Crítica: La restauración (2020), de Alonso Llosa – Festival de Lima

La restauración (Perú – 2020)
Festival de Cine de Lima: Competencia Ficción

Dirección y Guion: Alonso Llosa / Producción: Gustavo Rosa, Carolina Denegri / Fotografía: Sean Webley / Edición: Pamela Good / Sonido: Willy Ilizarbe, Tomás Franco / Música original: Katya Mihailova / Dirección artística: Renzo Bazán Marroquín / Intérpretes: Paul Vega, Delfina Paredes, Attilia Boschetti, Pietro Sibille, Fernando Añanos, Muki Sabogal, Malili Dib / Duración: 93 minutos.

La carta de presentación de La restauración de Alonso Llosa es la sorna. Una voz en off nos habla de las supuestas bondades económicas de Perú en un momento cuando se desató el furor de la construcción y de las inversiones. Había dinero dulce y aparecieron los “nuevos ricos”, habitantes de esos edificios levantados en Lima en lugar de los viejos caserones coloniales. Quien nos habla es Tato Basile, “un nuevo pobre”, una especie de mamone que pasa su tiempo consumiendo cocaína en su cuarto, arquitecto no recibido, que vive de la herencia de la familia. Con él habitan su madre, postrada en la cama y reviviendo una época que ya no es tal, en un cuarto que recrea el paraíso perdido, Eladio y Gloria, dos seres entrañables que se encargan de las labores domésticas.

El tono sarcástico de su discurso es acompañado con toques de una música ligada a la telenovela, pero no entendida desde un lugar popular, sino a partir de la mirada elitista de este cuarentón, divorciado, incorregible y perdedor. Son formas de introducir un terreno, el de la comedia, con toda la legitimidad necesaria para que viajemos en una historia contada con perfecto timing, con una paleta de colores saturados, adecuada a los excesos y a la velocidad de un relato consagrado a la voracidad predominante en una nueva geografía donde el dinero reemplaza a aquellos lugares desde los cuales se podía ver el mar.

Entonces aparecerá Raymond, un viejo conocido de Tato y un nuevo rico, quien le inyectará la idea de demoler la vieja casa para construir un complejo. La propuesta vampírica alimenta el deseo de Tato por hacer guita fácil y a partir de allí asistimos a una comedia negra en la que la simpática larva protagonista armará una puesta en escena para llevar a cabo el plan.

Es interesante el modo en que el director conjuga el humor con una lectura que evidencia dos momentos históricos en conflicto, una era republicana prácticamente extinta y otra que asoma en su ferocidad neoliberal. Lo curioso es que en ambas los intereses son dudosos porque las opciones son la tradición de un cierto conservadurismo o un capitalismo feroz. Por supuesto, el gran ausente en la película es el pueblo, a menos que exista para servir. Y si hay algún atisbo de discurso progresista solo se escucha dentro de un marco irónico, como por ejemplo cuando Tato abraza a su dealer (otro personaje entrañable) en el auto.

La restauración es una película sobre engaños y actuaciones. La mejor ficción que propone es la del dormitorio improvisado en medio del desierto cuando Tato debe vender la casa sí o sí sin que su madre se dé cuenta, con el cinismo llevado al paroxismo. Porque de eso se trata, de un personaje que nos habla sin ser políticamente correcto. Es acertada la apuesta al registro de la comedia para defenderla en su propio campo de acción (con gags muy efectivos y diálogos imperdibles) y también la apuesta a una modalidad menospreciada en términos generales en las consideraciones de las competencias oficiales de los festivales de cine. Más allá del humor, se habilitan otras miradas sin que ello se centre solo en el patetismo de clase o la explotación de la miseria con fines estéticos. También se puede leer políticamente y hasta arquitectónicamente si prescindimos de algunos subrayados.

Los personajes secundarios están maravillosos y parecen sacados del Quijote, sobre todo porque parecen subyugados por la locura narcisista de Tato, un tipo despreciable pero que atrae como un imán. Y hay espacio para todo en la película, hasta para recrear La última cena en clave falopa, u homenajear al western, otro género que tanto nos ha dado. Y cuando las circunstancias parecen conducir a una moralina inaceptable, la voz en off recupera el cinismo. Los colores ahora son más bien fríos. Tato es como el gángster Henry Hill de Buenos Muchachos (Goodfellas, 1990) de Martin Scorsese, está condenado al ostracismo de la normalidad. No obstante, queda un acto redimible, una carrera que ya no es contra el apremio de lo material, sino contra la muerte. Y en esa última puesta en escena aparece la restauración más importante y dos o tres ideas geniales. Una conviene no revelarla; la otra se suma como una ironía más: los directores de cine son un desastre en sus vidas, pero verdaderos artistas.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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