Crítica: Las facultades (2019), de Eloísa Solaas

Las facultades (Argentina – 2019)

Direccion y Producción: Eloísa Solaas / Fotografía: Esteban Clausse / Montaje: Pablo Mazzolo, Eloísa Solaas / Sonido: Nahuel Palenque / Música: Leandro Arrarás / Intérpretes: Jonathan Argüello, María Alché, Demián Velazco / Duración: 82 minutos.

Hoy puedo escribir sobre este singular documental Las Facultades sabiéndolo ganador del premio a la Mejor Dirección en la edición N° 21 del último BAFICI, pero puedo asegurar que sus hallazgos cinematográficos se disfrutan y persisten en la sala de un cine con o sin premios, una categoría de reconocimiento que en muchas obras puede ser discutible. Las facultades vale ser vista por su rigor narrativo y su clara perspectiva del lenguaje cinematográfico.

Un documental es una construcción arquitectónica, un edificio de planos organizados a partir de una idea, de un sentido, de una pregunta que levanta las vigas del relato. Hay arquitecturas austeras de pocas líneas en el espacio, hay construcciones nítidas o difusas. La arquitectura de este documental es de bloques grandes, de unidades claras conectadas entre si por un leit motiv que flota fuera de campo. Sus vigas están construidas con un simple y riguroso procedimiento narrativo cuidando la medida de sus tiempos y la estructura de sus formas. El diseño del relato es una arquitectura austera pero sólida, y a su vez, propone el registro de la arquitectura del mundo universitario, de los espacios que son su propia arquitectura, su categoría espacial, algo nada menor para reconocer sus ámbitos y el funcionamiento de esos mundos contenidos. A eso se suma también la arquitectura de la narrativa de la vida universitaria el diseño de ese mundo. El espacio, el alumno, el docente y el saber, esa fuerza que se mueve entre las paredes de la facultad y entre los habitantes de ese universo.

Los momentos que retrata este trabajo podrían resumirse en cuatro estadíos, los espacios, el alumno que se prepara para el evento llamado examen o sea el estudiante que estudia, el examen en si mismo o sea la observación directa de ese hecho, y, podríamos decir que el final lo que deviene después del examen para cada alumno, para cada caso. El ensamble de escenas nos hace partícipes de un alumno de sociología que estudia en la cárcel, de un alumno de medicina, de uno de abogacía, otra de filosofía, una alumna de la carrera de imagen y sonido y una última de agronomía. Cada uno en sus espacios se prepara, se enfrenta a la evaluación y a su resultante. Ese es el croquis simplificado de las viñetas que podemos observar discurren frente a los ojos del espectador.

El procedimiento de narración es puramente observacional, no hay ni un atisbo de intervención en la escena “que es mirada”, en aquel acontecimiento del que somos testigos omnipresentes. Ese rigor puramente observacional que se mantiene inclaudicable en todo el filme es claramente su mayor fuerza. Cierta cercanía a lo observado, pero a su vez, toda la distancia, ninguna opinión explícita. Encuadres prolijos, pensados, medidos y meticulosos, sin preciosismos, pero con perfeccionismo formal claro, marcado en su austeridad. La iluminación envolvente y cuidada moldea cada momento sin pretensiones pero con solvencia. El montaje organiza el sentido del discurso y enlaza a los personajes elegidos cada uno en su situación. No hay escenas rimbombantes, no hay acontecimientos exóticos, todo lo contrario, vemos lo que hemos visto y hecho más de una vez, aquel mundo del cual hemos sido parte no importa donde, ni cuanto tiempo haya transcurrido desde aquel momento. Observamos personas y cosas reconocibles, y también espiamos pequeños mundillos universitarios de carreras que tal vez nunca conocimos de cerca.

Si hay algo que es evidente es que la mirada amorosa está puesta sobre el estudiante, en ese joven que vive un proceso de búsqueda, que se pregunta en voz alta, que debate, que teme no saber, que cree alcanzar una idea, que vive en la arquitectura de los pasillos atestados de gente o que estudia en el aula de una prisión. Son ante todo aquellos quienes viven la narrativa de la universidad como parte de sus vidas. A fin de cuentas el protagonista es el estudiante en general, más allá de los particulares casos elegidos y es su mundo el objeto a observar para poder vernos en ellos. Descubrirnos en todos un poco, y de alguna forma, como en un espejo hecho fragmentos de otros otros, reflejarnos, ya que todos ellos juntos somos un poco nosotros.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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