenatural. ¿Qué ha pasado? ¿De qué hablan? ¿Por qué pronuncian dos idiomas? Son algunos interrogantes cuyas respuestas están ocultas o dosificadas. ¿Qué papel cumplen los cantos religiosos en sus vidas? ¿Qué dolencias físicas y emocionales transitan? Las preguntas se van sumando y lo terrible permanece donde debe estar, fuera de campo. La película formaliza las consecuencias desde un asombro no exento de compasión o al menos de comprensión. Pero si bien uno esperaría encontrar en este tipo de propuestas una especie de cine terapéutico (una de las etiquetas del mercado actual), aquí siempre hay una sensación de extrañamiento provocada por un montaje que se niega a dar una idea de completud y que privilegia un viaje interior por las conciencias más allá de lo que vemos. De allí que el tema sonoro nunca es una materia para tomarla como accesorio, ya que es funcional a la intencionalidad estética de la película. Pese a que Los niños de Dios aborda cuestiones familiares, nunca el director se toca el ombligo. Parece cerrarse una trilogía, pero se abren continuamente puertas asombrosas.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

80%
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