Crítica: Los Inútiles (1953), de Federico Fellini

Los Inútiles / I vitelloni (Italia / Francia – 1953)
Restauración y remasterización 4K completada durante 2019.
Reestrenada en cines argentinos en junio de 2021

Dirección: Federico Fellini / Guion: Federico Fellini, Tulio Pineli y Ennio Flaiano / Fotografía: Otello Martelli, Luciano Trasatti y Carlo Carlini / Música: Nino Rota / Montaje: Rolando Benedetti / Intérpretes: Franco Interlenghi, Alberto Sordi, Franco Fabrizi, Leopoldo Trieste, Leonora Rufo, Riccardo Fellini, Claude Farell, Carlo Romao / Duración: 101 minutos.

En una zona provinciana de la costa adriática de Italia transcurre este filme –segunda película en la carrera del maestro del cine italiano Federico Fellini– una panorámica cinematográfica que funciona como el retrato social de una época. Al mismo tiempo el relato hace foco en la vida cotidiana de un grupo de amigos, personajes singulares, un grupo de jóvenes que están por alcanzar los 30 años de edad y se caracterizan por algo clave entre otras tantas peculiaridades que los une, no haber trabajado jamás.

Pensemos que la historia transcurre en un contexto de post guerra, allí donde la cultura al trabajo y el sacrificio para sobrevivir eran ante todo un valor social y específicamente del género masculino en particular, los hombres en su tradición deberían representar esos valores. Pero ninguno de este grupo de cinco amigos busca ser el adalid de estos cánones morales. Por el contrario, los motiva y los une habitar la abulia diaria, depender de sus madres y hermanas como mantenidos y atendidos por las figuras femeninas, el ocio los atrae como un imán al metal, la diversión los convoca a la juerga, y ante todo los une como un lazo inquebrantable la cultura del anti trabajo.

Hay una mirada crítica y a su vez tragicómica que se dirige hacia los lugares que representen un paradigma de poder, como una esposa, un jefe, la idea de una jerarquía que quiera determinarles su modo de vida.

El mismo Alberto Sordi, que retrata a su personaje Alberto, en la vida real vivió casi de la misma forma en su cotidianeidad, aferrado a la compañía de su madre hasta la muerte de ella.

Si usáramos un término porteño para definirlos serían los chantas, los vagos o los vivos del barrio. Esos seres que pululan en una esquina, en un bar, en una vereda y que son tan empáticos como díscolos a la vez.

El filme evita concluir en un desenlace que los haga ver como perdidos en un callejón sin salida, que evitan madurar y enfrentar las complejidades del mundo, como un puñado de cobardes. Por eso Moraldo y Fausto abren en cada caso una salida posible a ese universo de repetición y estaticidad.

Narrativamente se presenta ese sello de los significativos travellings de Fellini que rodean y recorren, describen y narran como la oración en la frase de una novela. Mucho menos ostentoso en su puesta que algunos de sus más megalómanos filmes posteriores, no deja de tener un gran poder visual en la construcción de algunas de las escenas de los amigos y sus rituales.

El filme de Fellini ha sido una clara influencia de muchos realizadores posteriores, desde un Scorsese que lo cita como influencia para algunas de sus películas como Calles salvajes (Mean Street, 1973) o Buenos muchachos (Goodfellas, 1990), hasta realizadores contemporáneos que trabajan también la temática del vacío existencial y la inercia del hombre que sobrevive sin poder construir en esa vida una propia existencia.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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