Crítica: La teoría del todo (2014)

La teoría del todo / The Theory of Everything (Reino Unido – 2014)

Dirección: James Marsh / Guión: Anthony McCarten, basado en el libro de Jane Hawking / Fotografía: Benoît Delhomme / Música: Jóhann Jóhannsson / Edición: Jinx Godfrey / Diseño de producción: John Paul Kelly / Intérpretes: Eddie Redmayne, Felicity Jones, David Thewlis y Emily Watson / Duración: 123 minutos.

LA IMPORTANCIA DEL TIEMPO

“Mientras haya vida, hay esperanza” es, tal vez, uno de los lemas más recordados de la historia contemporánea. Y no es casual, porque lo que estas palabras comunican es la representación de una vida de lucha y optimismo. Fue el célebre físico Stephen Hawking quien la pronunció por primera vez, quedando aquel evento como la representación más concreta, no sólo de su existencia como ser humano, sino también de su preocupación profesional: el tiempo.

La teoría del todo es la sexta película del realizador inglés James Marsh, quien en esta oportunidad presenta un biopic cargado de altas dosis de comedia romántica. La vida del teórico hace carne en la piel del joven actor Eddie Redmayne, el cual logra transmitir la complejidad que reviste la enfermedad de “la neurona motora”, aspecto que le da al filme el aire de solemnidad que merece. De todos modos, es oportuno también citar que en su conjunto, la película que narra la historia de Hawking, por momentos alcanza el tedio, sentimiento que parece reducirse gracias a una bella fotografía y un adecuado montaje.

Cronológica e intercalada con el relato de la historia amorosa de cómo conoció a su esposa, Le teoría del todo, peca de empalagosa, y es ahí donde decae su ritmo narrativo. Sin embargo, la empatía con ambos personajes (el propio Hawkings y su esposa) hace de la totalidad del texto una obra armoniosa y estética, que privilegia las focales angulares y los juegos fotográficos que surgen de las variaciones luminosas de distintas fuentes como el sol o la luz negra (impecable es la escena donde brillan los guantes que simulan estrellas).

Con una combinación casi perfecta entre realidad y realismo, la película de Marsch ilustra los aspectos cotidianos de una enfermedad que atemoriza por la involuntaria y progresiva decadencia física. Lo único que puede responder el joven Hawking luego de escuchar el relato médico de cómo su vida se iría evaporando, es “¿y mi mente?, qué pasará con mis pensamientos?” Las que valen, en todos los casos, son las ideas, porque la fama de este genio no proviene de su aspecto físico sino de su desarrollado intelecto.

Por Paula Caffaro
@paula_caffaro

 

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