Crítica: Lady Bird (2017), de Greta Gerwig

Lady Bird (Estados Unidos – 2017)

Dirección y Guion: Greta Gerwig / Producción: Eli Bush, Evelyn O’Neill, Scott Rudin / Música original: Jon Brion / Fotografía: Sam Levy / Montaje: Nick Houy / Diseño de producción: Chris Jones / Intérpretes: Saoirse Ronan, Laurie Metcalf, Tracy Letts, Lucas Hedges, Timothée Chalamet, Beanie Feldstein / Duración: 94 minutos.

¿IDENTIDAD SINGULAR?

_ Quiero que seas la mejor versión de vos misma.
_ ¿Qué pasa si ésta es mi mejor versión?

La madre le echa una mirada y ladea la cabeza, mientras que la joven entra al probador cabizbaja con el vestido “demasiado” rosado que tanto quiere comprar. La pelea acaba como todas las demás: un silencio que precede a la vorágine de recriminaciones y frases crudas entre ambas y algún gesto que demuestra que alguna de las dos consiguió, total o parcialmente, dañar a la otra.

Es que la ópera prima de Greta Gerwig está sostenida por la inclemencia de las palabras en el vínculo madre -hija adolescente, una aspereza acompañada por acciones drásticas y hasta extremas como la joven arrojándose del auto o el comportamiento de la madre al final de la película que fomentan nuevas actitudes para superar en la próxima discusión. La pelea de egos –o de personalidades fuertes como denomina el esposo y padre– que si bien favorece el mantenimiento de la tensión, también impide cualquier acercamiento natural entre ambas transformándolas en desconocidas y lejanas. Sumado a esto, el cliché del padre bonachón, recientemente desempleado, como confidente de la hija y mediador del equilibro familiar.

La seguridad de la protagonista se manifiesta no sólo en los deseos, gustos y diálogos sino en la forma de transitar sus últimos días en el colegio y el inicio de la universidad. Ella no vacila en incorporarse en una obra de teatro, tener las primeras experiencias con chicos –tanto amorosas como sexuales–, olvidarse de ellos, buscar nuevas amistades, robar alguna revista en la tienda donde trabaja el hermano, hacer bromas a las monjas de la escuela o aplicar en las instituciones donde quiere estudiar. Sin embargo, tanta certeza se torna extraña, esquemática y le resta la pasión que tanto se esfuerza en proclamar en su forma de ver la vida y de manejarse en el entorno.

Se puede pensar que la directora de Lady Bird busca contrarrestar este aspecto a través del apodo, de la importancia de otorgarse un nombre para confirmar una identidad propia y distinta. La adolescente lo expone como si se tratara de un manifiesto o una proclama de sus singularidades frente a la masividad de los compañeros, de la sociedad y de los padres que la bautizaron como Christine McPherson, nombre que ella se niega a usar. De hecho, la amiga Julianne intenta copiar el hábito pero sin intensidad anotándose como Julie o llamándose Jules como la designa el profesor del que está enamorada.

Incluso, se produce cierta analogía entre la idea de conferirse un sobrenombre y del bautismo religioso debido a la fuerte presencia de la iglesia en el filme no sólo como el espacio de estudio de los alumnos, sino como lugar de refugio, de liberación, de pertenencia y hasta de reconocimiento.

A final de cuentas, poco importa esa Lady Bird si es o no su mejor versión porque el problema central radica en delinear cuál es su singularidad: si la chica decidida pero con una pasión estructurada, la joven cuyas características diferenciales se basan en el nombre que se otorga como signo revolucionario o alguien que se permita experimentar sin avergonzarse de sí misma.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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