Crítica: La vida después (2015), de Verdoia y Bardauil

La vida después (Argentina – 2015)

Dirección: Franco Verdoia y Pabo Bardauil / Guión: Pablo Bardauil / Fotografía: Jorge Dumitre / Dirección de arte: Cristina Nigro / Edición: Delfina Castagnino / Música: Federico Travi / Intérpretes: María Onetto, Carlos Belloso, Rafael Ferro, Esteban Meloni, Sandra Villani / Duración: 72 minutos.

ESE IMPERCEPTIBLE RESQUICIO ENTRE LA IMAGINACIÓN Y LO REAL

Una casa inmaculada, casi impoluta, que puede recorrerse, en cierta forma, por el breve detenimiento del lente en algunos de sus espacios como el living o el cuarto matrimonial. De lejos se escuchan las voces de sus habitantes quienes, a pesar de convivir en esos lugares, permanecen ajenos al trayecto. La cámara se detiene en el baño y espía ese instante de intimidad: ella desnuda dentro de la bañera y él vestido sentado sobre el borde. Entonces, la charla que bien podría ser un intercambio de votos sagrados se torna una herejía; en la ruptura de aquel cuadro perfecto: ella le dice que quiere separarse.

Él no lo entiende pero acepta, un tanto resignado, un poco indiferente. Pero afrontar la decisión se vuelve algo enfermizo, ya que la ve renovada, activa e, incluso, más hermosa que cuando estaban juntos. En la soledad de su casa y frente a la pantalla de la computadora, él, un reconocido escritor, se propone encontrar el instante donde comenzó el declive.

A partir de este detonante, La vida después se divide en dos grandes partes: por un lado, en el pensamiento de Juan (Carlos Belloso), sobre sus miedos, incertidumbres y el intento por superar esta fase para poder seguir, de alguna forma, con su vida. Por el otro y debido a un giro drástico, se encuentra la postura de ella, Juana (María Onetto), quien, a diferencia de su ex, retoma las clases de teatro y entabla un vínculo con Gonzalo (Rafael Ferro), un antiguo amigo de ambos.

Los directores Franco Verdoia y Pablo Bardauil se valen de la idea de espejo o duplicado, tanto en el sentido de las palabras como de las imágenes para contraponer esas miradas. Se pone en evidencia ya desde el nombre de los protagonistas: Juan y Juana. Pero también se exhibe, por ejemplo, en la semejanza entre ambos hogares que, incluso en ciertos momentos, dificulta la identificación de un espacio u otro.

El trabajo más interesante es el tratamiento del flashback puesto que, a diferencia de la mayoría de los filmes donde se busca mostrar el recurso ya sea por los personajes, una voz en off o la disposición del espacio, en La vida después interactúa en el mismo nivel de la narración. Por tal motivo, el límite entre la memoria y lo real a veces se vuelve difuso (aunque se pueda discernir por la vestimenta de los personajes o por la repetición de los recuerdos) pero, a su vez, habilita una serie de operaciones refrescantes entre el espectador y la película.

Si bien estos aspectos son llamativos y atrayentes terminan por opacarse debido a ciertas elecciones de composición del relato en la segunda mitad del film. El cambio ya se evidencia en el inicio, en ese giro drástico que, además, poco se profundiza puesto que la forma en la que se lo presenta parecería indicar que llevarlo al extremo implicaría ahondar en cuestiones que es mejor pasar por alto. Sin embargo, la construcción vuelve de manera reiterativa sobre ese punto que detona con el giro; sobre la duda que acarrea Juana sobre su ex esposo.

De esta forma, todos los elementos de este fragmento intentan ser exhaustivos sobre dicha incertidumbre pero sólo tantean la superficie. Su ejemplo más espectacular es la breve aparición de Federico (Esteban Meloni), un antiguo amigo de Juan y a quien le dedica uno de sus libros. La repentina presencia es más bien rebuscada ya que no se esclarece ni su función ni se desprende de la concisa charla con Juana ningún elemento substancial dentro del relato.

Ni siquiera el empleo de los flashbacks –que tan bien constituyen al personaje, el contexto y su relación con el pasado y el recuerdo en el primer recorte –consiguen restituirle el carácter eficaz de espejo. Ahora, el relato pierde verosimilitud y, en su lugar, se torna difuso, opaco y ambiguo.

Lo que, en un primer momento, parecía ser un yin y yang se resquebraja y ese principio de dualidad del espejo se hace añicos. Si al comienzo los juegos con el tiempo y el recuerdo producían un encantamiento, en la segunda mitad el hechizo se rompe pero no para dar lugar al artilugio propiamente dicho, sino para corromper el tratamiento que tanto había hipnotizado. Como el decaimiento de Juan cuando su esposa le pide separase y se limita a abrazarla en el baño; ese mismo abatimiento se produce al descubrir que aquello que procura ser extraordinario no es más que la distorsión entre la imaginación y lo real.

Por Brenda Caletti
redaccion@cineramaplus.com.ar

 

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