Crítica: La vida sin brillos (2017), de Guillermo Félix y Nicolás Teté

La vida sin brillos (Argentina – 2017)

Dirección y guion: Guillermo Félix y Nicolás Teté / Edición: Daniela Benedetti / Música: Esteban Ramos / Participan: Adriana Aguirre, Noemí Alan, Luisa Albinoni, Patricia Dal, Silvia Peyrou, Mimí Pons, Beatriz Salomón, Sandra Smith, Naanim Timoyko, Pata Villanueva / Duración: 85 minutos.

Hace tres años el dramaturgo y director teatral José María Muscari convocaba a la escena a una serie de ex vedettes, ex divas, ex bombas sexuales del escenario argentino de la década de los 80 para crear una de sus obras singulares, de corte confesional y autobiográfico: “Extinguidas”.

Las 10 mujeres que en aquella obra exponían en primera persona parte de sus historias de vida, desde sus ascensos al éxito en carreras vertiginosas sostenidas por la despampanante belleza y sensualidad que las definió como un fetiche del ratoneo masculino, una mágica fantasía sexual de cientos de hombres hace más de 30 años.

Divas de mil plumas y a la vez mujeres de la vida real, fueron muchas las que desfilaron en esas tablas y que hoy son protagonistas del documental en cuestión a las que recordamos luminosas en la escena de sus pasados de estrellas. Adriana Aguirre, Noemí Alan, Luisa Albinoni, Patricia Dal, Silvia Peyrou, Mimí Pons, Beatriz Salomón, Sandra Smith, Naanim Timoyko y Pata Villanueva arman la coreografía de este documental construido en la trastienda de la obra teatral, en el detrás de escena de la mirada de Muscari.

Detrás de “Extinguidas” habita este documental, que trabaja entre lo observacional y lo interactivo a través de una narración simple, cuidada y transparente como un retrato del retrato, una mirada más sobre estos rostros femeninos que antaño fueron lozanos y hoy ya han atravesado más de la mitad de una vida.

Así es que la cámara pasea en el detrás del telón, en los pasillos, dentro de los camarines y hasta nos empapa de algunos fragmentos de la vida cotidiana de la exdivas. Esas que cada día que van al teatro se entregan para hacer resurgir sus pasados y resignificar el sentido de sus vidas presentes.

La cámara es testigo y cómplice de cada una de ellas, no hay secretos ni espías impiadosos, hay una mirada amorosa sobre ellas, sobre los años que hacen marca en el cuerpo y en los rostros, las huellas de la vida vivida, los indicios de sus historias y sus bellezas aún vigentes, no solo en la idealización de cuerpos imposibles sino en la fuerza del deseo de verse aún reconocidas.

Los directores nóveles las rescatan todo el tiempo, nunca hay sarcasmo o ironías que descalifiquen a estas paradigmáticas féminas. A cada una de ellas, y de manera diferente, la cámara echa luz sobre sus cuerpos, sus rostros, sobre sus palabras más simples y hasta sobre sus más íntimas reflexiones personales.

La experiencia es un viaje de vuelta, un ir hacia lo pasado y lo vivido por ellas y por el espectador cómplice, construyendo una narración con un intenso color nostálgico. No solo en las diez mujeres que se narran a sí mismas en sus avatares, sus lujos, sus sueños y sus fracasos las que generan esta sensación de nostalgia, sino que los mismos realizadores construyen una evocación permanente y nosotros somos testigos permanentes de ello. Respetuoso y sin pretensiones formalistas que podrían empastar la percepción cristalina del retrato coral el documental nos convoca a seguir su recorrido sin trampas, ni trucos, ni efectos.

La vida sin brillos es una ventana a esas vidas que vibran antes de que la ficción las cubra de brillos y después de que el tiempo las llenara de historias. No importan las horas ni las hojas del calendario, ellas, aún no están extinguidas.

Por Victoria Leven
@victorialeven

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