Crítica: Los hijos de Isadora (2019), de Damien Manivel

Los hijos de Isadora / Les enfants d’Isadora (Francia / Corea del Sur – 2019)
Estreno exclusivo de la plataforma Puentes de Cine perteneciente a la Asociación de Directores de Cine PCI.

Dirección y Guion: Damien Manivel / Producción: Martin Bertier, Damien Manivel / Montaje: Dounia Sichov / Fotografía: Noé Bach / Intérpretes: Agathe Bonitzer, Manon Carpentier, Julien Dieudonné, Marika Rizzi, Elsa Wolliaston / Duración: 84 minutos.

GESTOS VORACES

Inspirado en la idea de Isadora Duncan de que “cada uno debe encontrar sus propios gestos” y en la obra La madre creada tras la muerte de sus hijos, Damien Manivel propone una permanente coreografía audiovisual construida a través del desplazamiento de tres cuerpos atravesados por la danza; un encadenamiento de planos detalle de manos, pies, brazos y rostros conectados de alguna manera con la historia de la bailarina y con cierta fuerza visceral e interna adormecida durante la cotidianidad pero que estalla sin tapujos mediante el baile. Un encuentro de movimientos, sensaciones y experiencias que inicia el recorrido de forma individual en cada una de esas pieles hasta convertirse en una única que las contiene a todas –dentro y fuera de la pantalla–, como un velo traslúcido y etéreo que abraza al universo femenino desde la primigenia.

Esta división tripartita articula dos aspectos en constante cruce. El primero responde a las múltiples maneras de acercamiento con el lenguaje pero también al rol que ocupan. La película inicia con una bailarina o estudiante que lee y toma apuntes de la estructura de la pieza, que revela una suerte de tejido arquitectónico complejo de las posturas pero también la voz de Duncan mediante los fragmentos en off de la biografía o las imágenes. Ella descompone los elementos del germen creativo, el cimiento artístico sobre el cual nutrirse de esa esencia para confeccionar una mirada propia.

Continúa Manon junto a la profesora de danza. Ambas ensayan en la sala donde se realizará la función y, a la vez, trabajan el relato y los sentimientos intensos que la obra conlleva. En una charla, la alumna le confiesa que la audiencia y el escenario fortalecen su performance, que ese es el momento donde halla la plenitud. Resulta curioso que el director mantenga la ejecución fuera de campo para concentrarse en las reacciones del público y en los aplausos finales. Allí, la cámara sigue por la ciudad a una espectadora emocionada hasta la casa, donde a oscuras y con lágrimas representa una parte de la obra. Ella también posee una libreta con frases de la bailarina y termina por encender una vela a un pequeño santuario.

La otra cuestión tiene que ver con las diferentes etapas en la vida de la mujer y los nexos tanto con los cuerpos como con la maternidad. La joven pelirroja vive con la pareja en un pequeño departamento y se mueve como una sombra por los lugares. Posee marcas en las manos y pies debido a la danza y se acerca al dolor por la muerte de los hijos de Duncan mediante la observación en el espejo y el estudio cuidado de libros y anotaciones personales. La niña comprende el pesar de la pieza pero aún mantiene una mirada inocente y bondadosa. Los movimientos resultan un poco más rápidos, a veces, como un juego de reconocimiento consigo misma, con la docente y con los espacios. La toma plena de consciencia parece ocurrir cuando ensaya sola, mientras que sobrevuela el lazo maternal con la maestra, cuyos hijos residen en otros países. Por último, la señora se desplaza con lentitud y ayudada por un bastón. Todo el fragmento denota cansancio y pena tanto en el andar por las calles desiertas como la cena solitaria o cuando se queda dormida en un autobús vacío. La oscuridad dentro y fuera de la casa, el roce delicado con la cortina durante el baile, cierto ritual a la hora de quitarse y ponerse la ropa y el desconsuelo por la tragedia compartida lo potencian.

Una trilogía corpórea que se identifica en la diversidad hasta fundirse. Miradas que recuperan el espíritu libre de la coreógrafa para apropiarse de su esencia y reconocerse como linaje. Porque si hay algo que subraya Los hijos de Isadora es que en la variedad y en la búsqueda de los gestos, las sensaciones individuales dan lugar a lo colectivo para estallar en explosiones multisensoriales que no sólo le rinden homenaje a la considerada fundadora de la danza moderna, sino también a la libertad, a lo femenino, a lo originario y al impulso por la vida.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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