Crítica: Liberté (2019), de Albert Serra – Festival Frontera Sur

Liberté (España / Francia / Portugal / Alemania – 2019)
Festival Frontera SurDisponible gratuitamente en Chile

Dirección y Guion: Albert Serra / Producción: Pierre-Olivier Bardet, Joaquim Sapinho, Albert Serra, Montse Triola / Fotografía: Artur Tort / Montaje: Ariadna Ribas, Albert Serra, Artur Tort / Música: Marc Verdaguer, Ferran Font / Sonido: Jordi Ribas / Intérpretes: Helmut Berger, Ingrid Caven, Stefano Cassetti, Leonie Jenning, Catalin Jugravu, Anne Tismer / Duración: 120 minutos.

“Soy un libertino, pero no soy ni un delincuente, ni un asesino” (Marqués de Sade)

Me parece que hay dos modos (al menos) posibles de ver Liberte. Uno concierne a lo cinematográfico y a la representación del sexo, en este caso enmarcados en la Francia del siglo XVII. Para ello hay que aceptar internarse en la masa sensorial que nos ofrece el lento festival de fluidos y gemidos a media luz con libertinos jugando en el bosque. Durante una noche, hombres y mujeres prófugos de las buenas costumbres se juntan para experimentar sexualmente. Es graciosa la manera en que planifican sus juegos y de qué modo luego están o no a la altura de los deseos. En una competencia para ver quién llega más lejos, Serra es lo suficientemente provocativo e inteligente para mostrar/escamotear a fin de que sean los climas los que se impongan por sobre el porno. No hay sensualidad, más bien cinismo, y ese misterio que inevitablemente cobra protagonismo cuando el deseo busca los canales de satisfacción.

Otro modo se vincula al fantasma de la libertad propiamente dicha, un nexo filosófico que, si bien en la película no se manifiesta explícitamente, sobrevuela coreográficamente entre carrozas ocultas y árboles testigos. El problema de la libertad, que se constituía en el centro de interés de Kant, encuentra en la pantalla a su doble oscuro: el Marqués de Sade. Porque, en efecto, ¿qué encierran esos rituales donde los nobles se agrupan para dar rienda suelta a los placeres mezclados con el goce y el dolor? Una victoria contra las mentiras de la cultura, un atentado lúdico que ponga patas para arriba las normas morales de la sociedad. De este modo veremos deambular de un lado a otro a los personajes a través de la oscuridad del bosque obedeciendo a un único mandato, el del individuo que se aparta de la civilización alienada y reprimida. Cada noche, esa noche, abre la posibilidad de que el cuerpo se exprima hasta sacar el último jugo posible, aún con la amenaza de que la muerte venga a arruinar la partida. El placer es el refugio, un horizonte que se construye en la perversidad lúdica y en un conjunto de relaciones donde el eje rector es el utilitarismo, es decir, el otro es el instrumento para la descarga sexual. Frente a todas las especulaciones en torno a un más allá, los libertinos se ocupan de pasar el rato, de experimentar con el cuerpo en todas sus posibles combinaciones en esos instantes donde se olvidan las diatribas sobre la inmortalidad. De allí el carácter atemporal de la película una vez que nos metemos en el bosque.

Y como el placer es tirano, no vaya a ser cosa que uno se aburra mientras el otro (o los otros gozan), entonces, para no perturbar el disfrute propio, viene el dolor, otra fuente capaz de despertar una nueva dimensión del deseo. Como niños que juntan ramitas para hacer un fuego, los libertinos van de acá para allá en la película a ver donde pueden compartir sus juguetes. Y en esa fusión entre el placer sexual y los castigos infligidos se funda la base de estas orgías. Como decía Sade “Nada entretiene tanto, nada calienta tanto en la cabeza como una gran cantidad.” Y la experiencia colectiva hace posible que todas las aberturas del cuerpo sean compartidas y que todos los órganos sexuales sean declarados de propiedad compartida, en un estado único de ebriedad erógena. Y Liberté se apropia de manera inteligente de estas ideas, porque no las enuncia, las escenifica y las hace sentir sin cruzar límites innecesarios o acudir a estrategias tramposas.

Puede que la dilatación atente contra el resultado final (tampoco es cuestión de eyacular precozmente), sin embargo, la espera vale la pena, sobre todo hacia el final de la noche cuando una lluvia torrencial se desata y las primeras luces del día habilitan una pátina melancólica mientras los protagonistas se reencuentran después de haberse buscado/perdido durante horas, entrando y saliendo de cada escena de sexo y placer. El que toma en serio a Serra, pierde. Cada vez más cerca de la comedia. Al ver sus películas, imagino un rodaje plagado de risas. A fin de cuentas, es un loco diletante como pocos.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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